
Ayer le escribí al Presidente para pedirle si podía hablar con él. A los pocos minutos, me llamó y le conté que, con el recorte tergiversado del discurso de Davos, tenía amigos que me decían que estaban dolidos. Me respondió lo que yo ya sabía, porque lo había hablado con él y porque lo había dicho en decenas de entrevistas: que está de acuerdo con el matrimonio igualitario, ya que no es otra cosa que los mismos derechos y la igualdad ante la ley. Y que, para él, la libre sexualidad de las personas, siempre de manera consensuada, merece todo su respeto.
Me dio algunos ejemplos, incluyendo el mío, y reafirmó su absoluta convicción de que el Estado no tiene nada que hacer ahí. Me recordó su guía de vida y de gobierno: el liberalismo como respeto irrestricto del proyecto de vida del otro, basado en el principio de no agresión y en la defensa de la vida, la libertad y la propiedad.
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Le pregunté si podía contar nuestra charla, y me dijo que sí.
¿Por qué la quiero contar? Porque me indigna que partidos políticos usen la sexualidad de las personas para tratar de sacar una tajada política, pero, sobre todo, porque me repugna ver políticos jugando con los miedos y los dolores de personas —muchos amigos míos— en un país donde no está en riesgo ni la libre expresión de la orientación sexual ni ninguna otra libertad individual.
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Más me repugna aún ver que son los mismos que se callaron y no dijeron nada ni marcharon por Cecilia en el Chaco, ni por Lucio Dupuy, ni por la sobrina de Alperovich, ni por la secretaria de Espinoza y, por supuesto, mucho menos porque el ex presidente Alberto Fernández esté denunciado por golpizas a su mujer. Y más aún, son los mismos que marchan con banderas de países como Palestina, donde, por el simple hecho de ser gay, nos matarían. O con camisetas con la cara del Che Guevara, el único ser humano que fundó un campo de concentración específico para homosexuales.
Yo empecé mi militancia política por ser gay. Me pasaba todo el día en el Congreso golpeando los despachos de los legisladores, pidiéndoles que votaran a favor del matrimonio igualitario. También, por ser gay, me volví liberal, porque pensé que, si para mí había una libertad limitada tan importante como la libre expresión de mi sexualidad y de amar libremente, evidentemente tenía que defender no solo una libertad, sino todas las libertades. Desde entonces, tomé como eslogan de vida que yo no quiero que el Estado ni nadie se meta ni con mi plata ni con mi cama.
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Juan José Sebreli, quien había fundado el Movimiento de Liberación Homosexual, solía decir que, para él, con la aprobación del matrimonio igualitario había terminado la lucha, porque se había logrado la igualdad ante la ley, es decir, los mismos derechos. Y que, por ende, continuar con la lucha —es decir, obtener cosas diferenciadas— implicaba buscar privilegios. Nosotros luchamos para tener los mismos derechos que los heterosexuales, y no unos distintos.
Yo, como diputado, voy a defender siempre el matrimonio igualitario, la igualdad ante la ley y todas y cada una de las libertades individuales, venga de quien venga el ataque. Pero lo que no voy a permitir es que los mismos de siempre pretendan imponernos qué tenemos que pensar, qué tenemos que decir o a quién tenemos que apoyar. Los colectivos de la cultura de la cancelación son autoritarios, y a los autoritarios se los combate. Como decía la extraordinaria filósofa liberal Ayn Rand: “La minoría más pequeña en la Tierra es el individuo. Quienes niegan las libertades individuales no pueden pretender ser defensores de minorías.”
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Al clóset sexual no se vuelve más; al clóset ideológico, tampoco.
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