
Se suponía que la sociedad argentina vivía en un “pacto democrático” basado esencialmente en las categorías de peronismo y anti-peronismo (esquematizando mucho) y ordenado a distribuir los bienes comunes de algún modo que estaba medianamente consensuado. El acuerdo, del latín accordare (unir los corazones) que derivó en el castellano acordar es, en esencia, que los corazones latan en un sentido común. Una idea de sinfonía “acorde”.
Esos opuestos daban una voz sinfónica, una maravillosa música, la palabra del Pueblo Argentino. Este era el espacio público. El debate y la acción fueron muchas veces exacerbados hasta los límites de la inhumanidad, pero los corazones latían en un sentido común: todos creían defender la Patria.
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El error de los unos fue creer que lo público se confundía con el Estado. Y ese error trajo tanta presencia de lo público mal entendido que fue preferible, en algún momento cercano, verse “privado” de ello.
Tanto Estado se llevó en su correntada cuesta abajo lo verdaderamente importante: lo público. Lo que es del pueblo. La República es un asunto del pueblo, no del Estado “presente” que hoy pretenden ausentar los otros, destruir desde adentro, “termineitizar” con las eficientes máquinas de “pensar” artificialmente y que nunca serán capaces de “inteligir”.
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Es cierto que frente a algunas gestiones estatales parece preferible la mafia. Sin embargo, esos otros nos están prometiendo el reemplazo, deseable según ellos, de un Estado que se transformó en invasor a una NADA de Estado. Esa, y no otra, aparenta ser la gran batalla cultural que encarna el libertarianismo adolescentoide. De todas formas, tampoco esa es su batalla, porque lo que se quieren llevar como botín real, la “cosa” que ambicionan, es la conquista del espacio público.
Ahora vamos a hablar en serio. Lo que está enfrente de lo “privado” no es el Estado, sino lo “público”, de lo cual el Estado es una manifestación. Por lo público se libra una guerra cultural que puede tener mil batallas. Alberto Laiseca indicó que hay que contar a la cultura como uno de los mercados bélicos.
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A Al Capone o a Escobar Gaviria les resultaba necesario justificar su accionar mafioso en la defensa de la libertad del individuo de beber alcohol o en la defensa del pueblo colombiano al pudrir con cocaína las raíces del imperio. Hoy las mafias han superado esas trabas y no parecen precisar justificación alguna. Transitan el sistema financiero, de transporte y estatal como les place.
Karl Hess, en “La Muerte de la Política” (1969), sostuvo: “No existe ningún movimiento operante en el mundo en la actualidad que esté basado en una filosofía libertaria. Si lo hubiera, se encontraría en la anómala situación de usar el poder político para abolir el poder político. Aunque quizás, superando esta anomalía, podría desarrollarse un movimiento político regular”.
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Bien. Parece que están a punto de superar sus anomalías. Y su fundamento para esa superación parece estar en la persistencia de los defensores de la República para con sus propias anomalías. Esto es, la insistencia con la presencia del Estado en recónditos sitios de la vida humana reservados a la pura y simple comunidad que no requerían “necesariamente” ser regulados.
Ese Estado tan presente se había convertido en un uso público de algunas formas de sinrazón. Volver por los fueros de un uso razonable de lo público derivará, seguramente, en un mundo regulado por un Estado eficaz, sencillo y útil. No es necesario exterminarlo y encaminarse a un mundo regido por la crueldad del estado de naturaleza, de una cultura de la mera apropiación. No es necesario un mundo sin reglas o con reglas feroces.
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Hay mundos paralelos. Y mundos para lelos.
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