
Fue argentino. El primer Papa Latinoamericano. El primer Jesuita en ocupar el lugar de Pedro. Hoy, mi hijo menor lleva su nombre en su memoria. Quisiera que crezca defendiendo los mismos valores que ese Papa defendió en vida.
Francisco se ha ido y nos ha dejado un vacío que será muy difícil de llenar. Yo, un católico que siempre cuestionó el poder clerical de la Iglesia, por primera vez me sentí parte de esa Iglesia cuando Francisco se puso al frente de ella. Recién entonces fue que observé que la Iglesia alzaba su voz contra la injusticia social y volcaba su mirada sobre los excluidos.
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Los desamparados sociales, los emigrantes de la pobreza y las minorías maltratadas por su condición de género, tuvieron en Francisco quien los defienda en un tiempo en que la globalización solo distribuye miseria y promueve al más cruel individualismo narcisista.
Criticó a la ostentosa Europa, que tras saquear durante siglos las riquezas africanas, hoy se inquieta por los hijos de esa tierra que buscan en el “viejo mundo” una vida digna. Enfrentó el descaro de un sistema económico global en donde muy pocos ganaban a costa del hambre de las mayorías.
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Se animó a hablar de “Justicia Social” sin tapujos como muchos no lo habían hecho. Denunció los cuatro pecados de los medios de comunicación: la desinformación, la calumnia, la difamación y la coprofilia, una atracción fetichista por los excrementos. Criticó también las prácticas judiciales. “El lawfare comienza por los medios de comunicación, que descalifican y meten sospecha de un delito”, dijo.
Avanzó contra los manejos económicos turbios del Vaticano y apartó a los pedófilos que deambulaban envueltos en sotanas por las iglesias del mundo.

La vida me otorgó el privilegio de tratarlo mucho más de lo que yo hubiera podido imaginar. Todo empezó a tejerse con aquella primera larga charla que mantuvimos en una sala que nos prestó nuestro dentista en común el día previo a que viajara al cónclave que lo convirtió en Papa.
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A partir de allí, yo le mandaba mis carillas escritas y él me respondía escuetas esquelas con una letra minúscula y una sabiduría inmensa. Un día le pedí ayuda para reclamar por la libertad de Lula y solo una semana después estábamos recibiéndola en una pequeña sala de Santa Marta. Su compromiso era franco y expuesto. No quería ser parte de una “operación mediática” sino que quería ser actor central del reclamo.
Cuando asumí la presidencia en Argentina, lo visité en la Biblioteca Pontificia del Vaticano. Nunca olvidaré sus palabras que sonaban a predicción. Todo cuanto me dijo terminó ocurriendo.
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Seguimos hablándonos o intercambiando palabras escritas a lo largo de la pandemia. Estuvo presente ayudándonos a renegociar una deuda cruel que habíamos heredado y que no queríamos que postergue a nuestra Patria. Siempre estuvo a nuestro lado cuando reclamamos recuperar nuestras Islas Malvinas. Pocos argentinos saben lo mucho que en silencio hizo Francisco por nosotros.
Lo visité en enero con mi hijo Francisco. Lo colmó de golosinas y lo bendijo. Después hablamos del presente argentino que tanto lo inquietaba.
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En la última Navidad, cuando en Argentina los medios de comunicación y la Justicia me cancelaban socialmente, él sostuvo mi espíritu con palabras reconfortantes que nunca podré olvidar.
Guardo para mí cada carta o esquela que nos cruzamos. Mi memoria y mi alma están impregnadas de sus palabras que siempre fueron enseñanzas.
En Argentina quedan sus apóstoles. Esos Curas Villeros que predican allí donde la pobreza castiga a nuestros compatriotas. Ellos sienten el deber moral de sacar a nuestros prójimos del cono de sombra en el que están atrapados.
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Se fue Francisco. Nos inunda el dolor. Nos quedan sus enseñanzas. Se fortalecen nuestros valores y multiplican nuestros compromisos. Se ha ido el último pastor que he conocido.
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