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José de San Martín: el bienestar general antes que la ambición personal

La trayectoria de Libertador nos recuerda, del principio al fin, que las grandes gestas solo se alcanzan cuando hay líderes que comprenden que la mayor gloria reside en servir al interés del conjunto

José de San Martín - monumento en Lomas de Zamora
(Crédito: OADM)
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Cada 17 de agosto, la memoria colectiva suele recordar desde la frialdad del bronce y la solemnidad de los monumentos a uno de nuestros fundadores: José de San Martín. Sin embargo, para descubrir la verdadera grandeza del Libertador de América, resulta indispensable descorrer ese velo mítico y recuperar su dimensión humana: la del estratega militar pero también la del administrador honesto, el líder público comprometido y el ciudadano profundamente ético. En una época donde las sociedades reclaman referentes de honestidad y decencia pública, la figura del Gobernador Intendente de Cuyo recobra una vigencia de moral pública que estremece, interpelándonos ya no desde la lejanía de la monumental epopeya del Cruce de Los Andes y las batallas épicas, sino desde el llano de la conducta diaria y el compromiso cívico.

Este destino de servicio comenzó con la vida de un niño en la sencillez de Yapeyú, donde nació el 25 de febrero de 1778 en un hogar hidalgo caracterizado por la carrera militar de su padre, el apego al trabajo y la disciplina. Esas raíces de esfuerzo constante moldearon un carácter inquebrantable que más tarde se perfeccionaría en el continente europeo. Allí, durante dos décadas de distinguida carrera en las filas del ejército español, adquirió una sólida experiencia en táctica, logística y administración de recursos que lo transformaron en un líder completo. No obstante, al enterarse de los vientos revolucionarios que soplaban en su tierra natal, renunció a las oportunidades de su carrera militar y, tras asociarse en logias políticas en Cádiz, desembarcó en Buenos Aires en marzo de 1812 decidido a ofrecer su conocimiento a la “causa de la revolución” que recién iniciaba.

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Desde su llegada, asumió la tarea de profesionalizar el esfuerzo bélico mediante la fundación del célebre Regimiento de Granaderos a Caballo, concebido como una verdadera academia de honor, rectitud y elevación de carácter. Fue en ese período de organización febril donde forjó una indestructible amistad y comunión ideológica a través de la “unidad de miras” con Manuel Belgrano. Ambos patriotas compartían la convicción de que la causa de la independencia requería tanto destreza militar como educación universal, patriotismo y profunda integridad moral. Esta mutua confianza quedó inmortalizada en las sentidas cartas donde Belgrano, reconociendo la pericia de su camarada, le manifestaba su absoluta fe en que, bajo su mando, la patria encontraría finalmente su salvación frente a las amenazas que la acechaban.

San Martín y Belgrano
El encuentro entre San Martín y Belgrano

Ante las dificultades de la revolución “que no hacía camino” por el Norte y la delicada situación en las provincias, San Martín advirtió la necesidad de un cambio sustancial en la estrategia de liberación y propuso establecer una base de operaciones sólida en la región cuyana. Así, por propia iniciativa y solicitud, fue nombrado Gobernador Intendente de Cuyo el 10 de agosto de 1814, asumiendo su cargo formalmente en Mendoza a principios de septiembre de ese año. Sus primeras disposiciones y acciones gubernamentales definieron la impronta ética de su gestión que inmediatamente le concedieron el apoyo del pueblo cuyano, en tanto redujo su propio salario y estilo de vida en pos del esfuerzo que la hora demandaba, convencido que, en momentos de sacrificio colectivo, cualquier lujo de la clase dirigente constituía una afrenta intolerable para el pueblo.

