
Los romanos gozaron durante doscientos años de la llamada Pax Romana, una expresión que se ha hecho clásica para designar el estadio histórico en el que el emperador Augusto, un par de décadas antes del comienzo de la era cristiana, clausuró el ciclo de las guerra civiles e inauguró una estabilidad política que aseguró un periodo de esplendor en el imperio.
El hecho acreditó la expansión de su cultura en los pueblos de la Antigüedad, especialmente los mediterráneos, e incluso más allá, incluyendo el Derecho como un andamiaje de normas jurídicas que ha estructurado la vida social, económica y política del mundo occidental hasta nuestros días.
La década que siempre vuelve
Ceferino Reato ha escrito durante dieciocho años nueve libros, casi todos sobre los 70, que le han acreditado reconocidos méritos en el periodismo de investigación histórica de nuestro país. En ellos exhibe una independencia de criterio ciertamente infrecuente, que le ha permitido adentrarse en los senderos más comprometidos y descorrer velos inéditos. Este es uno de los motivos por los que el enfoque del autor siempre suscita controversias en un tema tan eléctrico como son los años 70, aunque de ellas haya sabido salir indemne.

De otra parte, muy por encima de las modas, y siendo innegablemente un verdadero escritor de best sellers, Reato no se inscribe en el socorrido género de la divulgación y menos en la historia militante y justiciera que se ha difundido en las últimas décadas, tan del gusto de un público cautivo de las ideologías. Tampoco es amigo de las perspectivas efectistas, aunque sus frutos intelectuales suelen producir tanto sonrisas como toses incómodas y cosquillas.
Sus obras son un ejemplo de indagaciones que superan las ideas preconcebidas y muestran cómo con la habilidad de un sutil analista sabe introducirse en las entretelas de los aconteceres que permiten develar tramas inéditas del devenir histórico. Se puede decir que ha ampliado e incluso que ha conseguido romper ese clima binario y maniqueísta tan arraigado entre nosotros.
Uno de los rasgos que caracterizan a Ceferino Reato es querer y saber mirar de frente donde otros miran para otro lado, es decir que si algo lo identifica como historiador es haber abierto nuevos caminos en asuntos que habían sido omitidos y que significan pasos inéditos hacia la verdad histórica. Las herramientas del autor son múltiples pero, además de su espíritu sutil, la más evidente es el desprejuicio, que le agencia una envidiable libertad y le permite llegar a destinos poco advertidos, inéditos, impensables y ocultos.
La Ley del odio y la Pax menemista
Estos rasgos están nuevamente presentes en éste su décimo y último libro, recientemente presentado en el Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (Cudes), donde Reato es profesor de sus programas, que corona esa saga con Pax Menemista, Historia secreta de los indultos a militares y montoneros en el país del odio (Sudamericana, 2026).

En esta nueva entrega, el historiador se centra en la articulación de lo que, recordando aquella pax romana de los tiempos precristianos, Carlos Menem propuso con audacia y con sus más y sus menos a los argentinos: el indulto a militares y guerrilleros.
Se trataba de una estrategia que buscaba permitir atravesar un periodo de convivencia más armonioso que en el pasado. Se puede discutir si lo hizo con objetivos de mayor o menos calado, pero se advierte en esta empresa un deseo de unificar las fuerzas del país en procura de un futuro mejor.
Según describe la obra, tras dicho objetivo se encolumnan tres hechos que intentaron construir un nuevo clima: la repatriación de los restos de Rosas, el abrazo con el almirante Isaac Francisco Rojas (el símbolo más puro del antiperonismo), y el monumento a los caídos en Malvinas. En los tres casos el autor informa al lector de las circunstancias que los conformaron, poco o nada conocidas por el gran público, permitiendo así su más exacta comprensión.
El escándalo de una revisión de la Argentina partida
La maestría de Reato supera la dificultad que entrañan cuestiones controversiales firmemente enraizadas en el pasado argentino que resuenan con grados diversos de intensidad hasta nuestros días. Sin embargo, la conclusión que extrae de ellas no logra hacer concluir al autor la concreta motivación real que las promoviera.

La obra exhibe un telón de fondo que es el odio entre argentinos y es posiblemente en este punto donde quizás se encuentre el aporte más singular y más medular de la investigación. Como recuerda el autor, Joaquín V. González, en un escrito que data de más de un siglo atrás, señaló ese punto de dolor que se ha reiterado como un estigma a lo largo de la historia patria: la ley del odio. No faltaron intentos fallidos de superarla como los de Urquiza en el siglo diecinueve y Lonardi en el veinte. Pero “Ni vencedores ni vencidos” fue solo una bonita intención que naufragó en la ley del odio.
La trepidación de los ánimos no permitió que ninguno de los dos intentos prosperara. Su existencia se muestra en el hecho de que hasta su repatriación, los restos de Rosas siguieron sujetos a la admonición de José Mármol: “Ni el polvo de tus huesos la América tendrá”. Parecía un estatuto imposible de romper. Hay que reconocer que Menem lo hizo.
Es el mismo odio que impidió un siglo después que se planteara una política pacificadora ante una nueva fractura social y el peronismo no sólo estuvo proscripto largos años, sino considerado “el hecho maldito del país burgués, según la conocida frase de John William Cooke. Un estigma que sigue siendo actual.
Ha pasado el tiempo y la coyuntura histórica encuentra a los argentinos una vez más enfrentados sin que se puedan percibir indicios de un reconocimiento del alma por ninguno de sus protagonistas. Este es un libro que sin pedirlo (no es una tarea del historiador) constituye una invitación a reflexionar sobre el odio, pero no acerca de un odio abstracto, sino de nuestro odio encarnado en lo profundo de la sociedad que supimos conseguir.
Habrá que recordar una vez más el dicho de San Ireneo de Lyon que suelen repetir los teólogos: lo que no se asume no se redime. La sanación reside en algo tan sencillo y tan complicado como, en primer lugar, entenderlo, pero sobre todo quererlo y poder convertirlo en una realidad contante y sonante. Claro que esa es otra historia.
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