
En Bahía Blanca siempre supimos de viento y de polvo por esos días de verano seco. Poco de agua; siempre llovió poco en Bahía. Las lluvias, y lamentablemente las inundaciones, son un fenómeno de los últimos años.
Hace un año, el 7 de marzo de 2025, la ciudad y sus alrededores sufrieron una terrible tragedia. Amaneció con lluvias intensas, continuó con corrientes de aguas incontrolables, barrios anegados, comercios inundados, hogares arrasados porque la inundación se lo llevó todo.
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Dieciocho personas fallecidas. Inolvidables Pilar y Delfina que siempre estarán en nuestra memoria. Héroes únicos como Rubén. Valientes mujeres como las enfermeras de la Neo del Hospital Penna y muchos salvadores silenciosos.
Todos los días desde aquel entonces, en algún momento, recordamos algún episodio que atravesamos ese día. Una llamada, una ayuda, una imagen desesperante, muchas angustias. Los bahienses a partir de ese momento entendimos que podíamos perderlo todo. Sin embargo, también aprendimos que podíamos levantarnos de nuevo.
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Conocimos la solidaridad de los vecinos, incluso de los desconocidos. Alguien que ese día estuvo ahí, ayudándonos. Supimos de nuestra fuerza para atravesar momentos críticos y de desesperación. El agua que subía por nuestras piernas hasta llegar a la cintura, subida a una mesa, flotando la madera como si el living fuera una puesta cinematográfica del Titanic.
Escalar hasta los techos sin importar la edad, los dolores o las articulaciones. Aguantar el dolor, el frío del agua, la desolación hasta que alguien viniera a rescatarnos.
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Aquel día me encontró en la Ciudad de Buenos Aires, pero en cada relato siento en mi cuerpo el miedo y el dolor, la angustia y la desesperación de los otros como propia. Será porque Bahía es un sentimiento, será porque uno siempre pertenece al lugar donde nace y crece.
En los días posteriores a la inundación, en el Congreso actuamos rápido. Sin importar banderas políticas, la solidaridad de todos hizo que aprobáramos la Ley de emergencia de Bahía y la zona, con la creación de un fondo de 200 mil millones de pesos para cubrir la reconstrucción, tanto de las viviendas como del comercio e infraestructura urbana afectada. Conseguida la ley, el gobierno la vetó.
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El gobierno nacional envió a sus ministros de ese momento, de Defensa, Luis Petri, y de Seguridad, Patricia Bullrich, para operaciones de rescate y de defensa civil. A su vez, decretó un fondo de 200 mil millones de pesos para atender viviendas individuales en las áreas comprometidas; de esta manera dejó afuera sectores estratégicos de la ciudad como son el productivo y el comercial. Y dispuso un esquema de subsidios sin los cuidados de control y de transparencia que sí proponía la ley, lo que generó posteriormente muchas quejas y reclamos por la entrega de los fondos.

Las dificultades para acceder a esta ayuda comenzamos a percibirlas pocos meses después. Muchas familias bahienses me contactaron para pedir ayuda en los reclamos. Los vecinos vieron rechazadas las solicitudes sin justificación alguna.
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Para octubre del año pasado, incluimos un total de 522 personas más de las que ya habían tomado contacto conmigo y con la cuenta Ciudadano Bahiense, llegando a tener así, más de mil personas identificadas que no recibieron el subsidio comprometido. Trabajé entonces en pedidos de acceso a la información, que algunos fueron respondidos y otros siguen en espera.
Si hay un momento donde se ven los éxitos y fracasos de una gestión, es en las tragedias que sobrevienen inesperadas, porque funcionan como un examen de organización de la política pública en todos sus niveles. Desde la administración local, pasando por el gobierno provincial hasta el gobierno nacional. La magnitud de los daños nos marca la pauta, la medida del involucramiento de todos los actores sociales para dar respuestas y soluciones inmediatas. Las políticas preventivas y de contención ante una catástrofe mitigan las consecuencias de daño estructural, material y también psicológico.
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La política argentina siempre corre detrás de los temas. No alcanza con Defensa Civil, y menos sin una intervención coordinada entre municipio, provincia y nación. No es suficiente con la ayuda voluntaria de una sociedad que quiere recuperar rápidamente su normalidad. El impacto tiene un costo muy caro y en Bahía, a un año de la tragedia, seguimos reclamando el apoyo al que el Estado se comprometió.
Bahía Blanca ha demostrado, una vez más, su enorme resiliencia. Lamentamos que no hubiera un correlato del gobierno a la altura de las circunstancias. La transparencia no es un lujo administrativo: es un componente esencial de la reconstrucción que demanda la ciudad, y que va a llevar varios años.
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Todavía esperamos respuestas del gobierno de qué piensa hacer con el dinero del fondo de 200 mil millones sin distribuir. Todavía esperamos saber por qué motivos se rechazó el subsidio a casi 4.500 bahienses en la lista publicada por el Ministerio de Seguridad. Todavía esperamos que el gobierno comparta la información de los solicitantes de subsidio de manera completa y oportuna.
La memoria del 7 de marzo no debe convertirse en un ejercicio de nostalgia dolorosa, sino en un punto de inflexión. Si algo nos enseñan las catástrofes es que la respuesta pública no puede ser tardía, ni opaca, ni indiferente. La ciudadanía merece un Estado que llegue a tiempo, explique con claridad y rinda cuentas sin ambigüedades.
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* Diputada de la Nación (Adelante Buenos Aires)
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