
Hace una semana comencé a escribir sobre la importancia de las elites en Argentina motivado por un reportaje al tributarista Pablo San Martín. En eso estaba cuando Techint no ganó la licitación para la provisión de tubos a la empresa Southern Energy (PAE, YPF, Pampa Energía, Harbour Energy y Golar LNG) ya que fue adjudicada a la empresa Welspun de la India. El push mediático que desató Techint fue notable, pasó de ofrecer igualar la oferta de Welspun hasta amenazar con una denuncia de dumping. El Gobierno difundió que la oferta de Techint estaba un 40% por sobre del precio ofrecido por Welspun y así, escándalo mediante, el carácter de las viejas elites y su relacionamiento con la Argentina quedó expuesto.
En la nota mencionada, el Dr. San Martín señala que hay países donde las elites aportan valor a la sociedad mientras que hay otros, como en la Argentina, donde no aportan valor sino que son depredadoras de la sociedad. Y concluye, “...la elite argentina es depredadora porque pone el foco en el flujo de efectivo inmediato y no en el valor patrimonial de sus activos en el largo plazo.”
Si la elite argentina hubiera priorizado el valor patrimonial de los activos en el largo plazo, no habría promovido, sino que hubiera intentado evitar, el push político contra De la Rúa, que en 2001 terminó con su gobierno y decretó un default que pulverizó la reputación internacional del país. Años después, con el cambio de régimen jubilatorio, también acompañó al gobierno en la expropiación de los fondos que los argentinos tenían ahorrados en las AFJP.
Ahora bien, no se trata de que a la Argentina “le tocó” tener una elite depredadora, sino que esta elite se ha ido construyendo y reconfigurando a lo largo de la historia a partir del vínculo que se desarrolló con la dirigencia política. Sin tener una pretensión académica, queremos traer al debate este tema porque lo consideramos fundamental para el futuro devenir del “cambio de régimen” que implica el gobierno de Milei. La elite argentina a lo largo de los años delegó en la dirigencia política la conducción de los destinos de la Nación, “negociando” soluciones puntuales para sus problemas o directamente promoviendo cambios drásticos en las políticas para así defender sus espacios de poder.
El crecimiento del mercado interno, cerrado a la competencia internacional, acota la posibilidad de crecimiento pero permite alta rentabilidad que no requiere ser reinvertida ya que no existe el desafío de competir en los mercados externos. Hasta 1983, los golpes de Estado militares se encargaban de “reestablecer” un cierto orden, cuando se producía un desajuste excesivo entre elites y política. A partir de 1983, los desajustes, ya sin golpes militares, tuvieron que solucionarse “al interior de la política” a través de “golpes blandos” como en 1989 y en 2001.
Las grandes empresas industriales que se fueron consolidando, tanto nacionales como extranjeras, los bancos privados que crecieron a la sombra de los grandes bancos públicos, y los diversos participantes de la cadena agropecuaria nunca tuvieron ninguna expectativa para disputar los “asuntos” de la conducción política del país. La comparación de la constitución del Parlamento de la Argentina con el de Brasil es un ejemplo contundente. En Brasil el 50% de los legisladores proviene de algún sector de la producción agroindustrial; el porcentaje equivalente en la Argentina no llega al 1%.
Ahora bien, la elite argentina no está constituida solo por empresarios, también se nutre de los representantes de los intelectuales, actores, periodistas, artistas, etc. Todos ellos están, de diferente manera, comprometidos con el modelo económico inflacionario, devaluacionista y con un Estado Presente que abastecía a la cultura, al arte, al cine, a las Universidades y que distribuía una generosa pauta publicitaria para los medios masivos de comunicación. A modo de ejemplo sirve el reciente fallo de la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo a favor de Pedro Briegel quien además de acosar sexualmente a todas las mujeres con las que trabajó, se “autopercibió despedido”, y la mencionada Cámara le otorgó una indemnización de 223 millones de pesos a cargo de la Televisión Pública.
Todo este modelo está en crisis a partir de la política económica del gobierno de Javier Milei. El Gobierno le está “devolviendo” recursos al sector privado, le está quitando los “grilletes” a todos los mercados, abriendo paulatinamente la economía, y sacando al Estado de todo aquello que no sea esencial al mismo. Está bajando impuestos y promoviendo que lo mismo hagan los gobiernos provinciales y municipales, en el marco de una economía ordenada, con una moneda nacional fuerte y confiable. Ahora bien, la drástica reforma del régimen genera un nuevo marco de relacionamiento con la vieja elite y las resistencias que se generan son un obstáculo importante para el devenir del cambio en curso.
La elite argentina que se construyó a la sombra de los controles, las regulaciones y las licencias de los gobiernos durante los años de decadencia del país tiene un protagonismo muy activo en contra del nuevo modelo que una parte importante de los argentinos estamos respaldando. Esta oposición al Gobierno no es explícita. Está en cada uno de los “colectivos” que constituyen la vieja elite Argentina. Los principales periodistas del país indefectiblemente señalan que “toda la política económica del Gobierno se puede desmantelar súbitamente”. En las Universidades no se puede ni mencionar un comentario favorable al gobierno de Milei. Las asociaciones empresarias señalan que el mercado interno va a desaparecer por la entrada de productos extranjeros pese a que las importaciones de bienes de consumo no alcanzan a explicar el 5% de las ventas en el mercado interno. Todo esto es un caldo de cultivo que hace mucho daño.
Ante este panorama sería muy importante que aparezca en escena la “nueva elite” que hoy ya es protagonista del cambio de modelo productivo que se está dando en la Argentina y al que buena parte de la sociedad aporta su esfuerzo y esperanza. Hoy por hoy pareciera que tanto los empresarios, como aquellas personalidades que se han manifestado a favor del nuevo modelo de la Argentina “siguen dudando” si conviene dar la cara y jugar fuerte por el cambio. El ejemplo a seguir sería el del Presidente de YPF, Horacio Marín, quien no deja pasar oportunidad para explicar públicamente las políticas de la empresa, los objetivos que se quieren alcanzar, etc. El resto de los empresarios involucrados en proyectos centrales del país como los de Vaca Muerta, o los proyectos mineros del Litio, Cobre y Oro, o los proyectos RIGI que están en pleno desarrollo, parecen mudos. No se los escucha, no se los lee. No alcanza que el nuevo partido de Gobierno promueva sus valores y dé la batalla cultural. Hace falta que la sociedad escuche nuevas voces que le hablen del futuro que se está construyendo.
Es mucho lo que nos estamos jugando los argentinos en estos años por venir. Quienes tienen los recursos y la capacidad como para poder ser protagonistas del debate que describa lo que está ocurriendo Argentina así como presentarle a la sociedad el futuro posible al que pretendemos aspirar, tienen la responsabilidad de hacerlo.
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