
El turista le dijo al guía: “Lo felicito porque su ciudad está llena de templos. Se ve que los ciudadanos aman mucho a Dios”. El guía le respondió con una sonrisa irónica: “Tal vez amen mucho a Dios, pero no se da una idea cómo se odian entre ellos”.
Dios ha vuelto a la escena pública, de muchas formas: desde cantantes otrora “paganos” que sacan temas cristianos, o discos con formato religioso, invocaciones a las fuerzas del cielo que parecen intervenir en la vida política; de todo, desde fuerzas del cielo a misioneros de Francisco.
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Y esa invocación de Dios hace preguntarse, ¿de qué Dios estamos hablando? Ya ha pasado a lo largo de los siglos esta utilización de lo religioso para beneficio de un grupo y, no pocas veces, en perjuicio de muchos. Pascal decía que “Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza y el ser humano le pagó con la misma moneda”. No andaba descarriado el francés. La pretensión de tener lo divino a favor tiene muchas veces contradicciones nada despreciables. Como por ejemplo mentar a “las fuerzas del cielo” y luego despreciar a los migrantes o a los empobrecidos tildándolos de vagos, delincuentes y “planeros”; o también, en nombre de determinados dogmas progresistas cancelar o apalear (literal) a los que defienden otra idea.
Ya se sabe que toda teología es política, es decir que todo discurso acerca de Dios tiene consecuencias políticas. No hay que ser inocentes. El asunto es otro. El teólogo Jon Sobrino escribe que uno de los grandes problemas en América Latina no es el ateísmo, sino los ídolos con los que los cristianos hemos hecho convivir a Cristo. Las iglesias corremos el riesgo de hacer de Dios un ídolo, es decir una imagen que podemos manipular a nuestro antojo. Eso es la idolatría. Ante un Dios que es misterio y no se deja manipular, construimos un dios a favor, de nuestro credo o de nuestras intenciones políticas. La historia antigua y reciente da muestras sobradas.
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Y una característica fundamental de lo vinculado a Dios es el amor. La realidad que mejor lo manifiesta es el amor, sobre todo la ternura con el sufriente, el débil, el hambriento, el sediento, el enfermo, el migrante. Simone Weill afirmaba que “ella sabía si alguien creía en Dios no por cómo hablaba de Dios sino por cómo hablaba de sus semejantes”. Cristo lo había dicho de manera directa: “No es el que me dice señor, el que entrará en el Reino, sino los que hagan la voluntad de mi Padre”. Visto lo visto, mentar a Dios puede ser sospechoso (y escandaloso) si las acciones y opciones concretas generan odio, crueldad, cancelación.
Al final ante tanta humareda discursiva sobre lo divino, tal vez encontremos que los mejores amigos de Dios no sean los que lo proclaman a los cuatro vientos, sino más bien los que silenciosos y anónimos, muchas veces sin religión alguna, socorren al pobre, visitan al enfermo, defienden al jubilado, acogen al migrante… aquellos que al decir de Borges -en “los Justos”- “están salvando al mundo sin saberlo”.
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