En el último tiempo, el carry trade fue la estrategia financiera ganadora en el mercado argentino, con rendimientos de hasta el 4% mensual producto de una tasa real positiva y un tipo de cambio controlado. Pero esta estrategia comienza a mostrar signos de agotamiento y alerta a los mercados. El dólar atrasado, el cepo cambiario imposible de eliminar en el corto plazo, y la tendencia al fortalecimiento internacional del dólar, parecen indicar que el mercado argentino se dirige a una corrección inevitable.
El cepo cambiario fue implementado inicialmente para contener una fuga masiva de divisas, protegiendo a la economía de crisis internacionales y generando la sustentabilidad del carry trade. El costo fue el aislamiento de la economía argentina y la perdida de inversiones, entre otros. Hoy, en el corto plazo, con un esquema de reservas netas negativas, liberar el cepo no parece una opción posible, ya que dejaría a la economía argentina al borde de una corrida cambiaria y también desprotegida ante una crisis internacional, como le paso a Mauricio Macri con la devaluación de la lira turca y el fly to quality de los flujos de emergentes.
Si bien el consenso general de los actores económicos es que se debería eliminar el cepo, sería más conveniente no hacerlo en esta situación de debilidad macroeconómica. En todo caso, pequeñas liberalizaciones pueden mitigar la tensión con el mercado, pero la eliminación total sería un acto temerario.
El programa económico del Gobierno tiene dos anclas claras: superávit fiscal, y tipo de cambio controlado con un crawling peg del 2%. Como toda decisión, esto tiene un costo. Y el costo de sostener el tipo de cambio es que la economía ha perdido competitividad internacional.
Con los costos internos creciendo, el dólar “planchado”, y otras economías emergentes como México o Brasil devaluando para no perder competitividad, Argentina enfría su comercio internacional a un ritmo insostenible. El escenario es mucho peor si tenemos en cuenta que el triunfo de Donald Trump, en función de lo que fue su presidencia pasada y su plataforma de campaña, apunta a una política monetaria de fortalecimiento del dólar. Una tormenta perfecta que hace inevitable una corrección cambiaria.
El Gobierno lo sabe y trata de evitarlo, a sabiendas de que, si bien esto mejorara la competitividad externa, podría tener impactos significativos en el corto plazo de los precios internos, reavivando el ciclo inflacionario y perpetuando la inestabilidad económica.
Ante este escenario, no parece desacertado comenzar a dolarizar carteras, al menos en un porcentaje. Si bien el carry trade puede seguir rindiendo hasta principios del 2025, una dolarización de cartera vía bonos, ON o Cedears, puede entenderse como una suerte de seguro ante una falla del programa económico.
En este menú, las empresas de primera línea realizan licitaciones primarias de ON que pueden, tranquilamente, ofrecer en promedio 7% de rendimiento en dólares. Los bonos argentinos hard dollar aún tienen rendimientos importantes, y en cuanto a los Cedears, si bien hay que ser más selectivos, es una gran opción en el largo plazo.
Ahora bien, pese a todo esto, también hay que reconocer que, como se dice en el futbol, el gobierno viene teniendo la “suerte del campeón” de contar con acciones exógenas que lo han ayudado a sortear dificultades.
El éxito del blanqueo, la liquidación de cosecha de este año y las buenas expectativas para la próxima, el triunfo de Trump y lo que eso puede significar en la asistencia del FMI, han sido hasta ahora como la atajada con el pie del “Dibu” Martínez a Kolo Muani en la final del mundial 2022. Resta ver si esta suerte lo sigue acompañando al gobierno en esta nueva etapa.
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