
Una vez más aparece en la Argentina viejas teorías conspirativas recicladas como si fueran verdades reveladas. En los últimos días, volvió a circular una de las más persistentes y dañinas: la falsa acusación de que “los judíos incendian la Patagonia para conquistarla”, una versión aggiornada del llamado Plan Andinia. No se trata de una simple desinformación aislada, sino de una construcción ideológica deliberada, con raíces profundas en la judeofobia, diseñada para sembrar odio y señalar culpables imaginarios.
El Plan Andinia no es nuevo ni original. Es una teoría conspirativa inventada a mediados del siglo XX que sostiene que existen planes de establecer un Estado judío en la Patagonia, como ocurre con muchas teorías conspirativas, su fuerza no reside en la verdad sino en su utilidad política y simbólica: ofrecer un enemigo claro, fácilmente identificable, al que responsabilizar de problemas complejos.
La historia demuestra que estas narrativas no surgen por azar. En distintos momentos y países, el antisemitismo se expresó a través de acusaciones absurdas pero eficaces: que los judíos envenenan pozos, controlan gobiernos, provocan guerras, manejan la economía global o, ahora, incendian territorios para quedarse con ellos. El mecanismo es siempre el mismo: deshumanizar, estigmatizar y transformar a una minoría en chivo expiatorio.
Vincular los incendios en la Patagonia con una supuesta conspiración judía no solo es falso, sino profundamente irresponsable. Los incendios forestales son fenómenos complejos que requieren investigaciones serias, datos científicos y análisis ambientales. Reemplazar ese abordaje por una teoría delirante no ayuda a apagar el fuego; lo aviva. Y no el fuego del bosque, sino el del odio.

Estas acusaciones no son ingenuas. Aparecen con una clara intencionalidad política y comunicacional. Buscan instalar una narrativa que legitime la desconfianza, el miedo y la violencia simbólica contra un colectivo entero. Cuando se afirma, sin pruebas, que “los judíos” están detrás de un desastre, se deja de hablar de hechos concretos o responsabilidades individuales y se pasa a condenar a una comunidad completa por su identidad. Ese es el núcleo mismo del discurso de odio.
Pensar a la comunidad judía como un actor secreto, extranjero o conspirativo no solo desconoce la historia: alimenta prejuicios peligrosos. La verdadera amenaza de estas teorías no está únicamente en su falsedad, sino en sus consecuencias. El siglo XX mostró con crudeza a dónde conducen los discursos conspirativos cuando se naturalizan. Empiezan como rumores, se amplifican en medios, redes, y terminan justificando exclusiones, agresiones y violencia física. Ninguna sociedad es inmune a ese proceso.

Hoy, las redes sociales y ciertos micrófonos amplifican estas mentiras con una velocidad inédita. Por eso la responsabilidad es doble: de quienes comunican, para no reproducir falsedades ni validar narrativas de odio y del conjunto de la sociedad, para exigir evidencia, contexto y rigor antes de aceptar explicaciones fáciles a problemas complejos.
Combatir el antisemitismo no es una causa exclusiva de la comunidad judía; es una defensa esencial de la convivencia democrática. Las teorías conspirativas no atacan solo a los judíos: erosionan la confianza social, degradan el debate público y debilitan la capacidad colectiva para enfrentar los desafíos reales.
La judeofobia no comienza con la violencia física. Comienza mucho antes: cuando una mentira se repite, cuando un rumor se legitima, cuando el prejuicio reemplaza al pensamiento crítico y el silencio ocupa el lugar de la verdad.
Desarmar el mito del Plan Andinia y sus derivaciones no es una discusión histórica ni un debate ideológico menor. Es una obligación cívica. Porque cada vez que una sociedad acepta explicaciones falsas para problemas reales, no solo se aleja de las soluciones: se acerca peligrosamente a la intolerancia. Y la intolerancia, cuando avanza sin resistencia, siempre termina incendiando no solo un territorio, sino a toda la sociedad.
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