
La última vez que una madre salvadoreña escuchó la voz de su hijo menor eran las 12:27 de la medianoche en El Salvador. En los campos de batalla de Ucrania, donde el joven de 26 años portaba un uniforme del ejército ruso, ya amanecía. Eran las 9:27 de la mañana.
Él le pidió que no se preocupara, le dijo que la señal era mala pero que se encontraba en un “lugar seguro” y salió a desayunar. Minutos después, un misil impactó contra el suelo cerca de su posición; el rebote de la metralla le destrozó el estómago. Murió al instante.
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Apenas tres días después, el compañero que llamó desde el frente para avisar a la familia sobre el deceso también cayó en combate. El drama de esta madre no termina ahí. Su hijo mayor, de 34 años, se encuentra desaparecido desde marzo en la región fronteriza de Vorónezh.
Un mercenario colombiano ciego y mutilado, internado en un hospital militar ruso, le aseguró a otro sobreviviente que el salvadoreño formaba parte de una unidad que fue completamente aniquilada en la línea de fuego. Solo cuatro sobrevivieron, y él no estaba en esa lista.
Esta es la realidad de una nueva y silenciosa crisis humanitaria que golpea a El Salvador: el reclutamiento de exmilitares por parte de redes transnacionales que los trasladan a Rusia bajo promesas económicas monumentales, para luego convertirlos en carne de cañón en la invasión a Ucrania.
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Infobae, que desde abril de este año ha documentado exhaustivamente las denuncias de las familias afectadas, tuvo acceso exclusivo al testimonio de una madre que, en cuestión de meses, lo ha perdido todo.

La ilusión de los $20,000: la estructura del engaño
A diferencia de los primeros casos detectados en América Latina, donde ciudadanos civiles fueron engañados con falsas ofertas para la construcción, el perfil en El Salvador es estrictamente militar. Ambos hermanos habían formado parte de las fuerzas armadas salvadoreñas años atrás. Poseían conocimientos de combate, táctica y manejo de armas; un perfil idóneo para las desgastadas filas de Moscú.
De acuerdo con el relato de la afectada, el reclutamiento comenzó desde las entrañas del propio entorno militar local. “Una persona del comando de la Fuerza Aérea les dijo que había un contacto que estaba solicitando personal para ir a Rusia”, explica. Los intermediarios enviaron los contratos de forma virtual.
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Las prestaciones eran un oasis imposible de rechazar para hombres con familias que mantener: un bono de llegada de $20,000 dólares, un sueldo mensual de $2,800, cobertura total de viáticos, atención médica y la promesa de obtener la ciudadanía rusa en un plazo de seis meses.
“Ellos no se fueron engañados en el sentido de que no supieran que iban a una guerra; ellos sabían que iban a combatir”, aclara la madre con dolorosa lucidez. “El engaño fue que les pintaron todo bonito. Les prometieron bonos que nunca pagaron completos, viáticos que no existían y un seguro de vida de $80,000 dólares en caso de fallecer que a nadie le han entregado”.
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Los hermanos viajaron en fechas distintas bajo una logística que buscaba no levantar sospechas, enviando a los reclutas de forma aislada o en parejas. El mayor partió primero, el 10 de diciembre de 2025. El menor lo hizo el 1 de febrero del presente año. Viajaron con estatus de turistas, financiados por la red: una ruta aérea que los llevó primero a España, luego a Turquía, hasta finalmente tocar tierra en Moscú.
El precedente del Congo: ¿hechos aislados o un mismo patrón?
La tragedia del hijo menor guarda un antecedente que las organizaciones internacionales ya rastrean. En julio de 2025, el joven se embarcó en otra travesía internacional: viajó a la República Democrática del Congo junto a un contingente de aproximadamente 300 salvadoreños, contratados por una empresa privada de seguridad.
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Aquella misión en África Central duró escasos cuatro meses y concluyó en noviembre de 2025. Aunque todos los miembros de ese grupo lograron regresar con vida a El Salvador, las condiciones fueron deplorables. Regresaron enfermos de malaria, con apenas una fracción del sueldo prometido pagado y con graves deudas a cuestas.
Fuentes consultadas por este medio e informes previos de las Naciones Unidas sugieren que el caso del Congo y el reclutamiento para Rusia podrían tratarse, inicialmente, de hechos aislados conducidos por corporaciones distintas.

Mientras que la misión en África operaba bajo un esquema de seguridad privada corporativa, el traslado a Rusia constituye un andamiaje directo de incorporación a un ejército extranjero en un conflicto activo de alta intensidad.
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Sin embargo, la peligrosa coincidencia radica en el método de captación: ambas redes detectaron en el desempleo y las necesidades económicas de los exsoldados salvadoreños una cantera inagotable de mano de obra militar barata. El regreso con vida desde el Congo dio al menor una falsa sensación de seguridad que lo llevó, semanas después, a firmar el contrato ruso.
El laberinto de la repatriación
Para las familias, el verdadero calvario empieza cuando las comunicaciones se cortan. En las trincheras, los teléfonos están prohibidos o estrictamente vigilados; el uso de datos móviles puede ser geolocalizado por los drones ucranianos, convirtiendo una llamada familiar en una sentencia de muerte.
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Tras confirmarse el deceso del menor mediante fotografías y videos de su cuerpo enviadas por canales informales, la familia acudió a la Cancillería de la República. La respuesta institucional fue un balde de agua fría: les informaron que no pueden iniciar gestiones de repatriación hasta que el gobierno ruso emita un reporte oficial del fallecimiento.
“Nos dijeron que teníamos que esperar la llamada, pero hasta ahorita no se sabe nada. El cuerpo está allá encontrado y nadie hace nada”, denuncia la madre. Rusia acumula miles de cuerpos de combatientes extranjeros en morgues improvisadas y el proceso de identificación es casi nulo.
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Mientras tanto, el miedo impera en las zonas rurales del país. Otras familias salvadoreñas prefieren guardar silencio ante las advertencias que los propios reclutas les hacían desde el frente: el temor a ser encarcelados al regresar a El Salvador por violar leyes de mercenarismo, o el pánico a que las autoridades rusas tomen retaliaciones contra los soldados que aún siguen vivos en el frente si los detalles de la red de trata se filtran a la prensa.
La madre concluye la entrevista con una mezcla de resignación y angustia por el hijo que aún continúa desaparecido, mientras contempla la fotografía del menor, quien dejó en El Salvador a una bebé de apenas 15 meses que hoy no entiende por qué su padre jamás regresará del frío invierno de Europa del Este.
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