
La montaña mágica es el título de una de las mayores novelas del siglo XX. Escrita en 1922 por Thomas Mann, transcurre en un hospital para sanar -o atemperar- a enfermos de tuberculosis, entre 1907 y 1914.
Su protagonista principal, Hans Castorp, va a visitar a su primo Joaquim, y termina quedándose allí por 7 años, entre fascinado y psicotizado por su propia -o fantaseada- enfermedad y por la atracción que le generan los personajes que allí se encuentran.
El sanatorio se encuentra en Davos, hoy famoso lugar por nuclear todos los años, en la tercera semana de enero, a los mayores políticos y economistas del mundo. Los empresarios que concurren, pagan, aproximadamente, 100 mil dólares por pasar tres días escuchando (y sacándose fotos) con sus íconos máximos del capitalismo mundial.
Klaus Schwab, fundador y presidente del World Economic Forum, desde 1971, reúne a la élite del dinero en esa “montaña mágica” suiza, para discutir temas que van de las finanzas y las tendencias económicas a la filosofía política y el medioambiente.
En la novela de Mann, los internados en la clínica que visitaba el Sr. Castorp, también son miembros de la clase más favorecida y discuten sobre todo tipo de temas, desde esa “torre de marfil” entre la holgura económica y la angustia frente a la práctica inminente de la muerte por una enfermedad incurable (en la mayoría de los casos).

El mundo de ese entonces, no estaba enfrentando a los fenómenos que, una década después, marcarían al mundo: la Primera Guerra Mundial, el nacional-socialismo, el comunismo y la hegemonía del capitalismo norteamericano.
Mann, sin embargo, vislumbró, en un parlamento de uno de sus personajes -Settembrini- muchos de los fenómenos políticos y sociales que aparecerían en los próximos 100 años, incluyendo el contraste entre el pensamiento occidental y el oriental. “El mundo entraña la lucha entre dos principios, el poder y el derecho, la tiranía y la libertad, la superstición y el conocimiento, el principio de conservación y el principio de movimiento imparable: el progreso. Se podía definir al uno como el principio oriental; al otro como el principio europeo, pues Europa es la tierra de la rebeldía, la crítica y la actividad para transformar el mundo, mientras que el continente asiático encarna la inmovilidad y el reposo”.
En el Davos actual, ese “Olimpo del Poder Mundial” habló, por primera vez, el Presidente de la Argentina, Javier Milei. Lo habían precedido en 1990, el presidente Menem y en el 2016, el presidente Macri.
Las empresas que patrocinan Davos, provienen, centralmente, de los Estados Unidos, la Unión Europea, China, Japón e India, hoy los puntales del sistema económico global.

La izquierda ‘dura’ cuestiona Davos, considerándola una “conspiración” de los “explotadores” que abusan de la acumulación del poder concentrado frente a los menos favorecidos en el reparto de los recursos materiales. “En el otro extremo, la derecha ‘dura’, acusa a Davos de haberse dejado infiltrar por el ‘virus’ del ‘colectivismo socialista, el feminismo y el medioambientalismo...”.
El presidente Milei, está intentando reinsertarnos en la economía de mercado, con desregulación, apertura y un Estado más concentrado en sus obligaciones fundamentales -educación, salud, justicia, seguridad y defensa-.
No entiendo por qué decidió adoptar una posición crítica con la Organización Privada que más divulga sus ideas en el mundo. Ese mundo que, en diversidad, integran, la inmensa mayoría de los países…incluyendo a quienes tienen el conflicto geopolítico más importante del siglo XXI, pero comparten la sociedad más compleja e intensa entre 2 naciones en la historia de la humanidad: USA y China.
Thomas Mann fue un actor clave de su tiempo, sobrevivió a la Primera y Segunda Guerra Mundial, se exilió en los Estados Unidos, escapando del nazismo y también se fue de los EEUU, rechazando el anticomunismo furioso de los 50 (el mismo había adoptado la ideología socialista democrática).
Murió en 1955 en Suiza, en plena Guerra Fría, cansado de bregar por un mundo más tolerante y conviviente.
Si hay algo que sabemos los argentinos es que, los extremos, las grietas ideológicas y los dogmas, solo conducen a la violencia y la frustración.
No hay “Montaña ni llanura mágica”….sólo la voluntad de salir adelante, en paz y progeso, con unidad nacional, integración regional, apertura al mundo, evitando la soberbia y el mesianismo.
* El autor fue embajador argentino en Estados Unidos, la Unión Europea, Brasil y China
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