
Una nota de Infobae publicada el pasado 17 de mayo volvió a poner de relieve la relación entre la escuela secundaria y el mundo del trabajo. Allí se describen experiencias provinciales que buscan tender puentes entre ambos mundos mediante pasantías, prácticas educativas, visitas a empresas y alianzas con sectores productivos.
La imagen es importante no solo por lo que describe, sino por la pregunta que abre: ¿debe la secundaria seguir pensándose, casi exclusivamente, como antesala de estudios superiores? ¿O debe animarse a reconocer que no todos los jóvenes necesitan, desean o pueden recorrer la misma trayectoria para construir un futuro digno?
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Una educación verdaderamente libre no puede empujar a todos hacia el mismo camino. Libertad educativa no significa únicamente elegir escuela. También exige que existan trayectorias diversas, exigentes y socialmente reconocidas. Si todos los caminos conducen al mismo destino, la libertad termina siendo mucho más estrecha de lo que parece.
El proyecto de Ley de Libertad Educativa ofrece un marco especialmente relevante para este debate. Al definir la finalidad de la educación secundaria, su artículo 22 establece que debe preparar para “la vida social, el trabajo y/o la continuidad de estudios superiores”. Y contempla “trayectorias personalizadas” que faciliten la elección entre estudios superiores, formación técnica o inserción laboral. El artículo 40, por su parte, dispone que las jurisdicciones promuevan la articulación entre instituciones de educación secundaria y sectores de la producción y el trabajo, y permite organizar prácticas educativas vinculadas al mundo laboral con participación de personas o instituciones públicas o privadas registradas.
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Preparar para el trabajo no es degradar la escuela. Significa reconocer que la escuela debe preparar para la vida real, y que la vida real no se agota en la universidad. Una sociedad libre no debería considerar que un único recorrido es digno y que todos los demás son alternativas menores.
Allí aparece el sistema de educación dual alemán, no como fórmula mágica ni como un modelo para copiar sin más, pues la Argentina no es Alemania. Pero vale la pena estudiarlo con seriedad, pues demuestra que una trayectoria orientada al trabajo puede ser exigente y socialmente respetada.
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La OCDE señala que en Alemania “la forma predominante de la formación profesional es el sistema dual”, el cual ofrece aprendizajes que combinan formación vocacional en escuelas con formación en empresas sobre la base de estándares nacionales. En 2021, agrega, el 32% de los estudiantes alemanes de 15 a 19 años de la secundaria superior estaba matriculado en programas vocacionales.
Por su parte, el Centro Europeo para el Desarrollo de la Formación Profesional describe los programas de aprendizaje del sistema dual en Alemania como “el pilar de la formación profesional de secundaria superior”. Suelen durar tres años, combinan empresa y escuela vocacional, abarcan 326 ocupaciones, tienen aproximadamente un 75% de aprendizaje basado en el trabajo y contemplan remuneración para los aprendices. No se trata de una pasantía ocasional ni de un agregado marginal al final de la secundaria. Es una trayectoria, y esa diferencia no es menor.
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Mientras la formación profesional sea vista como el destino de quienes no llegan a la universidad, seguirá cargando un estigma injusto. Pero si se la piensa como una opción exigente, con valor social y oportunidades reales, puede convertirse en una forma concreta de inclusión. Más aún: en una expresión real de libertad educativa.
Los jóvenes no aprenden del mismo modo ni proyectan su futuro de la misma manera. No todos necesitan que la escuela les diga, explícita o implícitamente, que el único camino respetable es la universidad. Algunos encontrarán allí su mejor destino.
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Otros pueden encontrarlo en una formación profesional rigurosa, vinculada al mundo del trabajo, con certificación reconocida y posibilidad de seguir aprendiendo.
La libertad educativa no consiste en que todos hagan lo mismo en instituciones distintas. Consiste en que existan alternativas reales para proyectos de vida distintos. No para bajar expectativas, sino para hacerlas más realistas, más diversas y cercanas a los talentos concretos de cada joven.
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El modelo dual alemán muestra que elegir una formación profesional no tiene por qué significar renunciar al futuro. Puede ser, precisamente, una forma realista y digna de construirlo. La Argentina no necesita imitar a Alemania. Necesita animarse a discutir si seguirá llamando inclusión a empujar a todos hacia la misma ruta, o si comenzará a construir una libertad educativa hecha de caminos distintos, exigentes y socialmente reconocidos.
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