
El 11 de julio de 1790, el Papa Pío VI firmó en Roma un documento que, sin saberlo, iba a cambiar la historia de América del Sur. Le concedía a un joven estudiante rioplatense radicado en España el permiso para leer todos los libros prohibidos por la Iglesia Católica. El beneficiario era Manuel Belgrano. Los libros que leyó después fueron, en buena medida, inspiración para el programa de la Revolución de Mayo. La paradoja es tan bella como potente.
Para entender la magnitud del permiso hay que entender primero qué era el “Index librorum prohibitorum”. Creado en 1515 bajo el Papa León X y consolidado en su forma universal en 1564 por el Concilio de Trento, fue durante más de cuatro siglos el instrumento oficial de censura intelectual de la Iglesia Católica. En su última edición, publicada en 1948, contenía aproximadamente 4.000 títulos censurados por herejía, inmoralidad, ideas políticas peligrosas o simplemente por predicar libertad, igualdad y justicia — conceptos que los monarcas católicos habían logrado incluir entre los criterios de prohibición. Leer esos libros sin permiso no era una travesura: era un pecado grave, perseguido por la Inquisición.
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El joven que pidió permiso
En 1790, Manuel Belgrano tenía veintiún años y llevaba tres estudiando en España. Había ido a estudiar leyes, pero se había apasionado por la economía, que aún no existía como disciplina formal (era presidente de la Academia de Derecho Romano, Práctica Forense y Economía Política en la Real Universidad de Salamanca). Un joven brillante, formado, católico. Y con una curiosidad intelectual que las restricciones del Index le resultaban insuficientes para contener.

Entonces hizo lo que correspondía: pidió permiso. Redactó en latín una nota dirigida al Sumo Pontífice. Con humildad, con respeto, con los argumentos precisos: “Manuel Belgrano, humilde postulante, a Vuestra Santidad expone que él mismo, después de haber estudiado la carrera de Letras, se dedicó al Derecho Civil, en el que obtuvo el grado de Bachiller, y a otras Facultades, siendo al Presente Presidente de la Academia de Derecho Romano, Práctica Forense y Economía Política en la Real Universidad de Salamanca. Por lo cual, para tranquilidad de su conciencia y aumento de su erudición, a Vuestra Santidad suplica le conceda permiso para leer y retener libros prohibidos en la regla más amplia.” No pedía un permiso acotado. Pedía la regla más amplia. Y el Papa se lo dio.
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La Secretaría Pontificia notificó a Belgrano el 11 de julio de 1790. La resolución fue generosa, casi sin límites: “Nuestro Beatísimo Padre, Pontífice Pío VI, en la Audiencia del 11 de julio de 1790, el Santo Padre concedió bondadosamente al postulante la Licencia y Facultad pedida de leer y retener, durante su vida, todos y cuales quiera libros de autores condenados y aun de herejes, de cualquier manera, que estuvieren prohibidos, custodiando, sin embargo, los dichos libros para que no pasen a manos de otros. Se exceptúan los de pronósticos astrológicos que contienen supersticiones y los que exprofeso tratan asuntos obscenos.”

Le permitía leer todo, incluso los de herejes. Las únicas excepciones fueron la astrología y lo obsceno. Belgrano le escribió entusiasmado a su padre: “he tenido el gran gusto de conseguir licencia de ver y tener en mi poder libros prohibidos de cualquier prohibición”.
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El joven (futuro Prócer) no desperdició el permiso. En agosto de ese mismo año le contaba a su madre que tenía entre manos el Espíritu de las Leyes de Montesquieu — “el Inmortal Montesquieu”, lo llamaba — y que planeaba leer a continuación a Voltaire. Eran exactamente los autores que el Index prohibía con mayor celo: los arquitectos intelectuales de la Revolución Francesa, los que ponían en el centro al individuo, a la razón, a la libertad, a la ley por encima del rey. Los que combatían al monopolio y al mercantilismo, como Quesnay y Adam Smith. Sin quererlo, estaba ahí el programa de la Revolución de Mayo.
Hay algo fascinante en esta secuencia de hechos. La Iglesia Católica construyó durante cuatro siglos un aparato monumental de censura intelectual precisamente para evitar que las ideas de la ilustración y revolucionarias se propagaran entre los fieles. El Index existía, en parte, para que nadie leyera a Montesquieu ni a Voltaire. Y sin embargo, fue una autorización firmada por el propio Papa la que abrió esa biblioteca prohibida al hombre que se convertiría en el primer gran liberal del Río de la Plata.
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Roma le dio permiso a Belgrano para aumentar su erudición. Belgrano aumentó su conocimiento y, con esa erudición, contribuyó a demoler el orden colonial que Roma, entre otros, sostenía. La historia tiene ese tipo de hermosas ironías.
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