
Entre las calles de una Lima colonial, una figura femenina se movía en silencio entre la devoción y el sacrificio. Era Isabel Flores de Oliva, una joven que apenas había vivido tres décadas, pero cuyo nombre resonaría por siglos en los altares de todo el continente. Hoy conocida como Santa Rosa de Lima, su vida y muerte siguen envueltas en un velo de misterio y asombro. ¿Qué llevó a esta mujer a desafiar los límites del cuerpo y la mente en su búsqueda por la santidad? ¿Fue su profunda fe lo que la consumió, o acaso su salud quebrantada, la que definió sus últimos días?
Esta es la historia de una muerte anunciada, no por revelaciones divinas, sino por las señales que su propio cuerpo daba. Desde muy joven, Isabel mostraba un comportamiento que desconcertaba a su entorno: ayunos extremos y penitencias que algunos considerarían insoportables.
El final llegó como ella lo había predicho. No en un altar, ni rodeada de la gloria celestial que muchos imaginarían para una futura santa, sino en una pequeña habitación, debilitada y agonizante. En aquellos últimos momentos, mientras el aire denso de Lima cargaba con la humedad del invierno, Santa Rosa, la Patrona de América, se enfrentaba a su batalla final.
La salud mental y física de Isabel Flores de Oliva

Isabel Flores de Oliva nació en Lima en 1586, dentro de una sociedad profundamente católica y jerarquizada. Desde joven, comenzó a mostrar signos de una intensa religiosidad, dedicando largas horas al rezo y al ayuno. Sin embargo, su fervor no era bien comprendido por todos. El psiquiatra Guillermo Ladd, en el programa “Sucedió en el Perú”, presentó un análisis contemporáneo sobre su comportamiento, desestimando las teorías de que Isabel padeciera esquizofrenia. En su lugar, sugirió que probablemente experimentaba psicosis, alucinaciones y un trastorno de personalidad limítrofe.
Según el experto, los trastornos psicológicos que padecía pudieron haberse originado en experiencias traumáticas previas, incluyendo posibles abusos psicológicos, físicos o sexuales. Estos traumas, sumados a la rigidez religiosa de la época, probablemente influyeron en su decisión de someterse a severas penitencias y ayunos extremos, como una forma de purgarse y alcanzar la santidad.

Un elemento central en la vida de Santa Rosa fue su relación con la comida, o más bien, su rechazo a ella. Durante años, la joven adoptó una dieta estrictamente limitada. Se dice que en sus comidas diarias solo consumía una hostia, símbolo del cuerpo de Cristo, mientras que en los días de ayuno llegaba a ingerir únicamente pepitas de limón. Este régimen alimentario, más cercano a la autoinmolación que a la supervivencia, fue interpretado como un posible trastorno alimentario severo.
El psiquiatra señaló que la desnutrición crónica y el agotamiento físico que sufría probablemente contribuyeron al deterioro de su salud. Estos problemas alimentarios, combinados con el estrés psicológico, generaron una serie de síntomas que en última instancia fueron la causa de su debilitamiento. A pesar de ello, la intensidad de su fe la llevó a seguir con estas prácticas hasta el final de sus días.
Predicciones y promesas

La figura de Santa Rosa está rodeada de relatos que parecen anticipar su propia muerte. Uno de los más conocidos es el diálogo que mantuvo con María de Uzátegui. En una conversación, Isabel le reveló que en cuatro meses moriría y que su enfermedad sería extremadamente dolorosa, acompañada de una sed insaciable. Solicitó a la mujer que le prometiera asistirla en esos momentos de sufrimiento, dándole agua cuando lo pidiera.
Tres días antes de quedar completamente postrada en cama, Santa Rosa utilizó sus últimas fuerzas para visitar por última vez la casa de sus padres. Entró en la pequeña ermita que había construido con su hermano durante su juventud y oró fervientemente. Se dice que en sus oraciones encomendó a Santo Domingo el cuidado de su madre, un acto que reflejaba tanto su fe como su humanidad, consciente del dolor que dejaría tras su partida.
El 1 de agosto de 1616, el cuerpo de Santa Rosa cedió ante el peso de su enfermedad. Fue encontrada en el suelo de su habitación, sufriendo un dolor extremo. Quienes la asistían notaron su palidez, sus sudores fríos y una opresión en el pecho que indicaba que algo grave sucedía. A pesar de los intentos por entender la naturaleza de su mal, no lograron encontrar una explicación precisa. Isabel expresó en esos momentos que estaba experimentando los mismos dolores que Cristo en la crucifixión.
El 6 de agosto, sufrió un severo ataque de hemiplejia, seguido de una parálisis progresiva. A esta condición se sumó una pulmonía y fiebre alta, lo que empeoró aún más su ya precaria situación. Su cuerpo, sometido durante años a una estricta disciplina ascética, comenzó a desmoronarse sin que nadie pudiera detener el proceso.

Consciente de su deterioro, Rosa pidió recibir el sacramento de la unción de los enfermos. También aprovechó esos momentos para disculparse con la familia De la Maza por las molestias que su estado de salud estaba causando.
Poco después de la medianoche del 23 de agosto de 1617, Rosa pidió a su hermano Hernando que la ayudara a acomodarse. “Hermano, ponme bien que quiero descansar”, fueron sus palabras. Hernando la acomodó en la cama, colocando su cabeza sobre la almohada. Ella, con una calma que solo su fe parecía proporcionarle, añadió: “Puedes marcharte, hermano, esto ya acabó”.
Los días siguientes fueron de sufrimiento silencioso. Rosa soportaba los dolores con una paciencia que los presentes atribuían a su devoción. Finalmente, el 24 de agosto de 1617, sufrió un paro cardíaco, dejando este mundo a los 31 años. Sus últimas palabras fueron: “Jesús sea conmigo”. La tuberculosis, una enfermedad devastadora en la Lima del siglo XVII, había cumplido su curso.
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