
Llegar a Silver y no morir en el intento.
El camino es inexorable, sutil, casi silencioso. Un día uno roza los setenta, se mira en el espejo y piensa ¿cómo sucedió? Lo cierto es que es irreversible, mal que les pese a algunos. No sirve de nada la promesa de juventud del marketing publicitario ni que te digan hoy tu figura es así ( ) pero después de treinta días haciendo el ejercicio de los monos verdes del África quedarás así )( .
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La naturaleza sigue su curso con una mueca de sonrisa burlona en su cara y es el momento de aprender que estamos en la última etapa de nuestro camino y mejor la aprovechamos.
Bueno, pensé en algún momento, mejor aceptamos y vemos con qué contamos. La buena noticia es que contamos con experiencia, mucha y diversa; hemos transitado desde la represión sexual hasta el amor libre, unas generaciones medio turbulentas, pasamos del nada al todo. Desde las polleras debajo de la rodilla y el pañuelo en la cabeza en la misa de los domingos hasta los minishorts y las botas altas.
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Nadie puede afirmar que tuvimos una vida pacífica y sin cambios. Todavía recuerdo la mandíbula caída y la mirada de estupor de papá cuando aparecí con la primera minifalda. El caso es que tuvimos que adaptarnos varias veces, educar a nuestros hijos con libertad pero no mucha, con un manual que teníamos grabado en el chip del cerebro que parecía el caldero hirviente de la saga Harry Potter, y que nos obligaba a replantearlo todo el tiempo y, gracias al psicoanalista Freud, sentir culpa por cada cosa hecha…o no hecha.
Experiencia y cambios sociales
Y los que llegamos invictos a este punto, hoy somos los Silver. Esta generación que todavía no tiene un lugar preponderante en la sociedad, enfrenta una o dos décadas de vida sana, pero no tiene trabajo, ni posibilidades, ni una atención especial. Lo que dijo el cantautor Joan Manuel Serrat en la conferencia de prensa resume todo lo que pensamos. El peor problema, más allá de mantenerse en forma, es volverse invisible para la sociedad y seguir el lento camino hacia la nada, dentro de nosotros mismos, desaparecer para siempre.
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Mucha gente dice que en las reuniones familiares ellos son invisibles, nadie les pregunta, ni les piden opinión, nadie les habla. Ahí aparece la nada, tentándonos con un discurso medianamente real ¿para qué esforzarse? Tenemos que volver sobre nuestros pasos, dejar nuevas huellas, recorrer los caminos que dejamos en stand by, proponernos desafíos físicos y desafíos intelectuales.
El desafío de la visibilidad
En un viaje a Malta para estudiar inglés…nos llevaron de excursión a la isla de Comino. Íbamos unos cuantos silver y un montón de teens. Pues llegamos a la isla, la embarcación nos deja en una roca plana. La guía de la escuela de idiomas nos dice en perfecto inglés, ¡vamos! (lets go) ¿Dónde? (Where?) pregunto. ¡Al otro lado! (The other side) ¡Por aquí! (This way) Frente a nosotros…una montaña de rocas.
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Fue un momento decisivo, nos miramos con Dora, mi compañera de aventuras en Malta. Una mirada rápida y sin palabras, la dignidad ante todo, y trepamos como cabras locas junto a los teens. Llegamos a la cima resoplando, pero dimos cuenta de que no estamos para el desguace. Eso, la dignidad, ante todo. Nuevos caminos, nuevas huellas, reinventarse y generar nuevos lazos de amistad parece ser una receta recomendable y beneficiosa para los Silver.
Viajes, retos y nuevas etapas
Establecer nuevas amistades, con objetivos en común, practicar la tolerancia y el interés, entrenar nuestra flexibilidad neuronal con el reemplazo o la sustitución, es no dejar entrar al Viejo, como decía el cineasta Clint Eastwood. Particularmente encuentro divertido el estudio de otro idioma en destino, me obliga a comunicarme, a perder los miedos, a tratar de mostrar mi persona en otras lenguas.
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¿Desafíos? Muchos y variados. Tan solo el aeropuerto es un desafío permanente al estrés, cuando no ponen la puerta de embarque y uno no sabe para dónde correr, con la mochila que pesa un montón, porque ya no dejan más que unos pocos kilos en el carryon, este artefacto que insiste en no rodar cuando se debe, el pasaporte en la mano, la campera por si en el avión hace frío, el celular y la carta del seguro médico por las dudas en el bolsillo. En fin, nos falta el cuchillo en los dientes y estamos para un test de supervivencia.
Cuando uno por fin se sienta en el lugar indicado, después de haber pasado por pasillos ínfimos llenos de gente y equipaje, está a punto del desmayo, pero feliz. Un desafío más sin depender de nadie, una huella, un paso en el camino. ¡Y la aventura…recién empieza!
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Agradezco a esta sección de Generación Silver de Infobae, que nos permite tener voz, entre tantos silencios.
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