
En la Argentina de hoy, el comercio electrónico se ha convertido en mucho más que un canal de ventas: es un espejo del estado de ánimo social. Cada vez que se abre una app o se navega un marketplace, lo que está en juego no es solo la venta de un producto, sino una percepción: si el precio bajó, si hay stock, si hay cuotas, si hay confianza. En ese universo, la reciente apertura de importaciones aparece como un cambio de escenario profundo.
La flexibilización del acceso a productos del exterior —ya sin impuesto PAIS, con topes más altos para compras courier y menos obstáculos aduaneros— presenta una vidriera global al consumidor argentino. En un contexto donde el bolsillo aprieta, todo pesa. Pero si ampliamos la mirada, la pregunta se vuelve más incómoda: ¿cuánto cambia realmente del panorama de consumo la llegada de productos importados?
Durante los últimos diez años, la política económica osciló entre el cierre casi total del comercio exterior y su liberación más agresiva. En este péndulo —que no es nuevo en la historia argentina— el comercio electrónico se transformó en un actor que permite medir en tiempo real cómo usan su dinero los argentinos.
Hoy, como motor del consumo en los últimos años, el comercio electrónico corre el riesgo de ser también la cancha donde se juegue una competencia dispareja. Las empresas locales no solo enfrentan cargas impositivas más altas que sus pares del exterior: también deben lidiar con costos financieros más caros y regulaciones muchas veces desactualizadas.
A esto se suma un diferencial creciente en términos de escala y condiciones de acceso a insumos. Mientras una empresa internacional puede aprovechar acuerdos fiscales más livianos en sus países de origen, una pyme argentina sigue lidiando con retenciones a la hora de importar, percepciones duplicadas (como ha ocurrido con Ingresos Brutos).

El riesgo no es solo macroeconómico. También es social. La producción nacional genera empleo y dinamismo en las economías regionales. Si la apertura no contempla potenciar la competitividad de las empresas argentinas, puede que el precio final no esté en el ticket del consumidor, sino en la capacidad del país de sostener actores locales en pie.
La mitad de las empresas que participaron de Hot Sale 2025 fueron pymes. En un contexto de consumo intermitente y expectativas frágiles, los eventos de la CACE son una oportunidad para sostener ventas y generar visibilidad. En ese escenario, el rol de la cámara ha sido clave: no solo como organizadora, sino como articuladora de herramientas, capacitaciones y condiciones que permiten a los negocios locales competir, en igualdad de condiciones.
Es cierto que muchas medidas recientes han mejorado el ecosistema. El fin del impuesto PAIS llegó luego de mucha expectativa y representó un alivio para muchas empresas. Pero el camino hacia una competencia equilibrada no se resuelve solo bajando impuestos a las importaciones: también requiere fortalecer las condiciones para producir y vender dentro del país, reduciendo los impuestos laborales, provinciales y municipales para mejorar la competitividad de las PyMEs.
En este contexto, el comercio electrónico no es apenas una forma más de comprar. Es el canal que sostiene buena parte del consumo. Es un espacio donde miles de empresas argentinas pelean por seguir siendo visibles, relevantes y rentables. Por eso, entender su dinámica no solo es clave para leer el presente, sino para proyectar el futuro del consumo y la producción en la Argentina.
El autor es director de la Cámara Argentina de Comercio Electrónico (CACE)
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