
La inteligencia artificial frente al temeroso ímpetu regulador. La sociedad global está frente a un gran desafío, quizás el más importante de todos los tiempos, y experimenta una enorme incertidumbre sobre el camino a tomar. La inteligencia artificial (IA) ha irrumpido en nuestras vidas y aún no sabemos bien de qué se trata; el problema que nos acosa es el temor frente a lo nuevo.
Sin embargo, se trata de una fenomenal herramienta que cualquier empresario o emprendedor puede emplear para satisfacer las necesidades de los consumidores. No sería descabellado creer que alcance la importancia de la agricultura —la revolución neolítica de hace unos 10.000 años—, cuya aparición transformó la existencia humana al poner fin al nomadismo y dar origen a la civilización.
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A la luz del pensamiento de la Escuela Austríaca de Economía, se podría decir que la IA es un procesador de cantidades masivas de información dispersa para resolver interrogantes, pero carece de la capacidad creativa de la mente humana. Esta tecnología podrá transformar las industrias y desplazar trabajadores, pero no puede abolir las realidades económicas fundamentales: la acción humana, la escasez, el valor subjetivo y el cálculo empresarial.
Según la Escuela Austríaca de Economía, se podría decir que la IA es un procesador de cantidades de información dispersa para resolver interrogantes, pero carece de la capacidad creativa de la mente humana
La propia Iglesia católica ha publicado posturas con afirmaciones controversiales, a pesar de que reconoce desde antaño sus limitaciones intelectuales en asuntos mundanos. Con sus reflexiones para un debate constructivo, en la encíclica Magnifica Humanitas, León XIV afirma que la Iglesia “no tiene respuestas técnicas ni pretende sustituir a los expertos, sino que busca inyectar discernimiento moral para que la tecnología no deshumanice a la sociedad”. Por eso, habla de la “algorética”, un término que fusiona las palabras “algoritmo” y “ética” para referirse a la necesidad de inscribir principios morales y valores. Lo relevante de este documento es su llamado a no olvidar la centralidad del ser humano.
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Frente a este desafío, se ha instalado la idea de regular o frenar su desarrollo. Al ímpetu regulador hay que sosegarlo con la advertencia de Friedrich von Hayek sobre “la fatal arrogancia”, la cual se manifiesta cuando una autoridad centralizada cree poseer o anticipar el conocimiento disperso de toda una sociedad. Observar con atención los impactos de la IA no equivale a apresurarse a regular; quienes opten por esto último pecarían de arrogancia y terminarían por cercenar las libertades individuales. Ello no significa que deba permitirse que la tecnología derive en caos, sino que su desarrollo debe canalizarse a través de las reglas universales del libre mercado y el derecho de propiedad.
La máquina de vapor nos liberó del esfuerzo físico y la agricultura de la precariedad nómada; hoy, nos encontramos ante un cambio de era similar. Mientras los inventos de los últimos siglos mecanizaron la materia y la energía, las revoluciones actuales automatizan la gestión de la información. El temor a lo desconocido es una constante histórica. Superarlo exige comprender que la inteligencia artificial no es una amenaza. Por el contrario, es la continuación de nuestra capacidad innata para crear, adaptarnos y progresar.
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Manuel Alvarado Ledesma
Para Infobae.
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