En una de las zones más aisladas de Panamá, donde el bosque nuboso permanece prácticamente inexplorado por la ciencia, un grupo internacional de investigadores emprendió una expedición que podría cambiar la forma en que se estudian los insectos en todo el mundo.
El escenario fue el Parque Nacional Cerro Hoya, ubicado en el extremo sur de la península de Azuero, una “isla en el cielo” separada de otros bosques montanos por cientos de kilómetros de tierras agrícolas.
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Allí, científicos instalaron una nueva generación de trampas automatizadas capaces de fotografiar insectos durante toda la noche y procesar posteriormente las imágenes mediante inteligencia artificial, reduciendo de forma drástica el tiempo requerido para analizar la biodiversidad.
La expedición, liderada por Hubert Szczygieł junto con Andrew Quitmeyer, de Digital Naturalism Laboratories, forma parte del desarrollo de Mothbox, una tecnología descrita recientemente en las revistas científicas Methods in Ecology and Evolution e Integrative and Comparative Biology.
El proyecto también contó con la participación de investigadores especializados en ecología, entomología y documentación científica, de acuerdo con la información publicada por el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales.
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Una cámara trampa para insectos
La Mothbox funciona bajo un principio similar al de las cámaras trampa utilizadas para estudiar mamíferos.
Durante la noche, una fuente de luz atrae a los insectos hasta una superficie donde una cámara los fotografía automáticamente. Posteriormente, un sistema denominado Mothbot utiliza modelos de visión por computadora para identificar los organismos registrados, eliminando gran parte del trabajo manual que tradicionalmente requiere este tipo de investigaciones.
Los investigadores destacan que los insectos representan la mayor parte de la biodiversidad terrestre. Un estudio previo realizado por científicos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) estimó que en una sola hectárea de bosque tropical pueden existir más de 18.000 especies de insectos, muchas de ellas fundamentales para la polinización, la descomposición de materia orgánica y el equilibrio de los ecosistemas.
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Sin embargo, estos organismos siguen siendo uno de los grupos menos monitoreados en los programas de conservación.
El objetivo inicial era instalar diez dispositivos a lo largo del gradiente altitudinal de Cerro Hoya para registrar simultáneamente la actividad de los insectos desde las zonas bajas hasta el bosque nuboso.
Pero el equipo decidió ir mucho más allá. Finalmente desplegó 19 Mothbox, ubicadas aproximadamente cada 100 metros de diferencia de elevación, creando uno de los monitoreos automatizados de insectos más ambiciosos realizados hasta la fecha en un bosque tropical.
El ascenso no fue sencillo. Los científicos caminaron durante varios días cargando combustible, alimentos y equipos de campamento mientras instalaban los dispositivos a diferentes alturas. En algunos sectores el sendero prácticamente había desaparecido, obligando al grupo a abrirse paso con machetes entre la vegetación.
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Además de probar la nueva tecnología, la expedición permitió documentar numerosas especies características de Cerro Hoya. Los investigadores observaron escarabajos arlequín, gusanos aterciopelados, ranas de cristal, monos araña de Azuero, bromelias endémicas y diversas especies de polillas que acudían a las tradicionales sábanas iluminadas utilizadas por los entomólogos para atraer insectos nocturnos.
Uno de los momentos más destacados ocurrió durante el descenso de la montaña. El equipo encontró una enorme oruga que posteriormente identificó como la larva de la llamada bruja blanca (Thysania agrippina), considerada la polilla con la mayor envergadura alar del planeta.
Después de mantenerla en un terrario instalado en el Smithsonian, meses más tarde emergió el ejemplar adulto, aportando nueva información sobre una especie cuya fase larval permanecía prácticamente desconocida para la ciencia.
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Una vez concluida la expedición comenzó el verdadero análisis. Los datos recopilados por las Mothbox revelaron más de 60.000 detecciones individuales, cada una con información precisa sobre el momento y la altitud en que fue registrada.
Los resultados permitieron identificar patrones imposibles de documentar mediante métodos tradicionales.
Los investigadores comprobaron, por ejemplo, que la actividad general de los insectos era mayor al inicio de la noche, aunque este comportamiento cambiaba dependiendo del grupo estudiado y de la altitud.
También descubrieron que, pese a la gran cantidad de insectos observados alrededor del campamento principal, la mayor diversidad se encontraba en las zonas bajas de la montaña.
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El sistema permitirá comparar de manera estandarizada cómo evoluciona la biodiversidad a medida que los bosques recuperan su cobertura natural, facilitando además que organizaciones ambientales obtengan información sólida para respaldar programas de conservación y acceder a nuevas fuentes de financiamiento.
Los autores sostienen que el monitoreo automatizado podría documentar, en los próximos años, el regreso de numerosas especies a medida que la restauración forestal avance en la península de Azuero y vuelva a conectar a Cerro Hoya con otros bosques protegidos del país.
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