
Cada 24 de enero, el Día Internacional de la Educación invita a detenernos y reflexionar sobre cómo aprendemos y enseñamos. Este año, UNESCO propone un lema que interpela directamente a quienes trabajamos en educación: el poder de la juventud en la co-creación de la educación. Una invitación a repensar los procesos educativos desde un lugar más participativo, donde los jóvenes no sean solo receptores de contenidos, sino protagonistas activos de su propio aprendizaje.
Hablar de co-creación implica reconocer algo fundamental: los jóvenes tienen una mirada propia sobre el mundo que habitan. Conocen de primera mano los desafíos de su generación, las transformaciones del entorno y las habilidades que necesitan para desarrollarse. Escucharlos y darles un rol activo en los espacios de aprendizaje no solo enriquece las experiencias educativas, sino que fortalece algo clave: la autoconfianza.
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En Junior Achievement Argentina, esa perspectiva forma parte de nuestra identidad. Nos enfocamos en potenciar el futuro de los jóvenes a través de herramientas concretas que les permitan generar un impacto positivo en sus comunidades. Construimos con ellos y para ellos, involucrándonos, conociendo sus intereses, experiencias y aspiraciones, y poniéndolos en el centro de cada acción que realizamos, porque creemos que cuando un joven se siente escuchado, valorado y parte de las decisiones, empieza a creerse capaz de asumir desafíos más grandes.
Cuando un joven se siente escuchado, valorado y parte de las decisiones, empieza a creerse capaz de asumir desafíos más grandes. Ese “creerse capaz de” no es un detalle menor. Desde hace años trabajamos con el concepto de autoeficacia: la convicción de que una persona puede lograr lo que se propone. Las investigaciones y la experiencia cotidiana lo confirman: quienes confían en sus habilidades tienen más posibilidades de desarrollarlas y de sostener sus proyectos en el tiempo.
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Cuando los jóvenes participan activamente en su proceso educativo —cuando aprenden haciendo, toman decisiones, lideran proyectos reales—, el aprendizaje se vuelve más significativo. Se fortalece la confianza en sus propias capacidades, se estimula el pensamiento crítico y se promueve la autonomía. Estas habilidades no solo son valiosas en el ámbito educativo, sino también en la vida cotidiana, en el trabajo y en cualquier proyecto personal o colectivo que emprendan, ya sea dentro o fuera de la escuela.
Poner a los jóvenes en el centro también implica animarnos, como adultos y educadores, a revisar nuestras propias prácticas: abrir espacios de diálogo, habilitar el error como parte del aprendizaje, acompañar sin imponer y confiar en su potencial. Se trata de construir experiencias educativas que conecten con la realidad, que despierten curiosidad y que inviten a participar activamente, creando entornos donde puedan explorar, equivocarse, aprender y volver a intentar, sabiendo que hay una red de apoyo que los guía y respalda.
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En este Día Internacional de la Educación, el mensaje es claro: cuando confiamos en el potencial sin límites de los jóvenes y los invitamos a ser parte de la construcción de su aprendizaje, fortalecemos su autoeficacia y su protagonismo. Y cuando eso sucede, la educación gana fuerza, sentido y futuro, no solo para ellos, sino para toda la sociedad. ¿Estamos realmente dispuestos a escucharlos, acompañarlos y a construir junto a ellos?
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