
La campaña presidencial de 2027 empezó anoche.
No hay dudas.
Lo que debía ser la apertura formal del período legislativo terminó siendo otra cosa. Un ring. Un debate cuerpo a cuerpo. Un intercambio de agravios.
El Presidente pronunció dos discursos.
Uno, el redactado.
Otro, el improvisado.
El primero fue institucional.
El segundo fue político.
Demasiado político.
Hubo, según el recuento, 36 insultos directos.
“Delincuentes.”
“Chorros.”
“Manga de delincuentes.”
“Golpistas.”
“Kukas.”
“La jefa de la banda.”
“Defienden a los que roban en el zoológico.”
“La chilindrina troska.”
“Se ofendió el oligarca disfrazado de pordiosero.”
“Su ignorancia lastima.”
Y más.

Por momentos, el Presidente dejó de hablarle a la Asamblea y empezó a hablarles a ellos. A los kirchneristas. A la izquierda. A Juan Grabois.
Fue un cara a cara sin micrófonos cruzados. Pero con gritos.
La oposición tampoco ayudó.
Interrupciones.
Gestos.
Gritos.
Impresentable.
La escena fue impropia de una Asamblea Legislativa.
El Presidente dijo que les ganó “por goleada en el ballotage”. Les recordó que representan el 5%. Les dijo que “suman con dificultad”. Que son “los golpistas de siempre”. Que protagonizaron una “aventura golpista” que impactó en la economía.
Y celebró algo que ya es parte de su narrativa:
“Me encanta verlos llorar. Me encanta domarlos.”
Hay un sector social al que eso le divierte.
A otro le preocupa.
En el discurso escrito hubo otra cosa.
Defensa cerrada de su gestión.
Respaldo absoluto a Toto Caputo —“el mejor ministro de Economía del mundo”—.

Celebración de la desregulación para terminar con “curros” y “tongos”.
Promesa de que “la malaria se ha terminado”.
Anuncio de que estamos “a las puertas de un resurgimiento económico”.
Definición del actual como “el Congreso más reformista de la historia”.
También hubo acusaciones graves.
Habló de políticos corruptos asociados a empresarios corruptos.
Cuestionó el Memorándum con Irán.
Instó a “revisar la causa de la jefa de la banda”.
Señaló que la corrupción fue política de Estado.
Y volvió a su batalla cultural:
Capital humano es la gente.
La minería podría generar miles de puestos de trabajo si no fuera por “cavernícolas”.
Quiere argentinos produciendo, no “parásitos”.
El tono fue agresivo.
Quizás como nunca.
Ahora bien.
Una cosa es denunciar.
Otra es degradar la investidura.
El Presidente tiene derecho a defenderse.
Tiene derecho a confrontar.
Tiene derecho a señalar responsabilidades.
Pero no necesita ponerse a la altura de quienes gritan.
No necesita responder cada provocación.
No necesita transformar la Asamblea Legislativa en un debate de campaña.
Porque cuando el Presidente se iguala al griterío, la institución pierde.
Y cuando la oposición convierte la apertura del Congreso en un acto de barra brava, también pierde la República.
Anoche perdieron todos.

La oposición, por su comportamiento adolescente.
El oficialismo, por la sobreactuación.
El Congreso, por el espectáculo.
La política argentina sigue atrapada en la lógica del enemigo.
No del adversario.
Del enemigo.
Y eso es peligroso.
El Presidente ganó un ballotage. Es cierto.
Tiene legitimidad.
Tiene apoyo social.
Pero también tiene una responsabilidad institucional que excede la pelea diaria.
La Argentina necesita reformas.
Necesita crecimiento.
Necesita estabilidad.
No necesita más gritos.
La campaña empezó.
Demasiado temprano.
Demasiado ruidosa.
Y en el recinto que debería ser el templo de la República, lo que vimos fue un bochorno.
La política argentina todavía no entiende que la fuerza no se demuestra insultando.
Se demuestra gobernando.
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