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La Gobernación de Cuyo demostró que el talento estratégico de San Martín era tan brillante en el plano civil como en el militar. Bajo su liderazgo en Mendoza, San Juan y San Luis, se construyó un modelo de administración transparente e integrador, donde la salud pública, el orden de la hacienda pública, el cuidado de la infraestructura y el desarrollo económico y social se convirtieron en prioridades cotidianas. Promovió campañas masivas de vacunación, reguló el funcionamiento de las pulperías, prohibió los juegos de azar y la vagancia, ordenó la limpieza de las calles y la ampliación de la histórica Alameda. Además, mediante ordenanzas innovadoras para el aprovechamiento racional del agua y la tasación justa de las tierras, dio un impulso definitivo a la ganadería, la agricultura y la naciente industria vitivinícola de la región.

En consonancia con el ideario de Belgrano, San Martín colocó a la instrucción pública como el pilar fundamental sobre el cual debía erigirse la libertad e independencia, sosteniendo que la ignorancia representa el terreno más fértil para el florecimiento de las tiranías. Durante su gestión instruyó a los maestros bajo severos principios pedagógicos y luego donó generosamente sus propios libros para el establecimiento de bibliotecas. Para el Libertador, la emancipación no se limitaba al triunfo militar sobre las fuerzas españolas, sino que requería la formación de ciudadanos libres, afirmando que la creación de bibliotecas y escuelas constituía una herramienta mucho más poderosa que los ejércitos para consolidar el destino de felicidad de los pueblos.

En paralelo al gobierno progresista de cuyo, el Gobernador tejió un plan secreto de contrainteligencia de una audacia sin precedentes, conocido como “guerra de zapa”. A través de una vasta red de informantes y espías que actuaban al otro lado de la cordillera bajo identidades fingidas, San Martín logró desorientar por completo a las fuerzas realistas en Chile y al gobernador Marcó del Pont. Sembrando rumores falsos y recopilando datos geográficos exactos, preparó el terreno para el cruce andino. Así, al comenzar el año 1817, las divisiones del Ejército de los Andes atravesaron el coloso montañoso de forma simultánea por seis rutas distintas, desconcertando a las fuerzas realistas y logrando victorias militares con el menor impacto posible sobre la población civil.

Cruce de Los Andes
Más allá de su dimensión militar y política, constituyó un desafío de planificación y abastecimiento sin antecedentes en el continente (Foto: Movant Connection)

Sin embargo, toda esta formidable preparación carecería de legitimidad sin una proclamación formal de soberanía que respaldara legalmente la expedición militar. Desde el campamento de El Plumerillo, San Martín mantuvo una insistente y urgente correspondencia con el Congreso de Tucumán a través de su amigo, el diputado Tomás Godoy Cruz, urgiendo a los legisladores a formalizar la ruptura absoluta con la Corona. Con fina ironía, señalaba lo absurdo que resultaba continuar combatiendo y acuñando moneda propia bajo una supuesta subordinación colonial. Su presión fue determinante para que el congreso, presidido por el sanjuanino Francisco Narciso de Laprida, declarara solemnemente la Independencia el 9 de julio de 1816, dotando al Ejército Libertador de Los Andes y su misión continental del estatus jurídico indispensable ante las potencias del mundo.

En medio del torbellino revolucionario, las tierras mendocinas le ofrecieron también el cobijo del hogar y la felicidad familiar con el nacimiento de su hija Mercedes Tomasa, el 24 de agosto de 1816. Mendoza se grabó de tal manera en su alma que su mayor aspiración de retiro consistía en asentarse como un simple labrador en su Chacra de los Barriales, el refugio que denominaba “Mi Tebaida”. No obstante, la verdadera cumbre moral de su existencia se consumó tras la expedición al Perú, donde luego de ejercer un gobierno progresista que sentó las bases de la futura república, prefirió renunciar a su cargo de Protector de Perú y, tras su histórica reunión con Simón Bolívar en Guayaquil, se apartó voluntariamente para evitar divisiones y luchas internas y de esa forma dejar libre el camino para la consolidación de la independencia de América. Al cumplirse un nuevo aniversario de su muerte, la memoria de aquel austero gobernante y libertador nos recuerda que las grandes gestas solo se alcanzan cuando sus líderes están dispuestos a anteponer el bienestar general por encima de cualquier ambición personal.