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OPAL: de exportar reactores a desfinanciar el desarrollo nuclear argentino

Sólo un país que apuesta por la ciencia y la tecnología es capaz de transformar conocimiento en producción con valor agregado, generar trabajo de calidad y fortalecer su soberanía

OPAL - Open Pool Light Water
OPAL - Open Pool Light Water
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Hace exactamente veinte años, en 2006, como canciller, tuve la oportunidad de participar, en Australia, del proceso de puesta en marcha del reactor nuclear OPAL (Open Pool Light Water). Construido por la empresa estatal INVAP con el apoyo de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), este proyecto se convirtió en la mayor exportación argentina de tecnología “llave en mano”, luego de que INVAP se impusiera en una licitación internacional frente a algunas de las principales empresas nucleares del mundo.

A dos décadas de su puesta en marcha, OPAL es una de las principales infraestructuras científicas de Australia. Desde entonces, produjo más de 10 millones de dosis de medicina nuclear destinadas al diagnóstico y tratamiento de enfermedades, permitió irradiar más de 900 toneladas de silicio y generó neutrones utilizados en alrededor de 8.000 experimentos científicos.

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Todo esto fue posible gracias a la excelente formación de nuestros científicos y técnicos y al desarrollo de capacidades industriales nacionales. La articulación entre el Estado, el sistema científico-tecnológico y el entramado productivo permitió que las principales partes del reactor fueran realizadas por INVAP en Bariloche, con la participación de alrededor de 80 empresas y organismos argentinos, y con la CNEA a cargo de la fabricación de los combustibles. En este sentido, OPAL es un claro ejemplo de que la inversión en conocimiento y el desarrollo de capacidades propias se traducen en exportación de producción argentina con valor agregado, generación de empleo calificado y, por ende, una mayor autonomía para nuestro país.

A lo largo de su historia, la Argentina logró consolidarse como un país de referencia internacional en el desarrollo nuclear con fines pacíficos. Ese recorrido se expresa tanto en la CNEA como en Nucleoeléctrica Argentina S.A. y las tres centrales nucleares que opera: Atucha I, Atucha II y Embalse, que cumplen un papel fundamental para el desarrollo energético, tecnológico, industrial y científico nacional.

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Hoy, ese patrimonio estratégico está en riesgo como consecuencia del desfinanciamiento de la CNEA, la decisión de despedir personal especializado y la paralización del proyecto CAREM, todas acciones que comprometen décadas de inversión pública y conocimiento acumulado, debilitan la capacidad de desarrollar tecnología nuclear propia y ponen en riesgo la posición de la Argentina en un sector estratégico.

A esto se suma el desconocimiento explícito por parte del gobierno de Milei del valor estratégico de la relación con Brasil, que tiene en el ámbito nuclear uno de sus mayores logros. Desde 1991, la Agencia Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares (ABACC) constituye una experiencia fundamental de confianza mutua, que garantiza a ambos países y a la comunidad internacional el uso exclusivamente pacífico de los materiales e instalaciones nucleares. Debilitar el vínculo con el país vecino implica poner en riesgo una cooperación estratégica que permite ampliar la escala de nuestros proyectos, potenciar capacidades compartidas y fortalecernos en un escenario internacional cada vez más competitivo e inestable.

Este aniversario nos interpela a reflexionar y a defender la inversión pública en sectores estratégicos para el desarrollo de nuestro país. Sólo un país que apuesta por la ciencia y la tecnología es capaz de transformar conocimiento en producción con valor agregado, generar trabajo de calidad y fortalecer su soberanía. En la Argentina esto no es una posibilidad abstracta, nuestra propia historia reciente ofrece experiencias concretas que demuestran que es posible diseñar y sostener políticas de Estado exitosas orientadas al desarrollo científico y tecnológico.

Hace veinte años, OPAL materializó una Argentina capaz de competir con las principales empresas nucleares del mundo y exportar un reactor desarrollado por una empresa estatal. Defender la ciencia y la tecnología nacional es, en definitiva, decidir qué lugar queremos ocupar en el mundo, porque sin conocimiento propio no hay autonomía posible, ni producción con valor agregado, mucho menos, desarrollo soberano.