
Me enganché con una serie animada de Netflix que se llama Carol y el fin del mundo (Dan Guterman). Es la historia de una mujer de unos cuarenta años apegada a su rutina mientras el resto de los mortales acepta y reacciona ante la inminencia del apocalipsis: un planeta se dirige directo a la Tierra y no hay nada que nadie pueda hacer más que tratar de pasarla bien en los siete meses que restan hasta el impacto.
La mayoría de los personajes de la serie se entrega a sus deseos más profundos; los padres de Carol, por ejemplo, se vuelven nudistas y deciden vivir en un trío poliamoroso con su enfermero y partir los tres en un crucero. La hermana recorre el mundo, se tira en paracaídas y manda videos de sus aventuras en cada destino. Carol les miente y les dice que se hizo surfer, pero la verdad es que extraña la monotonía de la vida cotidiana, los lugares conocidos, la tranquilidad de las tareas que dejaron de tener sentido: pagar la tarjeta, ir al supermercado, a la oficina.
La serie tiene un lado mucho más amable que otras películas apocalípticas que supongo que no casualmente volvieron a estar de moda en los últimos meses, hay un giro hacia el interior de las personas, hacia la posibilidad de conectar con otros en medio de la devastación. En Dejar el mundo atrás (Sam Esmail, también disponible en Netflix y producida por Barack y Michelle Obama), en cambio, la hipótesis es bastante más violenta: primero, porque no hay certezas sobre lo que ocurre, y esa incertidumbre es la que lo corroe todo; segundo, porque el caos genera un clima de todos contra todos que es lo que terminará impulsando la destrucción masiva de la humanidad.
Hay una escena tremenda: la familia de Ethan Hawke y Julia Roberts descansa en la orilla del mar, cuando un barco petrolero fuera de control se incrusta en la arena, a metros del grupo. El ocio de unas vacaciones acomodadas tal como lo conocían es lo primero que se termina para ellos. No puedo evitar pensar en la escena real con la que inauguramos el 2024 en la Argentina: un chico de 18 años tratando de defenderse solo de una banda de bárbaros entre las olas bajas de un balneario familiar de la Costa Atlántica. Un chico tratando de escapar de un final cantado y espantoso frente a las cámaras que filman todo sin que nadie haga nada.
La madre de Tomás, el chico que acribillaron en Santa Teresita entre por lo menos nueve hombres de entre 16 y 57 años, tiene fecha de cesárea para el lunes, pero está ahí, dando entrevistas, tan entera como puede; sabe que estos primeros días son clave para que la muerte de su hijo genere algún tipo de empatía y toque la fibra colectiva necesaria para que un caso se cubra en los medios. Sabe que sin eso es difícil que el crimen de un chico humilde como su hijo tenga alguna reparación y está dispuesta a hacer lo posible aunque no crea en la justicia. Ella, el padre, los abuelos, se esfuerzan por demostrar que Tomás era honesto, trabajador, que “no era un chorrito”, que no merecía que lo mataran. Los funcionarios se apuran para explicar que la policía llegó en dos minutos al lugar donde lo hirieron de muerte, ninguno puede responder por qué no había agentes para frenar la violencia antes de que fuera tarde.

Como para compensar la imagen repetida de la patota irrumpiendo hasta matar en la calma de un amanecer en la playa, en un canal de noticias muestran una pelea de chicas a la salida de un boliche correntino. A un conductor nuevo y de peinado prolijo no se le mueve un pelo mientras afirma muy seguro que “la violencia no tiene género”. Es parte de una doctrina rancia (y falaz) que se cuela sin pudor en el discurso por las dudas que esto reflote el recuerdo y la idea de la masacre en manada de los rugbiers contra un chico indefenso, también asesinado en vacaciones, también mientras los curiosos filmaban y sin que ninguno interviniera.
Por supuesto que hay diferencias con la brutal golpiza que terminó con la vida de Fernando Báez Sosa. Los asesinos de Tomás Tello no eran un grupo de deportistas descontrolados –y acostumbrados a la impunidad– veraneando, sino lo que los indicios exponen como una banda delictiva organizada, y está todavía más clara la intención de matarlo. Pero el desamparo es el mismo: si antes la pregunta podía ser dónde estaban las instituciones, las familias y el entorno de los asesinos, ahora la respuesta cae de madura, el padre del que hasta hoy está señalado como el autor material del puntazo que atravesó el corazón de Tomás estaba ahí, participando de la emboscada y del horror a la par de su hijo.

La escena final de El planeta de los simios (1968) también transcurre en una playa y sigue siendo hasta hoy una de las más inquietantes de la historia del cine: el coronel Taylor (Charlton Heston) consigue huir de los simios que lo esclavizaron y va a caballo por la orilla junto a su bella compañera de aventuras, todo el ideal de la libertad romántica resumido en ellos. Pero el clima cambia de golpe cuando se encuentran de frente con los restos de la Estatua de la Libertad semi enterrados en la arena. Taylor descubre entonces que la Tierra a la que esperaba volver había sido devastada y que siempre había estado en casa: “Al final lo hicimos en serio. ¡Maniáticos! ¡La destruyeron! ¡Yo los maldigo a todos! ¡Maldigo las guerras! ¡Los maldigo!”, grita, y cae de rodillas en la arena. La civilización que añoraba ya no existe, el sueño de la libertad duró sólo un par de fotogramas.
¿Hay algún futuro posible después de ver por TV (o en vivo, desde la ventana de tu casa) cómo asesinan en banda a un chico de 18 años? ¿Hay algún resto de civilización detectable en un padre que incentiva a su hijo en la “hazaña” de matar a otro chico? ¿No estamos también nosotros de rodillas, asistiendo al espectáculo pavoroso del fin de la humanidad que conocimos? Nos queda parecernos más a Carol, empezar a conectar con los otros, mirar más al que tenemos al lado, no conformarnos con filmarlo o abrirle la puerta cuando ya no hay modo de salvarlo, nos queda volver a humanizarnos. Eso tampoco va a asegurarnos la salvación, pero quizá sí pueda darnos un final menos indigno.
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