
Las paredes de muchas casas en Eten, un pequeño distrito costero de Chiclayo, al norte del Perú, guardan más que retratos de familiares. Son altares donde conviven imágenes del Divino Niño Jesús, velas encendidas, rosarios y cruces de madera. En esas estancias silenciosas, los pobladores continúan venerando un hecho ocurrido hace más de tres siglos, cuando se dice que el Niño Jesús apareció en una hostia consagrada durante la festividad del Corpus Christi. El suceso, transmitido por generaciones, mantiene su fuerza entre los fieles, aunque todavía no ha recibido reconocimiento formal por parte del Vaticano.
Con la reciente elección del Papa León XIV, nacido en Estados Unidos, pero nacionalizado peruano, las expectativas en Eten se han vuelto más concretas. No se trata solo de una figura distante en Roma. Robert Prevost, antes de asumir el liderazgo de la Iglesia católica, fue obispo de la diócesis de Chiclayo durante años, caminó por los templos de la región y se acercó a la devoción popular con respeto. Para los creyentes de Eten, no es un Papa ajeno: es el obispo que los conoció, que celebró con ellos, que habló públicamente del milagro.
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“Con este Papa que vivió aquí en Chiclayo, y que conoce bien el tema, pronto nos reconocerán como ciudad eucarística”, expresó Catalino Puican, uno de los pobladores que ha impulsado la causa desde su comunidad. La posibilidad de un santuario oficial, una validación desde el Vaticano y el fortalecimiento del turismo religioso han motivado a los etenos a renovar su pedido.
La historia de un milagro

El 2 de junio de 1649, en una ceremonia de vísperas durante la festividad del Corpus Christi, el fraile franciscano Jèrome de Silva Manrique interrumpió la reserva de la Custodia en el tabernáculo. Lo que describió después, según documentos históricos y la tradición oral, fue una visión del rostro de un Niño en la hostia consagrada, con cabellos rizados cayendo sobre los hombros. Los fieles presentes también aseguraron haber visto la misma imagen.
Una segunda aparición fue reportada semanas después, el 22 de julio, durante los festejos de Santa María Magdalena, patrona de la ciudad. Fray Marco López, superior del convento de Chiclayo, afirmó que el Niño Jesús volvió a aparecer, esta vez vestido con una túnica morada y una camisa que recordaba la vestimenta tradicional mochica. Además, tres pequeños corazones blancos, unidos entre sí, se mostraron en la hostia, evocando la Santísima Trinidad.
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Desde entonces, el llamado “Milagro Eucarístico de Eten” forma parte del imaginario espiritual del lugar. Cada año, la comunidad organiza una celebración que inicia el 12 de julio con el traslado de la imagen del Divino Niño desde su santuario hasta el templo principal del pueblo. La festividad concluye el 24 de julio y reúne a miles de peregrinos de diversas regiones.
Un Papa con memoria local

Robert Prevost, antes de convertirse en León XIV, recorrió durante años las calles de Chiclayo y los caminos que conducen a Eten. Conoció la tradición directamente y expresó su respaldo cuando aún era obispo. “El milagro eucarístico es un regalo para todo el Perú”, declaró en 2022. “Construir este nuevo santuario es una tarea de todos. Es un sueño que queremos hacer realidad”.
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En 2019, durante su liderazgo en la diócesis, Prevost impulsó el inicio de un proceso para lograr el reconocimiento oficial del milagro. La iniciativa, aunque todavía no ha concluido, representó un primer paso formal dentro de los procedimientos eclesiásticos. Sin embargo, la aprobación vaticana implica una investigación exhaustiva que incluye testimonios, análisis teológicos y revisión histórica.
“El proceso es largo”, explicó Veronique Lecaros, jefa del Departamento de Teología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. “Involucra una investigación sobre cómo ocurrió el milagro”. Afirmó también que el reconocimiento no solo validaría la fe de los pobladores, sino que tendría consecuencias concretas. “Sería un gran orgullo para el pueblo y un reconocimiento de su fe, además de turismo y dinero”, dijo a la AFP.
Un altar en cada hogar

La devoción al Divino Niño se extiende más allá del templo. Blanca Chancafé, maestra jubilada de 72 años, suele acudir a la iglesia de Santa María Magdalena para orar ante la estatua del Niño, representado en medio de rayos que evocan el Sol, símbolo sagrado para la antigua civilización Mochica. Para ella, la figura del nuevo Papa tiene un peso distinto. “León XIV contribuirá significativamente al reconocimiento oficial del milagro”, aseguró.
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En la sala de su vivienda, como ocurre en muchas casas de Eten, una pared entera funciona como altar. Allí conviven objetos religiosos con retratos de familiares. La fe se expresa en lo cotidiano, en las velas encendidas durante las tardes, en los rezos familiares que siguen evocando la imagen que un día apareció en la hostia, según narran los documentos religiosos.
Eduardo Zarpan, guía local de 26 años, comenta que el flujo de devotos no cesa. “Cada semana llega gente con testimonios de milagros que han recibido, ya sea sanación de enfermedades o cura de la infertilidad”, dice. Para él, el lugar ya tiene un valor espiritual. Pero también reconoce que un respaldo institucional cambiaría la situación. “Sería importante para que más personas conozcan lo que aquí ocurrió”.
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