
En el análisis del poder internacional, el orden de los factores no es una cuestión menor: altera el resultado. No es la economía, ni la diplomacia, ni la defensa lo que impulsa a las grandes potencias. Es la geopolítica.
Estados Unidos percibe con claridad que el sistema internacional se encamina hacia un nuevo esquema bipolar, con China como principal competidor estratégico. En ese contexto, busca asegurar su espacio natural de influencia: el hemisferio americano. La revalorización de América Latina responde a esa lógica, especialmente respecto de países con recursos estratégicos críticos, como la energía y ciertos minerales.
La historia reciente confirma este patrón. Durante la Guerra Fría, en un mundo bipolar entre Estados Unidos y la Unión Soviética, los conflictos no se desarrollaron en los países centrales, sino en las zonas de disputa geopolítica: Vietnam, América Latina, áfrica e incluso Europa periférica. La ideología funcionó como marco discursivo; el poder y los recursos, como causa real.
Europa ofrece un ejemplo elocuente de extravío estratégico. Al privilegiar una mirada normativa, jurídica y moral del orden internacional por sobre una lectura de poder, renunció a construir autonomía estratégica. Como consecuencia, terminó empujando a Rusia hacia China, contribuyendo a la consolidación de un bloque euroasiático de creciente peso global. De allí los esfuerzos estadounidenses por evitar una alianza estructural entre Moscú y Pekín que altere de manera duradera el equilibrio internacional.
En este marco debe leerse la propuesta argentina de impulsar un bloque regional de países con orientación hacia la división de poderes y la libertad. La clave no reside en su etiqueta ideológica, sino en su sentido geopolítico. La cooperación y armonización con Estados Unidos es natural y deseable, en tanto comparte una visión occidental del orden internacional. Pero cooperación no equivale a subordinación.
Una alineación cooperativa, basada en intereses compartidos y capacidad de decisión propia, fortalece a ambas partes. Una alineación automática, en cambio, anula la autonomía y transfiere poder. Es cierto que la fortaleza o debilidad económico-financiera condiciona la toma de decisiones, pero no la reemplaza.
Argentina ha comenzado a entender la gravitación de las decisiones geopolíticas. Se debe asumir que incluso las naciones derrotadas y devastadas —como Japón y Alemania tras la Segunda Guerra Mundial— pudieron redefinir su destino a partir de decisiones estratégicas inteligentes, coherentes y sostenidas con paciencia y convicción en el tiempo.
La conclusión es clara: primero la geopolítica; después la economía, la diplomacia y la defensa. Cuando ese orden se respeta, las naciones deciden. Cuando se invierte, obedecen. Es el camino para recuperar Malvinas, que es largo y se construye laboriosamente.
*El autor es General de Brigada retirado. Licenciado en Estrategia y Organización
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