El odio nuestro de cada día

Los malos sentimientos que debemos combatir tienen su origen en un desprecio hacia el otro, por los más diversos motivos

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El odio nuestro de cada
El odio nuestro de cada día

Esta semana estuvo signada por los enojos, los de los políticos; en Misiones el de todos; y en nosotros, que tenemos los propios, y de paso tomamos partido por los ajenos. Con malos tonos y descalificaciones, van los insultos y los actos para reivindicar derechos y deberes, señalar errores y pecados y los memes que vuelan irrespetuosos riéndose de todo y de todos.

Los sentimientos afloran desde el corazón del hombre y la mujer como de una fuente. En general nos pasa con el odio y el amor que suelen ser como la lluvia de estos tiempos: “impetuosas”.

En su libro Sarmiento periodista, Diego Valenzuela y Mercedes Sanguineti relatan que cuando éste llegó a España en su gira de 1846, se despachó diciendo: “Si yo hubiera viajado a España en el siglo XVI, mis ojos no habrían visto otra cosa que lo que ven ahora”, culpaba a España por el atraso y la falta de civilización en sus colonias.

Algo o alguien desata nuestra ira. Esta puede ser justificada o ciega. En general la ira nubla la razón, desata ese monstruito que anida agazapado en nuestro interior y lo libera, haciendo desastres en nuestra manera de expresarnos para aplastar al otro sin moderación. Cuando uno puede ver algo con más claridad no entiende que el otro no se dé cuenta: “Menos mal que existo Yo, que soy inteligente y la tengo clara, para hacerle ver al otro que vive en el error, que se corrija”.

Los malos sentimientos que debemos combatir tienen su origen en un desprecio hacia el otro, por los más diversos motivos.

En las primeras páginas de la Biblia, se relata el primer fratricidio, es una historia mítica repetida hasta el cansancio por los hombres de diversas razas y culturas que parecen no poder poner dique a la pasión de la ira.

Caín mata a Abel por celos, Dios había visto su ofrenda con buenos ojos, no así la de Caín…

Después de haberlo matado, cuando Dios le pregunta: “¿Dónde está tu hermano?”. Él contesta: “No lo sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. Uno de los descendientes de Caín fue Lamek, el cual dice en el capítulo 4 del Génesis: “Yo maté a un hombre por una herida que me hizo. Caín será vengado siete veces más, Lamek lo será setenta y siete. Y la tierra se llenó de violencia”.

En nuestros enojos menos distantes, con familiares, colaboradores y amigos, tenemos otros problemas, son las otras razones que no estaban invitadas a la mesa pero se colaron de repente. Del cuarto oscuro de los rencores salen en fila… “Hola, soy tu baja autoestima”. “¿Te diste cuenta que no quiere discutir con vos? No te mira a los ojos, en realidad te está ignorando…otros se asoman”. Los malos recuerdos: “Esta no es la primera vez, siempre hace lo mismo, te maltrata no te valora, acordate de esa vez que…”. De repente todo el bien que puede haber en el otro desaparece y la mente se nubla.

Salvo que vaya a hacer una acción concreta contra el otro, el mayor problema es que el odio vive conmigo, con el amanezco, recordando sus razones vivo amargado y como creo que esa situación o persona lo merece no quiero dejarlo ir. Mi mente trama venganzas imaginarias, hablo de la situación cada vez que puedo y así echo más leña al fuego. No perdono porque el otro no se lo merece. Lo que debería advertir es que ese odio me hace mal a mí, yo convivo con él y debería querer cambiarlo porque es dañino para mí vivir así. “Yo he sido una buena persona ¿por qué me pasa esto?”, nos preguntamos con frecuencia.

Jesús se pasó la vida haciendo el bien, atendiendo a los pobres, curando a los enfermos de diversas enfermedades. Enseñó y predicó entre los suyos el amor, sin embargo sus acciones despertaron odio y resentimiento entre muchos. Resulta paradójico que el amor despierte pasiones encontradas. Al que es misericordioso se lo juzga como débil, pero sin embargo el Señor toleró entre los suyos a Judas, aún sabiendo que conspiraba contra él. No murió insultando sino perdonando, porque sabía que solo el amor vence al odio y la indulgencia a la venganza. El círculo de la venganza que se inició con Caín y continuó con Lamek (una venganza sin fin) solo se detiene cuando alguien decide tender la mano en vez de arrojar una piedra.

Solo el amor nos preserva de la violencia y nos hace más humanos.

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