
Podríamos proponer que la corrupción es únicamente el soborno, el desvío de recursos o el enriquecimiento ilícito. Lo es, claro que sí; pero esa definición no alcanza para explicar el enorme daño que puede causar un mal gobierno sin brújula moral en Nuevo León. Existe otra forma de corrupción, menos evidente pero igual de costosa: gobernar sin capacidad y sin fraternidad con la comunidad.
Precisamente por eso, el Plan México de la Presidenta, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, pone tanto énfasis en la planeación, la infraestructura estratégica y la certidumbre y el diálogo para guiar para la inversión: gobernar con honestidad y fraternidad social significa gobernar con método.
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Prometer obras sin planeación. Arrancar proyectos sin estudios suficientes. Comprometer miles de millones de pesos sin tener certeza de cómo se financiarán hasta el final. Anunciar calendarios imposibles. Ignorar a especialistas, universidades, empresarios y comunidades. Despreciar la participación ciudadana. Confundir ocurrencias con políticas públicas. Todo eso también corrompe.
Porque la corrupción claro que se puede definir como el desperdiciar y dilapidar el patrimonio colectivo por negligencia, improvisación o vanidad. La gran economista social Elinor Ostrom demostró que los bienes y el esfuerzo públicos solo funcionan cuando existen reglas claras, confianza y participación de quienes serán afectados por las decisiones. Cuando el poder actúa unilateralmente, destruye precisamente ese capital institucional que hace posible el desarrollo y lo corrompe todo. Un gobierno que en Nuevo León cambia de rumbo, o de modo, cada semana o anuncia proyectos sin bases técnicas termina debilitando las instituciones que debería fortalecer.
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No es casualidad que los países con mejores gobiernos sean también aquellos donde la palabra del Estado tiene valor. En el norte de México esa idea, la idea de la palabra del gobernante, tiene todavía un significado más profundo, casi sagrado.
Aquí la palabra siempre ha sido patrimonio moral. Sí moral. Antes de cualquier contrato estaba el apretón de manos. Antes de cualquier discurso estaba el compromiso entregado frente a frente. La confianza mutua nacida de la seriedad permitió construir empresas, industrias, comunidades agrícolas y cadenas productivas que hicieron de Nuevo León una referencia nacional.
Por eso, en nuestra cultura, no cumplir la palabra, no cumplir, constituye una forma de corrupción, la más grave de todas, la que traiciona nuestra identidad.
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Cuando un gobierno promete agua y deja comunidades esperando durante años. Cuando anuncia carreteras sin recursos para concluirlas. Cuando inicia líneas de Metro sin tener resueltos sus aspectos financieros, técnicos o urbanos. Cuando las prioridades reales, tales como hospitales, movilidad, agua, seguridad o mantenimiento básico del drenaje, quedan subordinadas al impacto mediático del gasto en redes sociales, se corrompe el tejido de la comunidad.
En Nuevo León no estamos únicamente frente a graves errores administrativos y una opacidad rampante, más grave aún, estamos frente a una ruptura del pacto de confianza entre gobernantes y ciudadanos. Presenciamos la erosión del Pacto Social.
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Como advirtió Max Weber, la ética de la responsabilidad exige que quien gobierna responda no solamente por sus intenciones, sino por las consecuencias previsibles de sus decisiones. Gobernar no consiste en anunciar; consiste en hacerse responsable de aquello que se promete.
Por eso Nuevo León necesita recuperar algo más profundo que la eficiencia administrativa. Necesita que su gobierno estatal recupere el carácter original de nuestros valores. Necesita volver a ser un estado donde la palabra empeñada pese, donde las obras empiecen porque pueden terminarse, donde cada peso público responda a prioridades sociales claramente definidas y donde las decisiones importantes nazcan del diálogo con la sociedad y no de la improvisación.
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Ese es, precisamente, el Modo Transformación que urge. La transformación como una nueva cultura de gobierno: planear antes de anunciar; escuchar antes de decidir; construir acuerdos antes que espectáculos; terminar las obras; gobernar con humildad y con capacidad.
Frente al Modo Samuel, que convirtió la política en distracción permanente, improvisación y culto a la imagen, el Modo Transformación propone regresar a los principios que hicieron grande a Nuevo León, y no me cansaré de señalarlos: trabajo serio, instituciones fuertes, respeto por la inteligencia de la sociedad y, sobre todo, una convicción sencilla, pero irrenunciable, en el Norte, la palabra vale. Y cuando un gobierno pierde el valor de su palabra, comienza también a perder todo rastro de honestidad y legitimidad.
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*El autor es Alcalde, con licencia, del Municipio de General Escobedo y aspirante a Coordinador de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Nuevo León, México.
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