
Hablar de Santa Rosa de Lima no solo es hablar de la mujer que es catalogada como la primera santa de América, sino también de un personaje que vivió en una época bastante especial para nuestro país: el virreinato. Por aquellos días la capital que la vio nacer se encontraba en un momento en que consolidaba su poder, teniendo a la Ciudad de los Reyes como el principal bastión.
Por supuesto, la religión también emergía como un tópico de importancia y era parte de la vida de la ciudadanía, tan variada como era posible imaginarse, lo que dotaba a esa Lima de antaño de todo tipo de costumbres, tradiciones y un imaginario colectivo que ha traído hasta nuestros días pintorescas historias y uno que otro mito y leyenda que muchos conocemos.
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Lima también era objeto de la constante ambición de los piratas, quienes no dudaban en tratar de robar los tesoros que salían del primer puerto rumbo a España y saquear todo lo que fuese posible. Lo cierto es que Rosa vivió en este contexto y aunque todavía no era reconocida, actuó con valentía cuando la amenaza que llegó hasta el puerto del Callao.
Un inminente ataque

Narra la historia que el afamado corsario holandés Joris Spilbergen, quien ya había causado estragos en otros lugares de América del Sur, venía camino a la capital del virreinato para saquearla e incluso profanar la Eucaristía.
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La joven Isabel Flores de Oliva al ver esto no se quedó de brazos cruzados, ya que se cuenta fue rápidamente hasta la iglesia de Nuestra Señora del Rosario y con gran fervor alentó a las mujeres a rezar en favor de la ciudad.
Una vez llegada la noche el miedo era lo que reinaba en los alrededores, pero Rosa jamás tuvo la intención de abandonar su lugar, por el contrario, rosario en mano, tenía la determinación de luchar hasta la muerte por defender el divino sacramento, conforme narra Fray Leonardo Hansen, biógrafo de la santa.
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Rosa salva Lima

Las acciones militares desplegadas por la ciudad, el pánico y la espera angustiante de un ataque pronto se desvanecieron, ya que, de forma inexplicable, los piratas dieron marcha atrás y se perdieron en el océano.
Nadie podía dar fe de qué había ocurrido realmente, se dice que posiblemente uno de los capitanes falleció o enfermó antes de iniciar la ofensiva, pero el paso del tiempo y el gran fervor religioso de la ciudad encontró una explicación para ello.
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Lo cierto es que esta historia ha trascendido y en representaciones antiguas de la santa, se le puede ver con un ancla en la mano donde sostiene una maqueta de la ciudad de Lima, lo que recuerda su histórico y milagroso actuar como salvadora y protectora de la capital.
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