Fedwatchers e inteligencia artificial: la batalla por entender el lenguaje críptico del dinero

La interacción entre tecnología y comunicación financiera redefine el acceso a la información y plantea un reto a la transparencia en la toma de decisiones económicas

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El mercado analizará no solo
El mercado analizará no solo los datos, sino también cada palabra de Powell y los informes que acompañan el anuncio (Foto: Reuters)

El próximo 28 de enero, el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Jerome Powell, comunicará en conferencia de prensa si el Comité Federal de Mercado Abierto mantiene o modifica la tasa de interés de los fondos federales. El mercado analizará no solo los datos, sino también cada palabra de Powell y los informes que acompañan el anuncio.

Un matiz en la calificación de la inflación o el uso de un verbo en condicional sobre el mercado laboral puede provocar movimientos significativos en las principales bolsas.

A fines de 2018, la Fed anticipó “subas graduales adicionales” en la tasa de interés. En enero de 2019, adoptó un tono “paciente” respecto a futuros ajustes. Ese cambio semántico llevó al mercado a interpretar una pausa en los aumentos y el S&P 500 registró un alza del 1,6% en una sola jornada.

Tradicionalmente, los encargados de descifrar el lenguaje de la Fed han sido los fedwatchers, especialistas dedicados a interpretar cada mensaje de los banqueros centrales.

Tradicionalmente, los encargados de descifrar el lenguaje de la Fed han sido los fedwatchers, especialistas dedicados a interpretar cada mensaje de los banqueros centrales

Hoy, a esa labor se suman herramientas basadas en inteligencia artificial. Modelos como FinBERT, entrenados para analizar lenguaje financiero, identifican matices en informes y anuncios oficiales que incluso analistas experimentados podrían pasar por alto: cambios en la frecuencia de términos como “riesgo” o “transitorio”, variaciones en los tiempos verbales o la omisión de palabras clave en secciones previamente relevantes.

Surge, entonces, una paradoja. Mientras perfeccionamos la IA para comprender a los bancos centrales, muchas personas apenas logran interpretar los argumentos que la Fed utiliza para justificar su política monetaria. Esto sucede a pesar de que esas decisiones impactan de manera directa y global, por ejemplo, en el costo de las tarjetas de crédito o el monto de las cuotas hipotecarias.

Mientras perfeccionamos la IA para
Mientras perfeccionamos la IA para comprender a los bancos centrales, muchas personas apenas logran interpretar los argumentos que la Fed utiliza para justificar su política monetaria (Foto: Reuters)

El exgobernador Jeremy Stein lo resumió así: “Durante gran parte de sus cien años de historia, la Reserva Federal fue notablemente opaca”.

La desconexión entre el discurso técnico y su comprensión pública no es reciente. Desde hace décadas, un movimiento internacional impulsa el uso del lenguaje claro en contratos, reportes y comunicaciones oficiales. No es solo una cuestión de estilo: la claridad genera beneficios económicos concretos.

En una investigación realizada junto a Fernando Lillo-Fuentes para la Revista Llengua i Dret n.º 84, se analizaron más de 30 estudios sobre lenguaje claro. Un hallazgo central es que la claridad, además de mejorar la comprensión, tiene impacto directo en la economía.

Para facilitar la toma de decisiones del inversor minorista, la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC) publicó una guía para que los reportes empresariales se redacten en términos sencillos. En el prólogo, Warren Buffett relata que escribe sus informes como si explicara el negocio a su hermana: una persona muy inteligente pero ajena a la jerga técnica.

La Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC) publicó una guía para que los reportes empresariales se redacten en términos sencillos

En una línea similar, el BBVA reescribió contratos y fichas de producto para que resultaran más comprensibles. Como consecuencia, disminuyeron las consultas por bloqueos de fraude y pagos rechazados en el contact center. Entre febrero y marzo de 2025, el 96% de los clientes manifestó sentirse informado y el 97% consideró clara la comunicación.

En el ámbito contractual, la claridad reduce disputas interpretativas, acelera revisiones y disminuye costos asociados a conflictos y litigios. Desde esta óptica, el lenguaje claro es una herramienta que permite que los instrumentos jurídicos funcionen eficazmente en la economía.

Los beneficios alcanzan también a las instituciones. Diversos estudios muestran que el uso de lenguaje claro ahorra tiempo y recursos al Estado al reducir consultas y malentendidos. En esa dirección, la Corte Suprema de Justicia de la Nación implementó un sistema que utiliza inteligencia artificial para generar resúmenes automáticos en lenguaje claro de las sentencias judiciales.

Las palabras importan en los negocios

Un comunicado ambiguo puede disparar la volatilidad de acciones y bonos; un reporte financiero incomprensible aleja a los inversores; y un contrato confuso genera litigios. Una comunicación opaca encarece procesos, enlentece decisiones y profundiza las asimetrías de información.

Sin embargo, mientras entrenamos algoritmos cada vez más sofisticados para interpretar el lenguaje de los bancos centrales, se sigue tolerando que ese discurso resulte ininteligible para la mayoría de quienes lo padecen. Si el lenguaje claro ha demostrado mejorar la comprensión, la confianza y la eficiencia económica, resulta llamativo que la opacidad siga considerándose una virtud.

El verdadero desafío no reside en desarrollar nuevas IA para descifrar la opacidad, sino en exigir que quienes detentan el poder de las palabras se expresen con claridad.

Un giro semántico en la Fed puede mover los mercados globales.

La claridad en la comunicación financiera tiene impacto económico tangible.

La transparencia no solo mejora la confianza, sino que reduce los costos y conflictos.

La autora es Magíster en Lingüística Aplicada y Doctora en Lingüística por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Académica en la Universidad de La Serena, Chile. El autor es Abogado Especialista en Derecho Tributario (UBA)