
“Lo que yo quiero hacer es imposible, pero es imprescindible” (General José de San Martín al General Juan Martín de Pueyrredón).
A principios de este milenio, tras la caída del Muro de Berlín, se pensaba que la democracia y los derechos humanos habían triunfado de manera definitiva. Sin embargo, los principales índices globales coinciden en una preocupante realidad: desde 2006, estamos inmersos en una recesión democrática global. La democracia, ese sistema que nos permite elegir y reemplazar a nuestros líderes en elecciones libres, se tambalea. Lo más alarmante es que el retroceso no siempre llega con tanques o golpes de Estado, sino que muchas veces se gesta desde adentro, cuando líderes electos erosionan gradualmente las instituciones y los contrapesos que protegen nuestras libertades.
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Esta tendencia, que algunos teóricos como Larry Diamond han llamado la “tercera ola inversa” de colapsos democráticos, está impulsada por la intensa competencia geopolítica entre Occidente y sus principales rivales, Rusia y China.
A diferencia de la Guerra Fría, este nuevo escenario es más complejo. Las autocracias no solo se resisten a la presión externa para democratizarse, sino que ofrecen un modelo alternativo al liberalismo. El éxito económico de China, por ejemplo, presenta un camino de desarrollo que aparentemente no necesita de elecciones libres ni de derechos civiles. Las autocracias, además, exportan herramientas de vigilancia digital y desinformación para debilitar a las democracias desde dentro.
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En este contexto de fragilidad global, el valor de nuestra propia democracia cobra un significado inmenso. El pasado fin de semana, los ciudadanos de la provincia de Buenos Aires, incluyendo a los vecinos de Balcarce, fuimos testigos y partícipes de un acto fundamental: las elecciones.
Ese simple acto de emitir un voto en una urna, de elegir libremente a nuestros representantes, no es solo un derecho, es un privilegio y una responsabilidad. En un mundo donde millones de personas no tienen esa posibilidad, donde la prensa es silenciada y las protestas son reprimidas, nuestra participación en el proceso electoral es un poderoso recordatorio de que somos nosotros, el pueblo, quienes tenemos el poder.
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La democracia no es perfecta. Larry Diamond, en su análisis, señala que la mala gobernanza, la corrupción y la desconfianza hacia las instituciones son factores que la debilitan. Sin embargo, la solución no es la apatía o la resignación. La solución, como él propone, es el fortalecimiento de nuestra propia gobernanza y la participación activa para exigir una mayor rendición de cuentas.
En este sentido, el pensador Pierre Rosanvallon nos recuerda que la ciudadanía no es pasiva, sino que ha desarrollado mecanismos de “contrademocracia” para expresar su descontento y vigilar a sus líderes.
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La elección en la provincia de Buenos Aires es una muestra de que nuestra democracia, con todas sus virtudes y defectos, sigue viva. El acto de ir a votar, de debatir ideas, de exigir transparencia y de hacer valer nuestra voz en las urnas es la defensa más poderosa contra la ola de autocratización que avanza en el mundo. Es nuestro deber, como ciudadanos, no dar por sentada la libertad que tenemos y utilizarla para construir un sistema más fuerte, transparente y justo, tanto en nuestra comunidad como a nivel global.
A partir del escenario bélico iniciado en 2022 en Ucrania, los campos de actuación internacional se han complejizado de forma notoria y ciertas divisiones ideológicas han tomado mayor fuerza (Stent, 2022). En este sentido, se ha agudizado la fractura entre “gobiernos democráticos vs. gobiernos autocráticos”, entendiendo como gobiernos autocráticos aquellos que amplían la esfera de acción del poder ejecutivo frente al poder legislativo y judicial. Paralelamente, también se reducen los controles sobre el accionar del Ejecutivo y la rendición de cuentas que este debe hacer frente a las instituciones se torna más escasa. Ello hace notar que existe una regresión democrática a nivel mundial, alcanzando actualmente los niveles de 1985, previos a la Caída del Muro de Berlín.
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¡La democracia republicana es imprescindible!
Así como San Martín sabía que cruzar los Andes era una empresa desmesurada, pero necesaria para la independencia, hoy defender la democracia puede parecer imposible frente al avance de autocracias y la erosión interna de las instituciones. Sin embargo, es imprescindible para garantizar libertades, derechos y futuro.
Escuché de un gran filósofo argentino, Santiago Kovadloff, decir: “La democracia concilia la ética o la ley, el derecho propio por el deber colectivo, la educación con el desarrollo, la no explotación de la pobreza como recurso político, y lo podemos hacer. Yo no sé si lo podemos hacer, es imprescindible”. La fortaleza política de un proyecto se mide por su dignidad.
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Que la vida no puede ser duración, porque no hemos nacido para durar, hemos nacido para perdurar, con proyectos de mayor dignidad para todos los argentinos. Dejar nuestras huellas en la vida como lo hicieron nuestros procederes nos mantendrá vivos en la nueva generación.
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