
La filosofía para niños surgió con Mathew Lipman, en Estados Unidos, en la década del `60, como propuesta pedagógica con el fin de desarrollar habilidades del pensamiento en la escuela primaria y secundaria. Se trataba de un conjunto de relatos que servían como textos de lectura y como disparadores para la discusión filosófica, sumado a una propuesta de formación a docentes que les permitía transformar el aula en una comunidad de indagación. Para ello, se planteaba la figura del maestro como facilitador, humilde en lo filosófico, pero fuerte en lo pedagógico, que encendiera la curiosidad en los más pequeños y los ayudara a desarrollar el pensamiento crítico.
Hay que entender que, al inicio de la edad escolar, promover la filosofía no implica formarlos en sistemas filosóficos, tal como se enseña en la universidad, sino que se trata fomentar la creatividad y las capacidades de análisis para que puedan aprender a reflexionar.
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Enseñar a pensar a los más chicos, es hacer que puedan hacerse preguntas, que aprendan a cuestionar lo establecido con fundamentos, a asombrarse frente a lo cotidiano, a deconstruir el mundo dado de antemano, pero no en el sentido de destruirlo, sino de poner en tensión las prácticas y los discursos hegemónicos y naturalizados como válidos.
Si bien, en general, los niños y las niñas a los 3 años preguntan el porqué de las cosas, somos los adultos quienes podemos ir respondiendo sus curiosidades y, además, seguir instando a que indaguen y vayan por más.
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Es sabido que un pequeño de 5 años, ante una pregunta, puede dar hasta 200 respuestas creativas, mientras que a los 11 años solo puede dar 15. Esto se debe a la falta de incentivo que se vive en el aula y la ausencia de oportunidades de pensar libremente frente a una situación dada, de analizar distintas posibilidades o de poner en cuestión los conocimientos que la escuela da como absolutamente válidos.
Comúnmente en el aula se espera que, ante una pregunta, haya una determinada respuesta; es decir, que solo se promueve un pensamiento convergente. Para que ello no ocurra, es necesario que, desde pequeños, aprendan a argumentar, a hacer inferencias, a comparar, a detectar contradicciones, a pedir evidencia frente a algo dudoso, a cuestionar adecuadamente, a debatir con explicaciones, a aprender a formular hipótesis y a pensar ejemplos y contraejemplos de sus propios contextos, entre otras tantas habilidades.
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Una estrategia muy interesante es aprender con metáforas, esta figura del discurso en la que se traslada el sentido de una palabra a otra, las cuales pueden transformarse en herramientas de la comunicación científica a la hora de comprender un concepto.
Alicia Camilloni (2024) plantea que las metáforas no navegan solo en un mar de palabras, sino que orientan la comprensión y construcción de significados y del conocimiento. Pueden convertirse en una manera alternativa para rescatar la capacidad creativa y lúdica de los estudiantes.
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Las metáforas interpelan al lector, lo hacen problematizar, interrogarse, lo sacuden en su ignorancia o silencio y se convierte en un punto de partida a la hora de aprender, en la búsqueda de una respuesta. Además, pueden convertirse en un acercamiento más analítico y reflexivo hacia el lenguaje.
En realidad, es usual que muchos profesores las usen en el aula sin plantearlo como estrategia de enseñanza. En química, se suele nombrar al dióxido de carbono como enemigo invisible, en ciencias naturales se habla de alimentos como fuente de energía, del código genético o el virus como intruso: en filosofía, se usa el término aldea global para hacer referencia a la masividad e inmediatez de las comunicaciones, entre otros tantos.
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Ahora bien, este tipo de enseñanza y de aprendizaje que rompan la estructura tradicional de la escuela, será posible siempre y cuando haya docentes capacitados en tal sentido, abiertos a nuevas formas de enseñar, flexibles y que den confianza y tiempo a los chicos para que puedan expresar lo que piensan.
Nada será posible si los elementos de la tríada: docente-alumno y contenido no se entrelazan entre sí o si prevalece uno por sobre el otro. Y, si bien es el docente quien tiene responsabilidad personal al tomar decisiones en las situaciones pedagógicas, es en el entramado entre los tres cuando se produce el aprendizaje.
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Enseñar a pensar con flexibilidad, potenciando el pensamiento divergente que le permita a los alumnos ir por distintos caminos no es una moda, sino un compromiso con las generaciones de hoy, en estos tiempos complejos.
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