
Si un politólogo noruego recién llegado a la Argentina vio el debate presidencial entre Sergio Massa y Javier Milei, su conclusión inequívoca fue que Massa ganó por goleada. El ministro de Economía acorraló al candidato liberal desde el primer round, dominó el juego de las preguntas, demostró su conocimiento superior de los procedimientos de la administración pública, y su oratoria experimentada. En los términos en que estaba planteado este debate, no había otro resultado posible: en el ring vimos a un boxeador veterano enfrentando a un recién llegado. O a un gerente entrevistando a un aspirante a sucederlo.
Y, sin embargo, quizás esa fue solo la apariencia de lo sucedido. Lo que el politólogo noruego tal vez no sepa es que los dos candidatos no fueron a enfrentarse entre sí para convencer a una audiencia de 100% de indecisos, sino que cada uno llevó al ring su propia batalla, basada en el mismo cálculo electoral. Massa descuenta que hay un 37% del electorado que ya lo votó y lo seguirá votando, y Milei hace lo propio con el 30% que obtuvo el 22 de octubre. A su vez, Massa supone que la mayor parte del 7% de los votantes de Schiaretti irá hacia él. Entonces, la verdadera razón del debate fue el 23% de los votantes de Patricia Bullrich, que son quienes definirán la elección. Como sabemos, Bullrich y Macri ya apoyaron abiertamente a Milei, y eso implica un primer compromiso de esos votantes ante el balotaje del 19 de noviembre. No solo deben definir su voto: antes que eso, deben atravesar el dilema de seguir o no el consejo que les han dado sus propios candidatos de la primera vuelta. Esos votantes hoy están medio convencidos, dado el consejo de Bullrich y Macri, pero no del todo. Quieren que el elegido apruebe el test. Entonces, ese fue el verdadero trasfondo del debate entre Massa y Milei. Fue el test por la efectivización del aspirante recomendado por los líderes del PRO.
Massa fue el abogado del diablo, que pide descartar al recomendado, dice que es un inadaptado. Milei, en cambio, quiere convencerlos de que la recomendación recibida vale la pena. De eso se trató el debate. Massa fue a la Facultad de Derecho de la UBA a convencer a ese lote determinante de votantes macristas-bullrichistas de que Milei no tiene la idoneidad para ser presidente. No pidió el voto para él, ni se esforzó en venderse al 23%; sabía que esa batalla era quimérica, y que su rol allí era otro. Fue a demostrarles al 23% que el recomendado, el recién llegado, no es votable. Que debían votar en blanco, o quedarse en casa. Arrancó con todo, desde su primera intervención: “decí por sí o por no”, repitió incontables veces. Quiso sacar a Milei de su eje, y utilizó la técnica del interrogatorio policial para el sospechoso pronto a pisar el palito.
Milei, a su vez, fue a desarmar el veto de Massa. Tampoco fue a contar su plan de gobierno, ello ya lo había hecho en las entrevistas previas: ahora estaba en la prueba final, en el psicotécnico, y fue a responder las preguntas, a dibujar la casita con el arbolito, y superar así la duda inoculada a los bullrichistas por el propio Massa. Resistió sus ganas de contestarle como si estuvieran en el estudio de Intratables.
Probablemente lo logró. Massa fue el delantero de Nueva Chicago que controló la pelota durante todo el partido, pero Milei fue el arquero de Chacarita que le atajó los penales. ¿Aprobó el psicotécnico? Dentro de una semana sabremos el resultado.
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