
La carpa de las reinas
por QUENA STRAUSS, periodista
La movida viene de afuera para variar y propone algo que parecía una quimera: combinar naturaleza con glamour, hippismo con hotelería y carpas con casi todas las prestaciones de un hotel de varias estrellas. La práctica se llama "glamping" (contracción de glamour y camping) y cada vez son más las que se internan en el bosque a jugar a acampar, pero en condiciones cuasi principescas: cama cómoda, buena luz, conexión Wi-Fi, deco súper canchera y la seguridad de que si sopla un pampero o un zonda podés huir a toda carrera y buscar refugio en el coqueto hotel en cuyo solar se había instalado tu carpa de princesa campestre.
Parece, suena y es muy divertido, pero la verdad es que mi costado catástrofe no me deja en paz y cuando evalúo si sumarme o no a esta tendencia siempre me detengo en las imágenes más espantosas, a saber: un arácnido tamaño luminaria de Versalles caminando por el techo de la carpa, un tormentón de aquellos volándome con todo mi glamour al diablo, una vaca saludándome en medio de la noche, un cururú (esos sapos gigantes que andan sembrando un terror verde y croante por nuestras provincias) pasando a tirarse un paso en mi bolsa de dormir, una invasión de hormigas, moscas tsé tsé o bien abejas africanas en mi palacio flexible… En fin, mis glamping-pesadillas son una maravilla. Es entonces cuando el impulso aventurero cede paso a mi vieja vaga interior y recuerdo que lo más lindo de algunos viajes es, justamente, volver al hotel, pedir servicio al cuarto y dormir como un lirón hasta las seis de la tarde del otro día. Glamping…
¡a otra perra con ese hueso!
Glamping barato
por LUIS BUERO, periodista
El glamping es como un campamento de lujo que puede realizarse incluso en cabañas o en carpas instaladas en zonas de campo que pertenecen a hoteles. Hay mucha más variedad.
Mi historia relacionada con pícnics y paseos al aire libre se parece más a la vida de Minguito que a la de Donald Trump. De chico el lugar obligado era la costanera de Buenos Aires: llegábamos en un flamante Siam Di Tella '62 y, luego, mientras mi padre trataba de pescar algún bagre y yo escuchaba en una radio a transistores el partido de Racing, mi mamá y mi abuela preparaban unos sándwiches portentosos. En ese entonces todavía me hacían poner pantalones cortos.
La adolescencia me hizo recorrer las quintas de los tíos de los compañeros de colegio que quedaban vacías los fines de semana, o los almuerzos en la playa o al borde de una pileta de natación. De adulto, ya casado, tuve la suerte de tener una casa con jardín amplio (y Pelopincho) en el que salíamos a cenar todas las noches de verano.
Pero el tiempo pasó y empecé a ponerme fóbico con los mosquitos y las hormigas en el pasto, la arena en la playa metiéndose hasta en las milanesas y el peso de las heladeras portátiles. Prefiero ver las plantas ya directamente en las ensaladas y los animales cocidos, no corriendo por la pradera.
Hay personas a las que les encanta comer al aire libre e incluso buscan restaurantes que les den esa posibilidad. Y si no van a las mesas de la calle, donde respiran el humo de los autos, disputan la comida con los perros vagabundos y hay gente que les quiere vender cosas inútiles a cada segundo. ¡No, gracias!
ilustración VERÓNICA PALMIERI
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