
En los últimos años, el ecosistema emprendedor empezó a celebrar con entusiasmo a la llamada “supermujer” o la “mujer multitasking”: aquella que lidera una empresa, cría hijos, sostiene vínculos afectivos, mantiene una agenda social activa y, además, logra proyectar una imagen de equilibrio. En redes sociales, conferencias y artículos inspiracionales, este modelo aparece como un ideal aspiracional. Sin embargo, detrás de esa narrativa aparentemente empoderadora se esconde una trampa cultural que pocas veces se cuestiona.
El problema no es que existan mujeres capaces de llevar adelante múltiples responsabilidades. El problema es que se haya instalado la idea de que hacerlo todo —y hacerlo bien— debe ser la norma. El elogio constante a que nosotras podemos con todo termina desplazando una pregunta mucho más incómoda: ¿por qué seguimos esperando que lo hagamos solas?
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En el ámbito emprendedor y empresarial, esta lógica se vuelve muy evidente. Las mujeres solemos recibir reconocimiento cuando logramos sostener simultáneamente nuestro proyecto empresarial, nuestra vida familiar y las demandas cotidianas de cuidado. Pero muchas veces funciona como una forma elegante de invisibilizar la falta de estructuras de apoyo reales. Porque en vez de discutir cómo se distribuyen las tareas de cuidado y se organizan los tiempos de trabajo o qué políticas facilitan la corresponsabilidad, se celebra la capacidad individual de sobreponernos a esa ausencia.
Esta narrativa tiene consecuencias concretas. Cuando el modelo dominante es el de la supermujer, el éxito se mide en términos de resistencia personal y no de condiciones estructurales. Así, nuestras historias de esfuerzo extraordinario se convierten en “ejemplos inspiradores”, pero también en estándares silenciosos que generan presión sobre quienes no pueden —o no quieren— sostener ese ritmo.
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Además, el mito de la supermujer corre el foco del verdadero desafío que enfrentamos como emprendedoras: la falta de redes de apoyo. En América Latina, las estadísticas muestran que continuamos asumiendo la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Esto significa que, aun cuando lideramos proyectos empresariales o científicos de alto nivel, lo hacemos dentro de una estructura que sigue asignándonos una doble o triple jornada.
El riesgo de naturalizar esta situación es que terminemos interpretando como mérito individual lo que en realidad es una desigualdad estructural.
Cuando una logra sostener todo al mismo tiempo, su historia suele narrarse como un ejemplo de capacidad extraordinaria. Pero rara vez se analiza qué hubiera sido posible si existieran redes de apoyo más robustas, políticas de cuidado más equitativas o culturas organizacionales que comprendan que la vida productiva y la vida personal no pueden pensarse como esferas separadas.
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Por eso, revisar el mito de la supermujer no implica cuestionar nuestra fortaleza, creatividad o resiliencia. Implica, más bien, dejar de romantizar la sobrecarga. El verdadero avance no será que algunas logren sostenerlo todo, sino que el sistema deje de exigirlo.
En el ecosistema emprendedor —y en la sociedad en general— el desafío no es celebrar a quienes pueden con todo, sino construir condiciones para que nadie tenga que hacerlo en soledad. Porque el progreso no debería medirse por la capacidad individual de resistir la falta de apoyo, sino por la calidad de las redes que somos capaces de construir como sociedad.
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