
Los resultados de la Prueba Aprender 2024 no sorprendieron, pero sí deberían alarmarnos: solo el 14,2% de los estudiantes de secundaria logró un nivel satisfactorio en Matemática. Y mientras discutimos metodologías, calendarios y agendas políticas, miles de adolescentes salen del sistema educativo sin herramientas mínimas para leer el mundo con pensamiento lógico, crítico o estratégico.
Pensar cuesta. Y enseñar a pensar, más. Pero el pensamiento —y muy especialmente el pensamiento matemático— no se desarrolla sin foco, sin silencio, sin “cola en la silla” y sin procesos sostenidos que permitan ahondar, equivocarse y volver a empezar. En un contexto de hiperestimulación, dispersión digital y escasez de rutinas cognitivas sostenidas, el aula debe volverse un refugio para el pensamiento lento y profundo. No lo está siendo.
Sumemos a eso una realidad compleja: la convivencia de múltiples niveles de aprendizaje en una misma aula, producto de una ley de inclusión que defiendo, pero que no se acompaña con presupuesto real ni con multiplicación de recursos humanos especializados. Incluir no es amontonar. Incluir es sostener, diferenciar, adaptar y acompañar. Y si cada vez tenemos más diversidad sin recursos para abordarla, el aprendizaje de todos —especialmente el de quienes ya estaban en mayor riesgo— se debilita.
A esto se suma otro principio que, bien planteado, puede ser poderoso, pero mal ejecutado, genera consecuencias invisibles: la idea de que las trayectorias son siempre responsabilidad de la escuela, y no del estudiante. La repitencia ha sido cuestionada (con razón), pero sostener que nadie debe repetir sin poner a disposición estructuras de apoyo serias y sostenidas es una forma de abandono encubierto. Promover sin acompañar es fingir equidad.
Mientras tanto, en el aula, docentes que dan lo mejor de sí se encuentran enseñando un mismo tema a chicos que resuelven derivadas y a otros que aún no dominan la multiplicación. Sin formación específica ni herramientas didácticas para gestionar esa brecha, la matemática se vuelve una materia imposible. Para los estudiantes y también para sus docentes.
Y ahí vuelvo al inicio: pensar cuesta. Y sin comprensión, no hay aprendizaje duradero. Necesitamos menos pruebas estandarizadas que confirman lo que ya sabemos y más decisiones pedagógicas basadas en el aula real. Con propuestas concretas, con equipos fortalecidos, con capacitación situada, con foco en las emociones y en la motivación. Porque los estudiantes no fallan. Fallamos los adultos cuando no hacemos del aprendizaje algo posible, comprensible y significativo.
Algunas claves para transformar
En el aula: trabajar pensamiento matemático con rutinas de pensamiento, contextos reales, juegos, tecnología bien usada y tiempo de silencio que invite a la concentración.
En casa: conversar, no controlar. Preguntar cómo pensaron, no cuánto se sacaron. Aburrirse a veces también está bueno.
En el sistema: presupuestar la inclusión. Escuchar a quienes están en el aula. Recuperar la idea de que aprender lleva tiempo. Y que ese tiempo vale.
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