Resultó muy acertada la reivindicación de la figura del general Julio A. Roca (1843-1914) realizada por el Presidente de la República en ocasión del homenaje a los caídos en la Guerra del Atlántico Sur.
En el fárrago de las noticias y los acontecimientos a veces perdemos la noción de los tiempos que vivimos. Ello nos impide advertir que hace tan sólo nueve meses, en Bariloche se pretendió retirar el monumento a Roca del Centro Cívico de esa ciudad.
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Entonces, en el marco de la continua demonización de quien fuera uno de los más grandes hombres de nuestra historia, las autoridades locales informaron que la medida fue decidida en el marco “de un proyecto de puesta en valor de la plaza central de la ciudad, aprobado por la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos”.
A los efectos de que “no tenga la centralidad que tiene hoy”, funcionarios municipales indicaron en aquel momento que procuraban “la preservación del monumento” y “cumplir con el objetivo con el que se construyó el Centro Cívico: tener una vista despejada del lago Nahuel Huapi, sin nada que la obstruya”.
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Otras informaciones indicaron que en el sitio en que está emplazada la estatua de Roca se aprobó la construcción de “una obra de arte en piedra sin elevación”.
Entonces, una ola de indignación se despertó.
Porque como señaló en ese momento el historiador y ex embajador Mariano Caucino en estas columnas, los detalles arquitectónicos escondían, en rigor, una permanente política de cancelar y ocultar el legado histórico de quien fuera el conquistador del Desierto, dos veces Presidente de la República y fundador de la Argentina moderna.
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Al punto de afirmar que probablemente Julio Argentino Roca fue el mejor presidente de la Historia argentina.
Dado que es posible advertir que sin su accionar resultaría imposible imaginar la Argentina tal como se la conoce, a Roca le debemos la mitad de nuestro territorio. Incluyendo la estratégica Patagonia. La que fue colocada definitivamente bajo el control soberano del Estado argentino a partir de la visión estratégica de quien divisó la oportunidad casi irrepetible que la guerra del Pacífico (1879-84) significaba para ocupar definitivamente la Patagonia.
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El autor destacó que para tener una idea de la dimensión de la empresa, conviene recordar que al momento de la presidencia de Nicolás Avellaneda (1874-80), el gobierno nacional controlaba tan solo algo así como el cuarenta por ciento del actual territorio argentino.
Fue entonces cuando, como ministro de Guerra, el general Roca, con un brillante sentido de la oportunidad estratégica, detectó que Chile no podría llevar adelante una guerra en dos frentes, brindado la posibilidad para que la Argentina consolidara la ocupación de los territorios que nos correspondían como consecuencia de la herencia hispánica. Los que se extenderían desde el Cabo de Hornos hasta el norte del Chaco.
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Es posible afirmar que la Campaña del Desierto -aprobada y autorizada por ley por el Congreso de la Nación- constituye el mayor acto de afirmación soberana de la Argentina después de las guerras de Independencia.
Pero la obra de Roca no se agotaría en ello. Porque durante sus dos presidencias (1880-86 y 1898-1904), promulgaría la Ley 1420 de enseñanza laica, gratuita y obligatoria, la que convertiría a la Argentina en el país con mayor nivel de alfabetización de América.
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Roca impondría la unificación monetaria, consolidaría la unificación del Ejército nacional -terminando con las milicias provinciales- profesionalizando a las Fuerzas Armadas.
A su vez, lograría a partir de 1880 incentivar masivamente la inmigración, la que finalmente crearía la inmensa clase media que distinguiría a la Argentina.
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En materia de infraestructura, Roca extendería la red ferroviaria, integrando el territorio nacional y favoreciendo la posibilidad de exportar la producción argentina, transformando al país en uno de los más prósperos del mundo.
Sus dos administraciones lograrían importantes hitos en materia de política exterior. Pues bajo su dirección, se aprobarían tratados de paz con nuestros vecinos, resolviendo conflictos limítrofes por vía diplomática. A la vez que en 1902 lograría establecer la llamada “doctrina Drago” -en homenaje de quien fuera su canciller- sobre la imposibilidad de utilizar la fuerza militar para el cobro de deudas.
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Como es sabido, en diversas ocasiones, el presidente Javier Milei ha expresado su admiración por la obra de Juan Bautista Alberdi. Por ello, resulta coherente que exprese respeto por Roca, ya que ambos están asociados en tarea de la construcción de una República Argentina moderna y posible.
Aunque en alguna ocasión, desde el periódico El Censor, Domingo F. Sarmiento los llamó “los tucumanos malditos” (5, 13, 16 y 20 de enero de 1886), en referencia a Alberdi, Avellaneda y Roca, en rigor algo más que las iracundas del cuyano alborotador unen a estos tres gigantes de la política argentina.

Una carta escrita desde París, fechada el 16 de noviembre de 1877 y dirigida a su sobrino Guillermo Araoz, brinda un ejemplo cabal de aquella amistad política. Allí, Alberdi afirma: “Le mandaré con el mayor placer …el libro que me pide para el señor General Roca, a quien quiero vivamente”.
Otro claro testimonio de la mutua admiración entre Roca y Alberdi, de los muchos que hay, lo encontramos en la misiva del 21 de marzo de 1881, en que el ya presidente Roca le dirige al abogado y publicista ofreciéndole la legación en París.
Y por último, recordemos que un mes después de asumir su primera presidencia (1880) el general Roca envió al Congreso un mensaje solicitando fondos para costear las obras completas de Alberdi: “Considerando que se encuentran agotadas las varias ediciones de ellas que se han hecho y que su impresión responde a un verdadero interés público…que por otra parte el autor de ellas ha acreditado la persistencia de su patriotismo y de su interés por el número y la naturaleza de otros servicios remarcables que ha prestado al país, ya como codificador en la preparación y redacción de los proyectos de constitución para la nación y para las provincias, ya como diplomático en Europa, lo hace doblemente acreedor a una recompensa pública…”. Algunos años después el Congreso convirtió en ley este proyecto.
Por todo ello resulta de un enorme valor la reivindicación de su figura por parte de las actuales autoridades.
Aquí y allá, los países progresan o declinan en función de las políticas que adoptan sus gobernantes. A la vez que el uso del pasado y la conciencia histórica se construye con base en los hechos, verdades, medias verdades, mitos y falsedades. Los que a fuerza de ser repetidos a menudo contribuyen a falsificar la memoria histórica con el peligroso corolario de envenenar el presente y contaminar el futuro.
Por ello es de inmenso valor rescatar la contribución de quienes dedicaron su vida a la construcción de la Argentina. Tal el caso del general Julio A. Roca, el más importante hombre de una generación que en tan solo pocos años transformó un desierto en la nación más exitosa de América Latina. Aquella que llegó a atraer más inmigrantes en términos relativos que los mismos Estados Unidos.
En una palabra, bienvenida la ocasión que enlaza a los presidentes Roca y Milei en la necesaria batalla por la Historia.
* Emilio Perina es historiador y director del Archivo General de la Nación.
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