A las once de la mañana, el sonido de los pututus (instrumentos musicales de caracola) quebró el silencio del valle de Supe. Fue el primer anuncio de que Peñico, ciudadela de más de tres mil años, abría sus caminos a los visitantes. Con ese estruendo ritual, una comunidad entera celebró la culminación de un proceso largo y complejo: la puesta en valor de un centro urbano que se mantuvo oculto bajo capas de polvo y olvido, pero que hoy se presenta como testimonio vivo de la continuidad cultural después del colapso de la civilización Caral.
Los visitantes llegaron en buses desde distintos puntos de Barranca y también desde Lima. Algunos portaban sombreros de ala ancha para protegerse del sol; otros llevaban cámaras. Pero todos se detenían un momento frente al mismo punto: la plaza circular central, elevada sobre una terraza, rodeada por muros de piedra y adobe. En ese espacio se celebró la ofrenda a la Pachamama, con coca, chicha de jora, semillas y frutas. Un chamán que llegó desde la capital, acompañado por artistas locales, lideró el ritual ancestral. No era un espectáculo. Era un reencuentro.
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Quienes participaron de la inauguración sintieron que, más allá del acto turístico, se trataba de entrar en contacto con una historia más profunda. Una que no solo habla de monumentos, sino también de decisiones colectivas, planificación urbana, crisis climáticas y saberes transmitidos entre generaciones. Ruth Shady Solís, directora del Proyecto Especial Arqueológico Caral, estuvo presente. Fue su equipo quien, tras ocho años de trabajo con recursos limitados, logró abrir al público un complejo que representa una continuidad arquitectónica, social y ritual con Caral, la civilización más antigua de América.

Desde esa plaza, se puede recorrer templos, residencias y salones ceremoniales, entre ellos uno dedicado a los pututus. Allí, en las paredes, están representados los instrumentos musicales usados en las ceremonias, tallados en bajo relieve. Todo sugiere que este centro no fue solo un punto administrativo o agrícola. Fue también un espacio de reunión, de integración, de diálogo entre las culturas de la costa, la sierra y la selva.
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Una ciudad surgida tras el colapso

Peñico se ubica a 200 kilómetros al norte de Lima, en la provincia de Barranca, sobre una ladera a 600 metros sobre el nivel del mar. Según los estudios realizados por el equipo de Shady, el sitio fue ocupado entre los años 1800 y 1500 antes de nuestra era. Nació tras la crisis que afectó a Caral por efectos del cambio climático, cuando la escasez de agua provocó una crisis alimentaria, pérdida de vidas, declive de las instituciones y abandono de los antiguos centros urbanos.
“La sequía fue el impacto más devastador”, explicó Shady en diálogo con Infobae Perú. “No había agua en los ríos, ni en los nevados de los Andes. Al no haber agricultura, tampoco había productos para intercambiar con los pescadores. Y además, el mar se calentó. Eso también afectó la pesca”.
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A diferencia de Caral, que decayó gradualmente, Peñico aparece como una respuesta. Una generación nueva decidió continuar con ciertos elementos de la tradición, pero también implementar cambios, ajustarse a un paisaje distinto y nuevas condiciones ecológicas. La planificación de la ciudad da cuenta de eso: terrazas elevadas para evitar inundaciones, rutas de acceso conectadas con los corredores andinos, zonas ceremoniales bien delimitadas.
Desde sus inicios, Peñico se pensó como un punto de encuentro. Su ubicación la conectaba con las rutas comerciales que unían el Pacífico con la sierra y la selva. Así lo revelan los objetos recuperados: collares de hueso y conchas, pigmento de hematita para rituales, esculturas de barro con formas humanas y animales, cuentas de rodocrosita. Todo indica un intercambio de bienes y saberes, en paz, entre pueblos diversos.
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“Desde la civilización Caral hubo una visión de compartir y de desarrollo colectivo”, señaló Shady. “Nuestros antepasados aprendieron que más se ganaba intercambiando en condiciones de paz con otras poblaciones. Esa fue una forma de convivencia que permitió sostener redes sociales amplias en un territorio con muchas diferencias ecológicas”.
La plaza circular y los edificios que la rodean confirman esa intención integradora. No solo se trata de un diseño estético, sino funcional: permitía reunir a grupos diversos, recibir a visitantes, organizar ceremonias, distribuir productos. Según los investigadores, esta arquitectura revela una visión del mundo basada en el equilibrio, la organización colectiva y la capacidad de adaptación ante las adversidades del entorno.
Escenas de la ceremonia de apertura

