Salud mental en la era de la inteligencia artificial: ¿puede un algoritmo escuchar el sufrimiento?

La discusión no pasa por aceptar o rechazar herramientas digitales, sino por definir en qué tareas pueden asistir sin desplazar el juicio profesional ni la responsabilidad asistencial

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Orientar a quien pide ayuda exige captar matices, contradicciones e historia personal, algo que no se resuelve solo con clasificaciones ni respuestas estandarizadas (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Antes de evaluar la incorporación de herramientas de inteligencia artificial (IA) en los procesos de orientación de quienes realizan una primera consulta en salud mental, resulta necesario considerar una cuestión que excede la mera adopción de una nueva tecnología. Lo que está en juego es si una intervención clínica puede ser sustituida por un procedimiento algorítmico.

Estas herramientas suelen presentarse como innovaciones destinadas a mejorar la experiencia de quienes consultan, ofreciendo recomendaciones más rápidas y personalizadas. Ese primer encuentro no constituye una instancia administrativa ni una simple clasificación de demandas. Se trata de un acto clínico regulado por la Ley Nacional de Salud Mental, cuya complejidad no puede reducirse a patrones ni variables programadas.

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La pregunta es, ante todo, clínica y ética: ¿qué sucede cuando la escucha es reemplazada por el cálculo de la IA? ¿Qué se pierde cuando la singularidad de un sujeto es traducida a una secuencia de datos destinada a producir una recomendación automática?

Desde la perspectiva psicoanalítica, la demanda de atención nunca coincide plenamente con aquello que el consultante dice necesitar. Expresiones como “tengo ansiedad”, “no puedo dormir” o “estoy deprimido” rara vez agotan lo que está verdaderamente en juego. Existe una dimensión inconsciente que se manifiesta de maneras contradictorias, desplazadas o incluso opacas para quien consulta.

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Un doctor en su consultorio teclea en un portátil. Una paciente en su casa mira una tableta. Una red de puntos interconectados los une.
La salud mental exige una escucha clínica porque la IA traduce la singularidad del sufrimiento a datos y recomendaciones automáticas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Por eso, ese primer encuentro se podría considerar una “entrevista de orientación”. Más que una admisión, se trata de una instancia clínica que funciona como un umbral: un momento de escucha, evaluación y toma de decisiones. Lo que allí se pone en juego no es simplemente la identificación de un problema, sino la forma singular en que cada sujeto experimenta su sufrimiento.

La clínica psicoanalítica parte de una premisa fundamental: no es posible anticipar completamente el sentido de una demanda antes de escucharla. El síntoma no es un dato objetivo que espera ser identificado, sino una formación subjetiva atravesada por una historia, deseos, conflictos y modos particulares de habitar el mundo.

Aquí aparece una tensión central: mientras la lógica del algoritmo de la IA busca reducir incertidumbre, clasificar y optimizar decisiones, la práctica clínica reconoce que siempre existe algo que escapa a toda clasificación completa. Allí donde el algoritmo busca regularidades, la clínica interroga, interpela, se encuentra con excepciones a cualquier tipo de regla.

Las objeciones planteadas por las organizaciones profesionales no pueden interpretarse únicamente como una defensa corporativa. Lo que está en juego es la naturaleza misma del acto clínico.

La entrevista de orientación implica una primera lectura de la demanda, una evaluación de riesgos y, fundamentalmente, la posibilidad de alojar subjetivamente a quien consulta. El verbo “alojar” no es aquí una metáfora, recibir una demanda supone reconocer que detrás de los síntomas existe un sujeto cuya palabra merece ser escuchada sin quedar inmediatamente reducida a una categoría diagnóstica ni a una respuesta estandarizada.

Una persona con portapapeles y una persona sentada con las manos entrelazadas. Se ve parte de un estante con objetos decorativos
La lógica del algoritmo de IA busca reducir incertidumbre y optimizar decisiones, mientras la práctica clínica reconoce excepciones que escapan a toda clasificación

La evidencia científica disponible sobre IA aplicada a salud mental mantiene una posición cautelosa. Los estudios muestran beneficios limitados en intervenciones digitales para síntomas leves y, en general, como complemento de tratamientos existentes y bajo supervisión profesional. No existe evidencia suficiente para sostener el reemplazo de funciones clínicas centrales, especialmente aquellas vinculadas con la evaluación inicial y la orientación terapéutica.

A ello se suma un interrogante decisivo: la responsabilidad.

Mientras un profesional puede fundamentar sus decisiones y someterlas a supervisión y revisión, los sistemas algorítmicos operan mediante procesos que muchas veces permanecen opacos. ¿Quién responde cuando una derivación resulta inadecuada? ¿Quién evalúa los sesgos del modelo? ¿Quién garantiza la detección de una situación de riesgo?

La discusión, en definitiva, no debería plantearse en términos de aceptación o rechazo de la tecnología, sino en determinar qué funciones pueden ser asistidas por herramientas digitales y cuáles requieren necesariamente la presencia de un profesional capaz de escuchar, interpretar y asumir responsabilidad clínica.

El riesgo más profundo no es que un algoritmo se equivoque sino que la lógica de la clasificación intente sustituir a la lógica de la escucha; que la eficiencia se convierta en el criterio dominante allí donde la singularidad debería seguir ocupando un lugar central.

Porque donde el algoritmo encuentra perfiles, la clínica encuentra historias.

Allí donde la IA busca regularidades, el sufrimiento humano insiste en presentarse bajo la forma de una excepción, es precisamente esa excepción —irreductible, imprevisible y singular— la que constituye el verdadero objeto de toda práctica clínica.

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