
El terremoto ocurrido en la madrugada del 7 de septiembre de 1882, con epicentro en el golfo de San Blas, en la actual comarca de Guna Yala en el Caribe panameño, constituye el evento sísmico mejor documentado en la historia de Panamá, y uno de los más relevantes del istmo en el siglo XIX.
Las reconstrucciones modernas sitúan su magnitud entre 7,7 y 7,9 en las escalas de magnitud superficial o Richter, aunque análisis de intensidades macrosísmicas y del tsunami asociado sugieren que pudo alcanzar entre 8,2 y 8,3, lo que lo ubica en la categoría de gran terremoto de subducción, o sea, el deslizamiento del borde de una placa de la corteza terrestre por debajo del borde de otra.
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Los datos indican que la intensidad de este sismo, medida en la escala de Mercalli modificada, alcanzó valores de VIII–IX en las ciudades de Panamá y Colón, mientras que en el área epicentral se infiere un máximo de XI, vinculado a la generación de un tsunami devastador que arrasó parte del archipiélago de San Blas y causó decenas de muertes, hasta un total estimado de entre 70 y 250 víctimas, convirtiéndolo en el tsunami más mortífero registrado en el país.
A pesar de que en la capital y en la provincia de Colón el saldo humano directo del sismo fue relativamente reducido, con alrededor de cinco fallecidos, los daños materiales fueron severos: se destruyó buena parte de la infraestructura urbana del Casco Antiguo, se colapsaron edificios claves como la Catedral Metropolitana y el Cabildo, se paralizó el ferrocarril transístmico y se afectaron seriamente las obras del Canal Francés, con un impacto económico calculado en cientos de miles de dólares de la época.
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Este terremoto, además de ser el primero del que se tiene un registro relativamente completo en Panamá, continúa siendo una referencia fundamental para comprender la vulnerabilidad sísmica del país, la peligrosidad asociada a tsunamis en el Caribe panameño y la necesidad de vincular la memoria histórica con políticas contemporáneas de gestión del riesgo.
Los estudios geodinámicos y de tectónica de placas concluyen que el istmo de Panamá se apoya sobre una microplaca individualizada que ocupa principalmente el territorio panameño, Costa Rica y la franja occidental de Chocó en Colombia, delimitada por bordes convergentes y de transformación
Este contexto explica por qué Puerto Armuelles, en la provincia de Chiriquí, y su entorno han sido afectados de forma reiterada por terremotos importantes en 1934, 1979, 2002, 2003 y 2019, así como por el evento de magnitud 6,7 registrado al sur de David en 2022, que fue considerado el más fuerte en la última década.
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Estudios consultados indican que hacia el sur del istmo, en la península de Azuero y el suroeste de Veraguas, donde se dio el sismo de este 9 de octubre de 2026, se extiende el Sistema de Fallas Azuero–Soná (SFAS).
Esta es una estructura de cizalla de escala regional con dirección noroeste–sureste, reconocida por el Instituto de Geociencias como la principal responsable de la reciente actividad sísmica de gran magnitud en Tonosí, Veraguas y la región suroccidental del país.

Este sistema combina mecanismos de desgarre lateral con componentes variables de extensión (fallas normales) y compresión (fallas inversas), lo que se refleja en la diversidad de mecanismos focales observados en las distintas secciones.
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Así se tiene que la zona de Mariato y el golfo de Montijo, por ejemplo, presenta una mezcla de fallas de desgarre con componentes normales e inversas, mientras que el sector de isla Coiba y alrededores registra fallas transcurrentes asociadas a la interacción entre la fractura de Coiba y estructuras locales, generando una sismicidad frecuente con rupturas de tipo lateral.
La región sur del istmo cuenta con antecedentes históricos de sismicidad de gran magnitud vinculados a este sistema de fallas.
Cronistas de la época colonial documentan un importante terremoto ocurrido el 2 de octubre de 1516, considerado el primer sismo registrado en tierra firme, sentido en toda la península de Azuero.
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Ya en el siglo XX, el terremoto de Panamá de 1913, con magnitud de momento estimada en 6,9, se asoció a la falla de Tonosí, una estructura incluida dentro del ámbito del SFAS.
Ese sismo afectó la zona sur de la península de Azuero, provocando deslizamientos de tierra y graves daños en poblados, e incluso generó un pequeño tsunami que alcanzó el golfo de San Miguel, en la región del Darién.
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