
Tras cinco largos, inciertos y extenuantes meses de proceso electoral, algo así como casi 150 días de campaña, los argentinos concurriremos hoy a las urnas para finalmente elegir, por décima vez desde el retorno de la democracia en 1983 y por segunda vez en un balotaje, al futuro Presidente de la Nación.
Sin embargo, un hecho institucional que debería destacarse a la luz de la historia de un país que a lo largo de sus 200 años de vida independiente ha estado signado por la inestabilidad política y seis golpes de Estado, se ve en gran medida opacado por uno de los contextos más delicados que atravesamos en estos últimos 40 años de democracia.
Seguramente en apenas unas horas, algunos de los tantos escenarios que hasta hace no tanto tiempo atrás parecían no solo impensables sino incluso descabellados, ya formarán parte de la truculenta realidad. En el contexto de profunda incertidumbre que ha caracterizado está inédita, anómala e histórica campaña electoral, al menos hoy -y esperemos que así sea- tendremos alguna certeza: sabremos quién se sentará en el tan codiciado como candente sillón de Rivadavia en apenas 20 días más.
Se develará así una incógnita que durante estos meses obsesionó a tantos analistas políticos, dando lugar a hipótesis, proyecciones, y especulaciones que insumieron ríos de tinta, toneladas de papel, horas de contenidos audiovisuales, y cientos de terabytes de tráfico de internet. Sin perjuicio de la relevante definición de quién será el próximo presidente, la incertidumbre respecto al futuro político, económico y social de un país sumido en una profunda decadencia estará muy lejos de disiparse en las próximas horas.
Es que la realidad que deberá enfrentar el próximo presidente no dará respiro, ni conocerá de indulgencias ni “lunas de miel” alguna para quien resulte electo. No solo la realidad económica, con una inflación que coquetea desde hace tiempo con la “hiper”, la permanente tensión cambiaria y la necesidad de recuperar la senda de crecimiento; ni tampoco únicamente la realidad social, marcada por el fenómeno lacerante de la pobreza y por el crecimiento de la inseguridad; sino también los desafíos que planteará la situación política.
En este contexto, quien sea el depositario de la voluntad popular y reciba el próximo 10 de diciembre los atributos del mando, deberá enfrentar el nuevo escenario político que emergerá del advenimiento de un nuevo ciclo o era en la breve historia de nuestra aún joven democracia que este año cumplirá cuatro décadas de ejercicio ininterrumpido. En otras palabras, gane quien gane, el día después de mañana ya nada será igual: el patrón de frustración acumulada tras décadas de fracasos, el hastío y el agotamiento social, y la creciente crispación obligarán a que los nuevos liderazgos sean capaces de poner un punto de inflexión y suturar las grietas que atraviesan a los argentinos.
Una tarea tan difícil como imprescindible, que requerirá salir rápidamente de las lógicas y dinámicas de una campaña electoral muy dura y cargada de negatividad, que no solo alentó -de un lado y de otro- fantasmas sobre el funcionamiento democrático, profundizó el agotamiento y promovió el temor en lugar de invocar la esperanza, para construir nuevas mayorías para poder gobernar un país fragmentado.
Resulta evidente que todavía tendremos que navegar por aguas turbulentas pero, sin dudas, no será lo mismo hacerlo con liderazgos que estén a la altura de estos nuevos tiempos, con capacidad de dejar atrás las grietas y fracturas que conspiran contra la convivencia democracia y que, en su exasperación, pueden amenazar la paz social, que con la continuidad de lógicas excluyentes y liderazgos que hacen de la crispación una estrategia para gobernar.
Pase lo que pase hoy cuando se cuenten los votos, entraremos en un territorio desconocido, una nueva época en que muchas transformaciones en el electorado ya llegaron para quedarse, lo que demanda cambios imprescindibles en una dirigencia política que, en sus variantes tanto de “casta” como de “anti-casta”, ha evidenciado durante esta mediocre campaña electoral estar muy desacoplada de la realidad de la gran mayoría de los ciudadanos de a pie.
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