Mis maestros peludos

Por Quena Strauss, periodista

Perros, conejos, gatos, cuises, hámsters, canaritos… ¿qué animal no he tenido? Sinceramente no lo sé. Por mi casa han pasado toda clase de bichos y bichitos, todos adoptados, rescatados, recibidos con amor y con abrazos porque para eso son los maestros peludos: para abrazarlos, quererlos y cuidarlos por lo que dure el viaje. He despedido lagartijas, peces, tortugas y palomas, pero creo que ninguno deja el hueco que dejan esos que pueden meterse con vos en la cama para dormir juntos en un compás de ronquidos y panzas que suben y bajan.

Será que Nube, la gata siamesa que un día llegó a casa y nunca más se fue, me acompañó durante todo el embarazo y también después, en la alta noche, cuando el mundo dormía y nosotros tres (Dante, Nube y yo) velábamos el universo y tomábamos la teta. Será que ningún perro me ha hecho la compañía que me hizo Betania, una cachorra que de tan roja parecía un zorrito colorado, o que nadie me ha abrigado el cuello como Conejola, un conejo que crié desde chiquito y para quien me pasaba las tardes juntando tréboles en el jardín.

¿Qué te enseñan los animales? Creo que exactamente lo mismo que nosotros a ellos: la confianza, la paciencia, el amor con las manos, la calma. Aquello de que los animales se parecen a sus dueños tiene que ver con eso: con que devuelven lo que les hayas dado… lo que sea que les hayas dado. Veo ahora a mi Sheps por la calle y me reconozco en ella. Va de persona en persona, saludando, moviendo la cola, buscando un mimo. Se aleja de los animales y de las personas con cara de traste. Así vamos las dos: confiadas, sonrientes y siempre hacia adelante. Recordando juntas todo lo que sabíamos.

La lección de Loli y Pelu

Por LUIS BUERO, periodista

Ilustración VERÓNICA PALMIERI

Loli y Pelu son mis dos compañeros de vida. Loli es una graciosa caniche micro toy y Pelu es un hermoso gato que heredé luego de la muerte de mi abuelo, que para mí es marca Alpargatas, pero todos dicen que se le ven los genes de siamés. De ellos aprendí por lo menos diez cosas en este tiempo. Una es que uno vive con un perro; en cambio, el gato te deja vivir con él. El concepto de dependencia del "amo" o "dueño" es totalmente distinto. Otra es que Pelu es como un teléfono del más allá; él me demostró la serenidad zen: ante todo se mantiene calmo, observando, meditando vaya a saber qué. Loli en cambio, pese a su breve tamaño, es la "guardiana" que ladra ante el menor ruido extraño en el palier del edificio.

Tres: yo aseguro que Loli me enseñó lo que es el amor incondicional; siempre me recibe con alegría, mimos y la mejor bienvenida. Y me sorprendió, y aquí viene el cuarto aprendizaje: el ronroneo de Pelu, cuando se me acerca, me tranquiliza. Diría que el quinto saber se relaciona con el tema de la fidelidad: Lolita está donde voy yo y estoy seguro de que un día dormirá sobre mi tumba. La sexta sorpresa es ver que las mascotas, aunque envejezcan, nunca pierden las ganas de jugar. La séptima es notar cómo se respetan y conviven frente a sus platos de comida, con total pasividad. Mi octava observación es que beben agua para reponer líquido una vez que han hecho pipí. La novena es que viven el día, el momento, seguidos por el principio del placer. Y la décima es que te miran profundamente, como ninguna persona lo hace. Quisiera reencarnarme en perro o gato… pero dicen que no se puede.

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