El 12 de julio, la visita al público se abrió con un recorrido por los principales espacios del complejo. Después de la ofrenda inicial, turistas de todas las edades caminaron entre las estructuras bajo un sol intenso. Muchos se detenían frente al llamado Salón de los Pututos. Otros preferían observar los restos recuperados por el equipo liderado por el arqueólogo Mauro Ordoñez, director del proyecto, y el arqueólogo Marco Machacuay. Las piezas representan personajes con los ojos cerrados: algunos en posición fetal, otros como si estuvieran danzando. Shady explicó que estas escenas podrían estar vinculadas con rituales de supervivencia realizados tras la crisis climática.
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“En Vichama, por ejemplo, se han encontrado escenas similares”, comentó. “Allí se ve a seres humanos ya mayores, con los estómagos vacíos, representando la hambruna. Encima de ellos, jóvenes que realizan una danza ritual para poder sobrevivir. Eso mismo estamos comenzando a reconocer en Peñico”.
Durante la jornada también se organizaron concursos de pintura y presentaciones de danzas tradicionales. En camino al sitio arqueológicos puedes ver productos nativos del valle: maíz, sandía, ají, etc. Este lugar es un contraste entre lo árido del paisaje y lo lleno de vida que es el entorno agrícola.

Los trabajos de recuperación comenzaron en 2017. Desde entonces, solo dos arqueólogos se mantienen trabajando activamente en Peñico: Mauro y otro especialista más, apoyados por algunos pobladores que reciben una paga para ayudar en las excavaciones. El presupuesto total hasta la fecha solo es de 15 millones de soles, financiado a través de proyectos de inversión pública, lo cual no es suficiente.
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“Nos hemos quedado casi sin personal”, advirtió Shady. “Antes teníamos seis arqueólogos y treinta personas del entorno. Ahora, apenas dos arqueólogos. Y para el próximo año no tenemos presupuesto asignado”. Esta limitación afecta no solo las labores de investigación, sino también la seguridad. El sitio no cuenta con resguardo policial permanente. En Caral ocurre lo mismo. “Antes teníamos cinco policías y un vehículo. Ahora, nada. Solo una empresa privada con tres personas”.
Peñico forma parte de un sistema mayor: 25 asentamientos monumentales en el valle de Supe, de los cuales solo once están en estudio. “Nos falta saber cómo se organizaron las viviendas, cómo vivían esas comunidades después del colapso de Caral”, señaló Shady para Infobae Perú. “La arqueología no solo debe presentar objetos o monumentos, sino también brindar información histórica que genere reflexión en la población actual”.
Una advertencia desde el pasado

La investigadora señala que los efectos del cambio climático que acabaron con Caral no fueron un fenómeno aislado. “Lo mismo ocurrió en los centros urbanos de Mesopotamia del Norte”, dijo. “También allí la sequía fue muy intensa. Y en el mar, las aguas se calentaron. Es lo que pasó aquí. Por eso es necesario conocer esta historia, porque ayuda a prepararnos para los desafíos del presente”.
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El relato que ofrecen los muros de Peñico no es solo una crónica de construcción, comercio o rituales. También es una advertencia. Una memoria transmitida por generaciones que comprendieron que el entorno natural puede cambiar, y que la supervivencia depende del conocimiento, de la organización social, de la memoria compartida.
“Ellos no olvidaron lo que significaban los fenómenos naturales que se presentan periódicamente”, aseguró Shady. “Y eso es lo que tenemos que recuperar como sociedad”.
El camino por recorrer

A pesar de la inauguración, el trabajo no ha concluido. Quedan estructuras por descubrir, viviendas por analizar, información por decodificar. También queda una tarea pendiente en cuanto a apoyo estatal. La directora del proyecto alertó sobre la falta de inversión continua y la ausencia de una política integral que asegure la preservación del patrimonio arqueológico.
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“Hemos invitado a todos ustedes porque tenemos esa preocupación”, comentó. “Presentamos un proyecto de inversión pública para implementar el circuito turístico, pero necesitamos más atención para continuar la investigación. Hay mucho por descubrir sobre lo que pasó después del cambio climático y cómo los pueblos sobrevivieron”.
Peñico no solo es un sitio antiguo. Es un testimonio de cómo una sociedad enfrentó crisis profundas y logró sostener su legado. Por ahora, quienes lo visitan pueden recorrer sus plazas, sus caminos, sus muros, y escuchar en el eco de los pututus una historia que todavía se escribe.
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