
Cada día amanecemos con nuevas noticias de guerras, bombardeos, amenazas nucleares, desplazamientos masivos de población y una larga lista de víctimas inocentes. La escena se repite con una inquietante normalidad: las imágenes de destrucción circulan por las redes sociales, los análisis se multiplican en los medios y las discusiones se vuelven cada vez más polarizadas.
Sin embargo, detrás de ese ruido permanente aparece una pregunta inquietante: ¿en qué momento comenzamos a discutir primero quién tiene razón antes de preguntarnos si la guerra está bien o está mal?
Ese desplazamiento del debate es una de las señales más preocupantes de nuestro tiempo. Porque cuando la conversación pública se concentra exclusivamente en justificar posiciones, en defender intereses o en señalar culpables, la guerra empieza a naturalizarse. Y cuando la guerra se vuelve algo “discutible”, la humanidad ya ha dado un paso muy peligroso.
La guerra nunca es una solución y la violencia jamás construye un futuro digno para los pueblos. Y la experiencia histórica lo demuestra una y otra vez: en los conflictos armados, la gran mayoría de quienes mueren no son los responsables de las decisiones políticas ni los líderes que las impulsan. Son las familias que pierden sus casas, los niños que ven interrumpida su vida antes de haber comenzado a vivirla, las comunidades que quedan marcadas por generaciones.
Por eso, frente a este escenario global, no alcanza con condenar la violencia. Es necesario también revisar el modo en que hablamos de ella.
La comunicación tiene una enorme responsabilidad en este tiempo. Porque las palabras no solo describen la realidad: también la construyen. Cuando el lenguaje se vuelve agresivo, cuando el debate público se transforma en una batalla permanente, cuando las redes sociales convierten el desacuerdo en insulto, el clima cultural se va llenando de una lógica de confrontación que termina justificando la violencia como una salida posible.
Comunicar para la paz implica romper con esa lógica.
Significa recuperar una palabra que no busque vencer al otro, sino comprenderlo. Una palabra que no alimente la polarización, sino que abra caminos de encuentro. Una palabra capaz de recordar que, incluso en medio de conflictos complejos, la vida humana siempre tiene un valor absoluto.
En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero, el Papa León XIV recordó que la paz no es solamente un objetivo lejano al que aspiramos, sino una presencia que debemos reconocer y acoger en nuestra vida cotidiana. Antes de ser una meta política o diplomática, la paz es un camino humano que comienza en la manera en que nos relacionamos y en el modo en que nos hablamos.
Este llamado tiene una fuerza particular en un tiempo como el nuestro, en el que el debate público muchas veces parece organizado como un campo de batalla permanente. La lógica del enfrentamiento se instala en la política, en los medios, en las redes sociales y hasta en la vida cotidiana. Cada discusión se convierte en una oportunidad para demostrar quién tiene razón, como si la victoria argumentativa fuese más importante que la convivencia humana.
Mientras el mundo discute quién tiene razón, las guerras siguen avanzando.
Por eso resulta urgente recuperar una convicción básica: la guerra siempre es una derrota de la humanidad. Ante este panorama, las religiones tienen una responsabilidad particular. No porque posean soluciones técnicas para los conflictos internacionales, sino porque están llamadas a recordar una verdad esencial: toda vida humana es sagrada y ningún proyecto político puede justificar su destrucción.
En este sentido, la Conferencia Episcopal Argentina ha querido expresar recientemente este llamado convocando a todas las comunidades a rezar por la paz. En un mensaje difundido el 28 de febrero, los obispos recordaron las palabras de Jesús en el Evangelio: “Felices los que trabajan por la paz” (Mt 5,9), e invitaron a renovar una oración ferviente y perseverante para que cesen los conflictos y callen las armas en favor del diálogo. El compromiso por la paz es una tarea concreta que interpela la vida de cada creyente y que no puede quedar relegada a un deseo abstracto.
Comunicar para la paz significa construir una cultura que no se acostumbre a la guerra. Significa resistir la tentación de mirar los conflictos como si fueran espectáculos lejanos. Significa recordar que cada guerra, en cualquier parte del mundo, es una herida en la humanidad entera.
No podemos acostumbrarnos a vivir en un mundo en guerra. No podemos aceptar como inevitable que la violencia sea el lenguaje final de las relaciones entre los pueblos.
Tal vez el primer paso sea volver a poner en el centro la pregunta correcta. No quién tiene razón, sino cómo podemos dejar de destruirnos.
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