
La segunda etapa del programa de estabilización intervencionista que encararon el presidente Javier Milei y el ministro de Economía Luis Caputo tiene como condiciones necesarias (y esperadas) una serie de variables domésticas y externas. Cualquier desajuste de esas variables sumaría riesgos a un camino que, de movida, es muy delicado.
Internamente, lo primero que necesita el Gobierno es que la mayoría de la sociedad siga priorizando la baja de la inflación por sobre la salida de la recesión. El 4% mensual registrado en julio, a pesar de ser algo más elevado que lo esperado por Economía, es la cifra más baja en un año y medio, constituyendo otro paso en la dirección correcta. Pero algunas encuestas ya muestran que la posibilidad de perder el empleo o las dificultades para llegar a fin de mes en el contexto de ajuste permanente ya trepan lugares en las preocupaciones sociales. Milei todavía disfruta el crédito de haber frenado la espiral de precios que se avecinaba a fin de 2023. Pero estos cambios de opinión tienden a ser vertiginosos: una vez que la gente tome la baja de la inflación como un derecho adquirido, las demandas mudarán de vehículo muy rápidamente.
En el plano externo, Milei necesita un mundo con algunas certezas que hoy no existen pero le sirve que al menos no haya sofocones. Como pasó la semana pasada en los mercados globales, un estornudo en Japón puede desatar un tsunami en nuestras latitudes, pero estructuralmente no parece haber condiciones para que la falta de certeza se convierta en tempestad. Al contrario, el consenso indica que la Reserva Federal avanzaría finalmente este tercer trimestre con un proceso de baja de la tasa de interés de referencia. Por el lado de la economía real, sin embargo, un menor crecimiento de China seguramente mantenga a raya a los precios de los principales commodities que exporta Argentina.
Así las cosas, el programa de ajuste monetario con intervención con reservas en la brecha que se inauguró el mes pasado caminará un segundo semestre sin grandes vientos de cola ni de frente. La pregunta que resta resolver es si tiene las velas suficientes para llegar al puerto que vislumbra el gobierno: seguir bajando la inflación. ¿Qué necesita para eso? Primero, que la brecha no se agrande, lo cual sería un paso importante hacia el levantamiento del cepo comercial (la unificación del dólar importador con el dólar exportador), dejando restringidos los dólares para formación de activos externos y de ahorro.
La variable a mirar con microscopio, por supuesto, es la evolución de las reservas internacionales. Allí, el gobierno confía en la balanza comercial energética (que volverá a ser positiva luego de 15 años), en dólares que ingresen por el blanqueo para reforzar las reservas brutas, un posible REPO con bancos internacionales, desembolsos de organismos multilaterales (¿un nuevo acuerdo con el FMI por USD 5.000 millones?) y los últimos dólares que liquide el campo con el final de la cosecha gruesa.
Sin embargo, hay otras señales que no son favorables y suman presiones a la caja en dólares del BCRA: la baja sostenida del precio de la soja (en mínimos desde 2006) que según nuestras estimaciones va a generar una caída de las exportaciones cercana a los USD 1.800 millones, la demanda de dólares para cubrir el frente financiero de los próximos meses, la escasa cantidad de divisas que ingresarán por exportaciones en general (inversiones por RIGI no tendrían un efecto inmediato), y una demanda mayor por parte de importadores comparada con el primer semestre del 2024 (por la caída de la actividad y porque había muchos sobrestocks a finales de 2023) si la actividad empieza a repuntar.
Durante los próximos meses, el gobierno seguramente va a tender a ser cauteloso en este camino de apertura, un pragmatismo que muestra a Milei con los pies sobre la Tierra. Eso quiere decir que al menos en el próximo trimestre no deberíamos esperar grandes sacudones en el tipo de cambio ni una disparada de la brecha.
Si el camino va bien, hacia fines del tercer trimestre o comienzos del cuarto, el gobierno debería empalmar a la inflación mensual a la baja con la devaluación mensual del peso (el crawling peg, actualmente del 2%). Una vez logrado eso, el equipo económico deberá encarar una nueva etapa del plan, a partir de una evaluación concreta de cuánta plata queda en el Banco Central (remanente de cosecha, energía, blanqueo, eventual REPO con bancos internacionales), cómo vienen las negociaciones con el FMI y en dónde está el riesgo país, para decidir si y cuánto devaluar, y si y cuánto abrir el cepo. En el medio, resta nada más (ni nada menos) que convencer al mercado que sabe lo que está haciendo.
El autor es CEO Contexto Investments
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