La ciudad como punto de encuentro entre los ciudadanos

Explorando la multiplicidad de culturas, las ciudades emergen como un entorno repleto de posibilidades para el diálogo y el encuentro. Cada rincón cuenta una historia, acercando a los distintos mediante un lenguaje común

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La avenida 9 de julio
La avenida 9 de julio y el Obelisco en la Ciudad de Buenos Aires. EFE/Juan Ignacio Roncoroni

Pensar en la ciudad como un espacio homogéneo hoy es inadmisible, en tanto y en cuanto está constituida por sujetos sociales, por ciudadanos diferentes unos de otros.

Rizo García sostiene que las ciudades tienen una dimensión geográfica y otra simbólica, en la que se incluye una gran variedad de espacios públicos que la caracterizan y constituyen su imagen: calles, edificios públicos, plazas, esculturas, mobiliario urbano, puentes; pero todos estos espacios son significados por las personas que habitan la ciudad, lo cual nos acerca al concepto de simbolismo social. Un espacio urbano entra en el mundo percibido de las personas o de las colectividades cuando sintetiza la identidad y el significado, entendido este último como una implicación emotiva y funcional para el sujeto.

Sin dudas, la ciudad es un espacio complejo, con una red de relaciones sociales y un entorno constructivo que dota de sentido a la vida de las personas que lo habitan. Desde esta perspectiva, se la puede entender como ente reflexivo, con una clara capacidad de actuar sobre sí misma, no sólo sobre el espacio construido sino también sobre su cultura.

Desde la antropología de lo urbano se ha considerado a la ciudad como escenario colectivo de encuentro o conflicto de culturas diferentes. Como espacios urbanos, facilita la emergencia de nuevas formas de interacción, diálogo o conflicto. Así lo afirma Rossana Reguillo (1995): “La ciudad es espacio de investigación prioritario y privilegiado, en la medida en que no es solamente el escenario de las prácticas sociales, sino fundamentalmente el espacio de organización de la diversidad, de los choques, negociaciones, alianzas y enfrentamientos entre diversos grupos sociales por las definiciones legítimas de los sentidos sociales de la vida”. Es en esta relación de convivencia donde los grupos buscan su identidad, interpretan a la sociedad e intentan imponerse, en el sentido de dotarse de visibilidad como grupo, para satisfacer sus expectativas.

Siguiendo a Manuel Delgado, podríamos decir que las relaciones urbanas son, en efecto, estructuras estructurantes, puesto que proveen de un principio de vertebración, pero no aparecen estructuradas o concluidas, rematadas, sino estructurándose, en el sentido de estar elaborando y reelaborando constantemente.

En definitiva, el espacio público tiene como virtud principal el ser a la vez espacio de representación y espacio de socialización, esto es, de copresencia ciudadana. Este último aspecto es de vital importancia si consideramos que la socialización es posible gracias a la interacción comunicativa entre sujetos sociales, y entre sujetos y objetos.

Así entonces, la ciudad no es sólo un lugar ocupado, sino más bien un lugar practicado, usado, experimentado, un territorio vivido en toda su dimensión. Y en este sentido, se erige como escenario o marco idóneo para la coexistencia de experiencias diversas. En este sentido, el ciudadano se convierte en un actor social que construye una ciudad propia, no por ello menos verdadera y menos ciudad, hecha de itinerarios, gustos, redes de relaciones, imágenes y deseos. Sin embargo, es de vital importancia destacar que dicha construcción es con otros, nunca individual. Las interacciones que puedan realizarse en los espacios urbanos se fundamentan, no tanto en la relación con los semejantes sino, en mayor medida, con aquellos que son diferentes a nosotros. La coexistencia con lo diferente, con lo diverso, hace que los límites de lo urbano, de la ciudad vivida, se hagan hoy más inciertos que nunca, de manera que lo ignoto se insinúa cotidianamente en la ciudad a través de la presencia del otro y de lo extraño.

La ciudad debería convertirse en el lugar estratégico para que el convivir, una vieja palabra casi en desuso, potencie los encuentros personales, individuales y colectivos, en pos de una sociedad mejor. Cada uno de los ciudadanos nos debemos la oportunidad de debatir, negociar e intercambiar, pero con la clara convicción que la ciudad la construimos entre todos.