La niebla de Middlesbrough, Inglaterra, guardó durante décadas un secreto que Italia prefirió no recordar. El 19 de julio de 1966, en el viejo Ayresome Park, Corea del Norte ejecutó una de las sorpresas más perdurables de la historia de los Mundiales: venció 1-0 a los italianos, los dejó fuera del torneo en fase de grupos y convirtió a un obrero de imprenta en leyenda.
Ese obrero era Pak Doo-ik, el hombre que la prensa italiana, aturdida por la vergüenza, transformó en dentista. El mito nació del caos: los periodistas italianos debían explicar la peor derrota de su selección y, sin datos sobre aquel equipo asiático casi desconocido, llenaron el vacío con invenciones, tal como lo cuenta la revista Un Caño, en una crónica de Mariano Mancuso.
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La leyenda del odontólogo creció, se imprimió en libros de varios idiomas y vivió durante décadas como una caries mal tapada. El documental The Game of Their Lives (2002), del director Daniel Gordon, la derribó de un golpe cuando el propio Pak tomó la palabra: “Después de la guerra de Corea trabajé como obrero en una imprenta. En 1957 fui llamado para el equipo de Pyongyang y me hice profesional”. De tornos y empastes, ninguna palabra.

El camino de Corea del Norte hasta aquella tarde inglesa comenzó nueve meses antes, en territorio neutral. Las tensiones políticas de la época habían vaciado la fase de clasificación para Asia, África y Oceanía: de 21 naciones, solo quedaron dos. Australia y la RPD de Corea se enfrentaron en Camboya, ante 60.000 espectadores en el recién inaugurado Estadio Olímpico de Nom Pen. El marcador global fue 9-2 para los asiáticos. Así llegaron a su primera Copa del Mundo.
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La ciudad que los recibió fue Middlesbrough, una localidad industrial del norte cuyo equipo acababa de descender a Tercera División. Nadie esperaba que aquellos futbolistas pequeños conquistaran a sus habitantes. Pero lo hicieron. “Jugaban bien al fútbol y eran todos bajitos, eso era una novedad. Movían la pelota muy bien”, recordó un inglés entrevistado en el documental de Gordon. Otro contó que, de niño, se acercó al hotel a pedir autógrafos y los encontró “atentos y siempre felices”.
El defensor Rim Jung-son admitió años después que jamás entendió aquella afinidad: “Sigue siendo un misterio para mí que la gente de Middlesbrough nos apoyara durante todo el Mundial”.
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El torneo no empezó bien para los norcoreanos. Cayeron 3-0 ante la Unión Soviética en el debut, y perdían 1-0 frente a Chile a dos minutos del final del segundo partido. Fue entonces cuando Pak Sung-jin conectó una volea desde la frontal del área para igualar 1-1 y mantener viva la esperanza. El público local celebró el empate como una victoria. Un marinero inglés entró al campo para abrazar a los jugadores.
El último partido del grupo era contra Italia y solo una victoria serviría. Los italianos necesitaban apenas un empate para avanzar. Gianni Rivera, figura de aquel equipo, confesó después que la derrota le parecía impensable: “Estábamos convencidos de que, como solo necesitábamos un empate, no tendríamos ningún problema ante un equipo que considerábamos -y que efectivamente era- inferior”. La tarde era gris sobre Middlesbrough. Esa niebla, dijo Rivera, los afectó más de lo que los ayudó a mantener la calma.
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En el minuto 34, Giacomo Bulgarelli chocó con Pak Sung-jin y tuvo que abandonar el campo lesionado. En aquella época no existían los cambios e Italia debió jugar el resto del encuentro con diez hombres.
Tres minutos antes del descanso, Pak Doo-ik leyó el despeje largo de cabeza de un compañero, se acomodó con rapidez y remató de primera para batir al arquero Enrico Albertosi. El comentarista de turno exclamó: “¡Increíble! Italia pierde ante Corea del Norte. ¿Quién lo habría imaginado?”.
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“Ajusté mi posición cuando el balón venía por el aire para rematar mejor con la derecha y conseguí marcar”, relató Pak años después. Su lectura del gol fue también una lectura del partido: “Si analizamos por qué Italia perdió, diría que primero fue una derrota mental y, después, que al recibir el gol empezó a jugar de forma individual, no como un equipo. Fue un triunfo del trabajo colectivo sobre la superioridad técnica”.
En la segunda parte, los italianos insistieron una y otra vez. El arquero Ri Chan-myong los detuvo a todos. “Detrás de mí estaba la portería, que era pequeña, pero detrás de la portería estaba nuestra nación”, explicó. Y sostuvo: “Por eso defendí esa portería con mi vida”.
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El 1-0 final fue el pasaporte a los cuartos de final. Los jóvenes italianos, que años después ganarían la Eurocopa de 1968 y llegarían a la final del Mundial de 1970, regresaron a Roma bajo una lluvia de huevos, tomates y monedas. Desde entonces, según recoge el documental de Gordon, “cada desastre futbolístico en Italia se menciona como ‘otra Corea’“.
Años más tarde, la proeza norcoreana sería inspiración de múltiples artículos. De hecho, el diario Sport de España lo catalogó como “la mayor sorpresa de la historia de los Mundiales”.
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Por el triunfo, Pak Doo-ik fue ascendido de cabo a sargento en el ejército norcoreano. Luego dejó el fútbol, se convirtió en profesor de gimnasia y, años después, regresó a la selección como entrenador. Un periodista italiano que visitó Pyongyang en 2009 encontró que su guía turística destacaba cinco casas de personas ilustres: un político, un compositor, un cantante de ópera, un lingüista y el ex delantero que eliminó a la Azzurra.
Los cuartos de final los esperaban en Liverpool, lejos del calor de Middlesbrough. Su alojamiento fue Loyola Hall, una residencia católica que la delegación italiana había reservado convencida de avanzar. Ateos y comunistas, los norcoreanos durmieron mal bajo la mirada de los íconos religiosos. “En las noches, ver la capilla con la imagen iluminada de Jesús crucificado nos daba miedo”, recordó Pak Doo-ik.
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Pese a eso, o quizás por eso, llegaron a liderar 3-0 ante la Portugal de Eusébio antes de que el astro portugués orquestara una remontada que terminó 5-3 en Goodison Park.
Corea del Norte no volvería a un Mundial hasta Sudáfrica 2010. En 2002, los siete sobrevivientes del plantel de 1966 fueron invitados a regresar a Middlesbrough. Preguntaron por el alcalde Jack Boothby, que los había recibido con especial afecto en los años sesenta. Ya había muerto.
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