La misión Artemis II marca un nuevo hito en la historia de la exploración espacial: después de más de 50 años, una tripulación humana regresó al entorno de la Luna. La nave fue más allá de la órbita terrestre baja, rodeó nuestro satélite y nos permitió contemplar su lado oculto.
En este contexto, es necesario mirarnos en la dimensión que nos abre este asombroso viaje lunar y valorar la adhesión del Ecuador a los Acuerdos Artemis en junio de 2023, firmada en Washington como el vigésimo sexto signatario. Fue una decisión de política exterior seria y meditada, con implicaciones estructurales para la inserción de nuestro país en el sistema internacional de este siglo.
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En un mundo cada vez más fragmentado, donde la rivalidad entre grandes potencias tensiona el multilateralismo, el espacio ultraterrestre se configura como un dominio híbrido: campo de competencia estratégica y, al mismo tiempo, laboratorio privilegiado de cooperación internacional. Los Acuerdos Artemis, impulsados por Estados Unidos junto a otras naciones visionarias, buscan consolidar principios esenciales como el uso pacífico del espacio, la interoperabilidad de sistemas, la sostenibilidad de las actividades y la transparencia en la exploración.
Para un país como Ecuador, incorporarse a esta arquitectura en formación significa ocupar un lugar en la definición de las reglas de gobernanza de la emergente economía espacial, un sector que las proyecciones internacionales sitúan como uno de los principales motores del crecimiento global en las próximas décadas.
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La cooperación espacial no es una idea lejana ni ajena a nuestra realidad. Puede generar beneficios concretos en áreas tan importantes como la agricultura, el monitoreo del ambiente y el clima, las telecomunicaciones, la medicina y la gestión de riesgos naturales. También puede impulsar el empleo calificado, transferencia tecnológica y atracción de inversión extranjera directa, herramientas indispensables para diversificar la matriz productiva y reducir su vulnerabilidad a los altibajos de las materias primas.
A estas ventajas se suma un activo geoestratégico único, frecuentemente subestimado y hasta ignorado: la posición ecuatorial del país. La Nasa ha explicado que estar sobre la línea equinoccial permite aprovechar mejor la rotación de la Tierra, lo que pudiera disminuir el uso de energía y combustible, además de reducir costos en determinados lanzamientos. A eso se suma otra ventaja importante: frente a varios puntos de salida, Ecuador tiene menos amenazas climáticas como huracanes o tornados, fenómenos que pueden alterar la programación de los despegues como ocurrió en la misión Artemis I, en 2022, cuya salida tuvo que postergarse.
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Sin embargo, la adhesión a los Acuerdos Artemis por sí sola no basta. El desafío radica en transformar ese paso inicial en una política de Estado con continuidad, visión y ejecución. Ello exige al menos cuatro líneas de acción convergentes: 1) la formulación de una estrategia nacional aeroespacial integral; 2) el fortalecimiento de alianzas público-privadas con actores líderes del sector; 3) la inversión sostenida en educación STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) desde la básica hasta la universitaria; y 4) una participación de liderazgo y propositiva en los foros de gobernanza de los Acuerdos Artemis.
La cooperación con Estados Unidos en este ámbito se enmarca, además, en un contexto más amplio de relaciones diplomáticas basadas en intereses compartidos y vínculos previsibles y orientados al largo plazo.
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Con Artemis II habiendo culminado su audaz periplo lunar, la ventana de oportunidad permanece abierta, pero no es ilimitada. La historia reciente enseña que las naciones que logran posicionarse en sectores emergentes son aquellas que logran alinear ambición estratégica, continuidad política y capacidad de ejecución.
Pero este desafío no es únicamente nacional. Es, sobre todo, regional. América Latina enfrenta una disyuntiva histórica: continuar como espectadora periférica de la nueva economía espacial o articularse como bloque capaz de generar capacidades propias, insertarse en cadenas globales de valor y negociar desde una posición de mayor densidad estratégica. La fragmentación regional, que ha limitado históricamente la proyección internacional del continente, constituye hoy el principal obstáculo —más incluso que las restricciones tecnológicas o financieras.
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En el mito griego, Apolo -dios de la luz, la profecía y la razón- guiaba a los héroes hacia lo desconocido, iluminando caminos que parecían imposibles. Hoy, en esta era de exploración renovada, el programa Artemis, heredero simbólico de aquel espíritu, representa el progreso humano.
América Latina, al unirse en esta gran empresa compartida, no solo abraza una oportunidad tecnológica o económica. Reafirma un compromiso civilizatorio con el uso pacífico del espacio, con la innovación como motor de desarrollo y con una alianza estratégica basada en valores comunes de libertad, democracia y búsqueda del conocimiento. La próxima frontera de nuestro progreso no es solo lunar o tecnológica. Es, ante todo, estratégica y moral.
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* Guillermo Lasso Mendoza es el expresidente de Ecuador
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