
A principios de abril de 2022 escribí en este mismo espacio una columna titulada: “¿Qué se enseña en nuestras escuelas?” La misma la motivaba el accionar de Vladimir Putín, a partir del 24 de febrero, cuando desencadenó sobre Ucrania, una nación soberana que respeta las leyes internacionales y nunca tuvo como intención atacar a Rusia, una injustificada agresión. Frente a este hecho, cuyas trágicas consecuencias perduran hoy en día, me preguntaba: ¿qué se enseñaba sobre esta tragedia en nuestras escuelas?
Al fin y al cabo, educar es más que la educación formal. Educar es también educar en valores, como bien lo señala Alberto Benegas Lynch (h): “Cuando nos referimos a la relevancia de la educación, no estamos circunscribiendo nuestra atención a lo formal y mucho menos a lo estatal, estamos enfatizando la importancia de valores y principios sin los cuales nada puede hacerse bien”.
Hoy, frente a las atrocidades cometidas por la organización terrorista Hamas, el pasado 7 de octubre, frente a los asesinatos, torturas, violaciones y secuestros de niños, jóvenes y ancianos; frente a tantos hechos que prefiero no describir aquí, incompatibles con la misma definición de ser humano, yo me pregunto, ¿qué se enseña en nuestras escuelas?
Es claro que a partir del 7 de octubre uno de los prejuicios más antiguos de la humanidad ha vuelto a la luz, el antisemitismo, ese odio ancestral a quien sencillamente profesa una religión. Nuestro país no es excepción de ello, sino todo lo contrario.
¿Cómo enfrentarlo sino es con la educación? ¿Qué tanto se enseña hoy al respecto en nuestras escuelas? ¿Cuántas clases se dedican en nuestros programas de estudio al Holocausto, pero no como un hecho histórico más, sino humanizándolo, trabajando el tema en el aula, en todas las aristas que el mismo requiere? No fueron 6.000.000 de muertos, como no son hoy un número de torturadas, violadas, asesinadas o secuestradas por Hamas, cada uno de ellos es un ser humano. ¿Se enseña algo al respecto en nuestras escuelas?
Mucho se habla de discriminación, de pluralidad, de respeto por el diferente. De enseñarle a los niños y jóvenes que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, más allá del color de nuestra piel, nuestro género o cualquier otra característica que nos diferencie como seres humanos. Yo me pregunto, en virtud de ello, ¿qué se enseña sobre antisemitismo en nuestras escuelas?
Me atrevo a intuir que seguramente poco y nada o, eventualmente, mucho menos de lo requerido para permitir que futuras generaciones, frente al horror que hoy enfrenta la humanidad, no reaccionen como hoy somos testigos, sino que por el contrario se solidaricen con su compañero de aula, con su vecino, con su colega en el trabajo, con otro ser humano que sencillamente es víctima de uno de los prejuicios más antiguos de la humanidad.
¿Qué se enseña de la tragedia que dio comienzo el pasado 7 de octubre en nuestras escuelas? Probablemente, a riesgo de ser reiterativo, poco o nada, por eso es indispensable modificar los planes de estudios de nuestros niños y jóvenes para que, por supuesto, en función de su nivel de desarrollo, puedan comprender en qué consiste el antisemitismo y porque es deber de toda sociedad liberarse de semejante prejuicio.
Si deseamos una sociedad libre y plural, donde el valor al respeto, a la verdad, a la libertad, sean incuestionables, debemos comenzar por la educación. Es un camino largo, ojalá quienes tengan la responsabilidad de conducirlo, a partir del próximo 10 de diciembre, estén a la altura de la responsabilidad que la sociedad les ha delegado.
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