
De chica dibujaba tanto que su madre, cuando se portaba mal, le quitaba los lápices como castigo. No era un capricho menor: para Eunice, dibujar era casi respirar. Y sigue siéndolo.
Siempre tuvo algo de insolente. Y esa insolencia también está en su pintura.
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Nació en Concepción del Uruguay y pasó su infancia en Basavilbaso. Muy joven se vino a Buenos Aires para estudiar arte. Pero paralelamente encontró un camino inesperado: Instagram. Allí, armó una especie de blog visual desde donde habla de pintura, enseña, opina y se muestra.
Tiene más de 230.000 seguidores en su cuenta de Instagram, abierta en 2024.
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No creo que haya un solo crítico de arte en Argentina —incluyéndome— que tenga esa cantidad de gente escuchándolo hablar de arte.

Y ese fenómeno no es un detalle menor.
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Su pintura refleja algo de ese mundo de exposición pública: muchas veces se pinta a sí misma. Incluso hay un cuadro donde aparece duplicada: La misionera. En esa obra, entre flores, enormes hojas y hongos, aparecen dos retratos de sí misma. Casi sin llamar la atención, vemos una víbora coral enredada en un brazo, un puñal en la mano de una de ellas cerca del pecho de la otra y una mano ensangrentada.
“Está presente el mito de la manzana y el pecado. La manzana cuelga, sin ser mordida; la serpiente, que es el pecado, está entrando en el pantalón porque es el hombre el que en realidad está pecando —un hombre que no aparece—. Ella, que mira al espectador, no quiere reconocerlo; la que la mira con el corazón ardiendo ya lo sabe”, dice Eunice.
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Pero su obra no se queda en el narcisismo típico de la era digital.
Balbi tiene formación. Se nota en el manejo del color —frondoso, vibrante— y en una estructura pictórica sólida. Pero al mismo tiempo hay en su pintura una ingenuidad fértil que parece venir de su historia familiar.
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Por un lado, una tradición católica.
Por otro, una cultura rural casi chamánica: esas curanderas de campo que te sacan el mal de ojo y mezclan superstición con fe.
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Ambos mundos aparecen en sus cuadros.
En Basavilbaso vemos una familia en el campo y una casona al fondo. Bicicletas, niños y una madre con un bebé en brazos. La luz y el clima recuerdan a los cuadros de Grant Wood y Andrew Wyeth. Pero aquí retrata a su tatarabuela con sus hijos. Dicen que Eunice se parece a ella, Hortensia Balbi, una mujer sufrida que hacía conjuros contra los hombres malos y que parece revivir en esta pintura.
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También aparecen las lecturas feministas y políticas que fue incorporando en Buenos Aires.

Todo eso se mezcla en imágenes que combinan mitología del litoral, paisaje mesopotámico y una iconografía muy personal.
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En uno de sus cuadros, por ejemplo, dos niñas están al borde de un arroyo mientras entre el follaje aparecen criaturas mitológicas del litoral.
Esa mezcla es parte de su carácter.
Balbi no respeta demasiado las fronteras. Puede pintar al Gauchito Gil, con una estética que recuerda a un joven queer, o mezclar lo religioso con lo pagano sin pedir permiso.
Es insolente, sí. Pero en el mejor sentido de la palabra.

La muestra actual en Cassia House confirma algo que ya se intuía: estamos frente a una pintora joven a la que vale la pena seguirle la pista.
Balbi vive dentro del arte. Habla de arte, enseña arte, discute arte. A veces, con una verborragia que contrasta con su tendencia a aislarse, literalmente desaparecer para pintar.
Habla en un lenguaje llano y comprensible, muy distinto del tono críptico y elitista que suele dominar el discurso del arte contemporáneo. De ahí, probablemente, la cantidad de seguidores.
Logra algo que muchos críticos no conseguimos: que la gente quiera escuchar cuando alguien habla de arte.
Y eso, en este medio, no es un detalle menor.
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