
Formo parte de aquellos que se quedaron sin pertenencia política. Los que se fueron en nada me representaban, los que vinieron merecen mi desprecio en la mayoría de sus gestos, al tiempo que lo nefasto del gobierno anterior no legitima a los entreguistas del actual. Insisto, quienes lo precedieron usaron nuestro nombre para justificar sus pretensiones de progresistas sin pasado y extraviados sin futuro. El odio que gestaron volvió “gorilas” a los humildes, que terminaron votando a quien no pudieron percibir como lo que es: su peor enemigo.
Así, el gobierno de Milei llegó para forjar una excepción con Luxemburgo y permitir a Paolo Rocca ahorrar impuestos sobre la perversa y traidora opción de instalarse en un país inexistente. Respeté a Rocca mientras llevó adelante un proyecto productivo; hoy, que es beneficiario de una prebenda especialísima, sin eufemismos ni ocultamiento de su curioso lugar de residencia para evadir en nuestro país, me resulta imposible hacerlo. Fundamentalmente por el patético exceso que manifiesta la dependencia del poder político respecto del poder económico que él y otros muchos empresarios, favorecidos por las actuales medidas económicas, representan. Quizás se trate de una de las miserias más atroces de un gobierno empleado de los poderosos. Por otro lado, regalar nuestras reservas pesqueras es una medida que nada tiene que ver con la libertad, sino tan solo con el masoquismo, el disfrute y el regodeo en la humillación de los que dan muestra Milei y su equipo. En las naciones soberanas, los grandes empresarios exponen vida y riquezas para defender su dignidad. Los nuestros cambian de pasaporte, cuando no de residencia, solo para eludir el legítimo pago de los impuestos. La pregunta, de respuesta segura, es: con semejante autopercepción de impunidad, ¿se habrían hecho ricos en algún otro país? Ninguno de los coimeros y acumuladores hubiera resistido la prueba de las naturales complicaciones que imponen los países que hacen respetar sus normas y tienen un Estado serio y responsable.
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Nací en una sociedad humanista donde se admiraba al sabio, al artista, al pensador; envejezco en una que solo admira al rico, al pequeño adorador del becerro de oro. Es evidente que el campo nacional debe ser refundado, pero carecemos de pensadores que interpreten nuestro momento histórico actual, y hablar del pasado, cuando hay tanta miseria en nuestro presente, no solo no sirve, se vuelve patético. Mientras Brasil tiene una burguesía nacional, una clase dirigente con conciencia de la riqueza y del trabajo que genera, nosotros tenemos vendepatrias, miserables que le roban al pueblo su patrimonio, con el inverosímil pretexto de que “privatizar implica ahorrar”. Es decir, un saqueo con respaldo ideológico. A veces, uno siente que seguir empobreciendo a los humildes es tan injusto como innecesario.
En este momento, no podemos hablar de resistir porque no hay desde dónde hacerlo. Junto con los radicales nos toca refundar el movimiento nacional, y eso implica realizar propuestas sólidas, salir de ese círculo de empleados públicos y opinadores rentados para hacer una profunda autocrítica y asumir que nuestro problema esencial es que dejamos de expresar a los humildes. Fundamentalmente, porque la política enriqueció a quienes estaban destinados a asumir ese rol y los indujo a formar parte del partido de los ricos. Ser peronista y ser radical implica asumir que el pueblo tiene razón. Lo contrario es ser “gorila”, y si no nos unimos, corremos el serio peligro de tener que asumirnos como tales.
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La Cámpora y el kirchnerismo redujeron la política a una secta de prebendas y fanatismos; Massa, aun siendo mucho más eficiente que Milei, no estaba en condiciones de contener al movimiento nacional. Lo mismo le había ocurrido a Rodríguez Larreta. Entonces, un acendrado nivel de pragmatismo terminó instalando al candidato que hoy nos gobierna como representante de un sinnúmero de intereses individualizables. Es doloroso advertir que toda una generación se quedó sin políticos, simplemente por haber priorizado el egoísmo dejando de lado las ideas. El capitalismo necesita de una digna burguesía industrial y debe impedir la concentración económica. Como sabemos, con altibajos, esas virtudes nos acompañaron hasta el último golpe de Estado. Luego, la democracia no logró mejorar la situación social e integrar a los trabajadores, y la política toda permaneció en manos de los negocios y sus dirigentes, quienes jamás se sintieron responsables de los necesitados.
Estamos obligados a construir una herramienta política moderna que contenga lo mejor del movimiento nacional, dada la ausencia de liderazgos o, peor aún, de quienes tengan poder o voluntad para convocar. Sin ser paranoicos, es fácil imaginar a ciertos personajes conduciendo la destrucción de nuestra patria. Porque más allá de la necesidad de realizar ciertas modificaciones, en su conjunto – y me remito al contenido de ambos documentos presentados por el gobierno actual- su vocación de destruir todo, conculcando derechos y libertades, nos obliga a impedirlo. Dado que el kirchnerismo dejó al peronismo sin su expresión de lo popular, radicales y peronistas, liberales y marxistas, todos aquellos que se asuman comprometidos con esta patria que tanto nos duele y tanto amamos, todos juntos estamos obligados a asumir el desafío de generar una nueva fuerza política que levante la bandera de la soberanía.
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Si los que se fueron y los que llegaron son dos versiones del fracaso, el futuro está en manos de quienes estén dispuestos a forjarlo. Ese es el más digno desafío de la vida humana, de una juventud que en lugar de emigrar, elija luchar. Siempre serán los mejores. “Argentinos a las cosas”, supo decir Ortega y Gasset, hace tiempo que es hora de coincidir con su propuesta.
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