
Tomar las palabras del discurso político a su face-value constituye, naturalmente, un error singular. Para un ciudadano de a pié un engaño, para un estudioso una grosería. Tales vocablos no tienen por fin reflejar la realidad, como ocurre en el discurso filosófico o en el científico, sino, más bien, indicar amigos y enemigos y, eventualmente, mover a la acción. Por eso interesan especialmente para detectar motivaciones subyacentes y prever ulteriores posicionamientos de quien los emite. En ese sentido, los cambios en el lenguaje de un líder o de una fuerza política dados permiten acceder a procesos de transformación en curso que no se quieren explicitar cabalmente.
Esto es lo que viene ocurriendo durante los últimos años en el mayor movimiento político de la Argentina. Obviamente el Peronismo. Hoy miraremos estas mutaciones a través de dos términos-conceptos: “derecha” y “gorilas”.
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En los últimos años, prominentes dirigentes del sector kirchnerista –que controla orgánicamente al PJ- han usado con cada vez mayor frecuencia el vocablo derecha para designar al enemigo, sin utilizar jamás con tonos denigratorios la palabra izquierda. Y en política el señalamiento del enemigo es una definición previa y elemental a pesar del escándalo de las almas bellas…
En vano se buscará en los documentos oficiales del Peronismo desde sus orígenes o en la rica producción del propio Perón tal posicionamiento. Si hemos de atender a dónde se situaba el objeto de la enemistad política de la fuerza surgida en 1945 encontraremos en reiteradas ocasiones las palabras “oligarquía”e “imperialismo”.
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La primera es usada en su sentido específicamente político, es decir que lo que se denunciaba el control del poder por minorías sin representatividad social que incluían a todos los partidos preexistentes. La segunda aludía al hecho históricamente datado del enfrentamiento, no buscado por Perón, con los núcleos izquierdizantes anidados en el Departamento de Estado de Estados Unidos, desde Cordell Hull hasta los asesores de Braden, que precisamente atacaban al dirigente argentino como presunto supérstite de los regímenes de presunta derecha vencidos en el campo de batalla.
En esa línea Perón no dejará de denunciar (vid. los artículos de “Descartes” en el diario Democracia), con motivo de la guerra civil china –por ejemplo-, las tendencias contemporizadoras con el Comunismo presentes en la Administración estadounidense. Los ataques al “imperialismo” se harán cada vez más infrecuentes precisamente cuando la derecha llegue al gobierno en Washington con el General Eisenhower y éste envíe a su hermano Milton a acordar con el gobierno de Buenos Aires.
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Complementario con el anterior es el uso distorsionado de la palabra “gorilas”, pintoresca expresión surgida de un programa humorístico muy popular en 1955. Para los peronistas de entonces gorilas eran sus adversarios más recalcitrantes, especialmente los que llegaron a controlar el poder tras la destitución del General Lonardi, en noviembre de aquel año. Ahora bien: la dicotomía Derecha-Izquierda es irreductible a la de Peronistas-Gorilas, y recíprocamente. Los gorilas no eran necesariamente derechistas. Lejos de ello; merecían también tal apodo los socialistas, comunistas y progresistas varios que, por entonces, accedieron a la sala de mandos de la Universidad estatal o intentaron, con el respaldo de algunos militares, adueñarse de distintos sindicatos. Y, a su vez, los peronistas originales, por sí mismos, no albergaban particulares simpatías por la izquierda, como se comprobaría de manera sangrienta desde 1969 en adelante.
Hoy se adjudica el sambenito de Gorilas no a los enemigos del Peronismo propiamente dicho sino a quienes resisten a la Izquierda, sea en el plano político como en el cultural. Con lo cual dicha Izquierda busca adquirir lo que alguien llamó “la popularidad por contraste”.
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El proceso de vaciamiento y transculturación del Peronismo-realmente-existente se halla muy avanzado. Una reciente encuesta de la UBA acreditaría que un alto porcentaje de los votantes de Massa asumen las posturas del progresismo y rechazan las definiciones del denominado “conservadorismo social” en temas tales como la ideología de género, el aborto, la subrogación de vientres, etc. Una situación inversamente simétrica a la que caracteriza a los votantes de Milei. Y este sí que es un proceso que puede trascender lo coyuntural. Más allá de la capacidad de control del Kirchnerismo, y del tiempo durante el cual pueda mantenerla, lo que se puede estar fraguando es un progresismo de masas como no ha existido previamente en la Argentina.
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